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Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas

viernes, 29 de abril de 2016

Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde

 “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él. Quien no me ama no guarda mis palabras. La palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Estas cosas os las he dicho estando con vosotros, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy. No como el mundo la da Yo os la doy. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os dije: «Me voy y vuelvo a vosotros». Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que Yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis”.
[Jn 14,23-29]

«Si alguno me ama, guardará mi Palabra»







El Evangelio de este VI Domingo de Pascua, como el del Domingo pasado, también está tomado de las palabras de despedida de Jesús, pronunciadas durante la última cena con sus discípu­los. De aquí se puede deducir su importan­cia; son las últimas recomendaciones de Jesús y la promesa de su asis­tencia futura. Jesús había anunciado su partida en estos términos: «Hijitos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros... adonde yo voy vosotros no podéis venir» (ver Jn 13,33). Como era de esperar, los discípulos se han quedado sumidos en la triste­za, y también en el temor. ¿Quién velará ahora por ellos? Ellos han creído en Jesús, pero ¿quién los sostendrá en esta fe, que los había puesto en contraste con la sinagoga judía? Por eso, junto con anunciar su partida inminente, Jesús asegura a sus discípulos que volverá a ellos: «Me voy y volveré a vosotros». Y no vendrá Él sólo, sino el Padre con Él; y no sólo en una presencia externa, como había estado Él con sus discí­pulos hasta entonces, sino que establece­rán su morada en el corazón de los discípu­los.

 

Para esto, sin embargo, hay una condi­ción que cum­plir: «guardar su Pala­bra». Esa «Palabra» es el don magnífi­co que trajo Jesús al mundo y la herencia que le dejó después de su vuelta al Padre. Han pasado más de veinte siglos y en todo este tiempo el empeño constante de los discípulos de Cristo ha consistido precisa­mente en «guar­dar su Palabra» con la mayor fideli­dad posi­ble. Este es también nuestro empeño hoy. ¿Qué se consigue con todo esto? Como dijimos, esta es la condi­ción para que Jesús venga a sus discí­pu­los: «Si alguno me ama, guardará mi Pala­bra, y mi Padre lo amará, y ven­dremos a él, y haremos morada en él». Pero, ¿cómo hacerlo? El detonante es el amor a Jesús. Sin esto no hay nada. Porque lo amamos a Él y anhelamos su presen­cia, y la del Padre, en nuestro corazón, por eso, guarda­mos su Palabra. Entendemos entonces cuando Jesús nos dice que «mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30).

 

Solamente amando a Jesús podremos vivir de acuerdo a su Palabra. «Todo lo duro que puede haber en los mandamientos lo hace llevadero el amor… ¿Qué no hace el amor? Ved cómo trabajan los que aman; no sienten lo que padecen, redoblando sus esfuerzos a tenor de sus dificultades» (San Agustín, Sermón 96). Para más claridad Jesús agrega: «El que no me ama, no guarda mis palabras». Éste vive ajeno a Jesús y al Padre, dejándose arrastrar -y esclavizar- por los crite­rios y concupiscencias del mundo. El único signo inequívoco de que alguien ama a Jesús verdaderamente es que atesore en su corazón la palabra de Jesús y viva conforme a ella como nuestra querida Madre María siempre lo hizo «su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2,52). Esto quiere decir «guardar su palabra».

 

Dada su importancia, Jesús se detie­ne a explicar un poco más la expre­sión «guardar su Palabra». Obviamente Jesús no se refiere a una preocupación arqueológica, como si se trata­ra de conservar cuidadosamente los códices en que están escritos los Evange­lios. Jesús no está hablando de algo material. Por eso agrega: «La Palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado». Aquí está expresado un salto inmenso de fe: los discípulos escu­chan hablar a Jesús, pero deben creer que esas palabras que él pronun­cia son Palabra de Dios, y que de Dios proceden. En diversas ocasiones Jesús repite esta verdad: «Yo no hago nada por mi propia cuenta, sino que lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo... lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí» (Jn 8,28; 12,50).
 

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