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Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas
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jueves, 30 de junio de 2011

AMOR A DIOS



— Dios es quien únicamente merece ser amado de modo absoluto y sin condiciones. Los afectos humanos rectos se elevan y ennoblecen cuando se ama a Dios sobre todos los demás amores.
— No hay tasa ni medida en el amor a Dios.
— Manifestaciones del amor a Dios.




I. Jesús nos enseña en incontables ocasiones que Dios ha de ser nuestro principal amor; a las criaturas debemos amarlas de modo secundario y subordinado. En el Evangelio de la Misa1 nos advierte, con palabras que no dejan lugar a dudas: Quien ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí. Y aún más: Quien ame su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por Mí, la encontrará.
Dios es únicamente quien merece ser amado de un modo absoluto y sin condiciones; todo lo demás debe serlo en la medida en que es amado por Dios. El Señor nos enseña el auténtico amor y nos pide que amemos a la familia y al prójimo, pero ni aun estos amores debemos anteponerlos al amor de Dios, que ha de ocupar siempre el primer lugar. Amando a Dios se enriquecen, crecen y se purifican los demás amores de la tierra, se ensancha el corazón y se hace verdaderamente capaz de querer, superando las barreras y reservas del egoísmo, presente siempre en cada criatura. Los amores limpios de esta vida se elevan y ennoblecen aún más cuando se ama a Dios como lo primero.
Para querer a Dios como Él pide es necesario, además, perder la propia vida, la del hombre viejo. Es necesario morir a las tendencias desordenadas que inclinan al pecado, morir a ese egoísmo, a veces brutal, que lleva al hombre a buscarse sistemáticamente en todo lo que hace2. Dios quiere que conservemos lo sano y recto que tiene la naturaleza humana, lo bueno y distinto de todo hombre: nada de lo positivo y perfecto, de lo verdaderamente humano, se perderá. La vida de la gracia lo penetra y lo eleva, enriqueciendo así la personalidad del cristiano que ama a Dios. El hombre, cuanto más muere a su yo egoísta, más humano se vuelve y está más dispuesto para la vida sobrenatural.
El cristiano que lucha por negarse a sí mismo encuentra una nueva vida, la de Jesús. Respetando lo propio de cada uno, la gracia nos transforma para adquirir los mismos sentimientos que Cristo tiene sobre los hombres y los acontecimientos; vamos imitando sus obras, de tal manera que nace un nuevo modo de actuar, sencillo y natural, que mueve a las gentes a ser mejores; nos llenamos de los mismos deseos de Cristo: cumplir la voluntad del Padre, que es expresión clara del amor. El cristiano se identifica con Jesús, conservando su propio modo de ser, en la medida en que, con la ayuda de la gracia, se va despojando de sí mismo: tengo deseos de disolverme para estar con Cristo3, exclamaba San Pablo.
El amor a Dios no puede darse por supuesto; si no se cuida, muere. Si, por el contrario, nuestra voluntad se mantiene firme en Él, las mismas dificultades lo encienden y fortalecen. El amor a Dios se alimenta en la oración y en los sacramentos, en la lucha contra los defectos, en el esfuerzo por mantener viva su presencia a lo largo del día mientras trabajamos, en las relaciones con los demás, en el descanso... La Sagrada Eucaristía debe ser especialmente la fuente donde se sacie y se fortalezca nuestro amor al Señor. Amar es, en cierto modo, poseer ya el Cielo aquí en la tierra.



II. Por la elevación al orden de la gracia, el cristiano ama con el mismo amor de Dios, que se le da como don inefable4. Esta es la esencia de la caridad, que se recibe en el Bautismo y que el cristiano puede disponerse a incrementar con la oración, los sacramentos y el ejercicio de las buenas obras.
Infundido en el alma del cristiano, este amor “debe ser la regla de todas las acciones. Del mismo modo que los objetos que construimos se consideran correctos y ultimados si se ajustan al proyecto trazado previamente, también cualquier acción humana será recta y virtuosa cuando concuerde con la regla divina del amor; y si se aparta de ella, no será buena ni perfecta”5. Para que todas nuestras obras puedan ser pesadas y medidas por esa regla, el alma en gracia no recibe el amor divino como algo extraño. La caridad no destruye, sino que ordena, imprimiendo esa unidad del querer tan propia del amor de Dios. Para esto perfecciona y eleva nuestra voluntad.
La caridad, con la que amamos a Dios y en Dios al prójimo, fructifica en la medida en que se pone en ejercicio: cuanto más se ama, más capacidad tenemos para amar. “Y si lo que ama no lo posee totalmente, tanto sufre cuanto le falta por poseer (...). Mientras esto no llega, está el alma como en un vaso vacío que espera estar lleno; como el que tiene hambre y desea la comida; como el enfermo que llora por su salud; y como el que está colgado en el aire y no tiene dónde apoyarse”6.
No hay tasa ni medida para amar a Dios. Él espera ser amado con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente7. Siempre podrá crecer el amor a Dios; Él dice a sus hijos, a cada uno en particular: Con amor eterno te amé; por eso, compadecido de ti, te atraje a Mí8.
Pidamos al Señor que nos persuada de esta realidad: solo hay un amor absoluto, que es la fuente de todos los amores rectos y nobles. Y aquel que ama a Dios, es quien mejor y más ama a sus criaturas, a todas; a algunas “es fácil amarlas; a otras, es difícil: no son simpáticas, nos han ofendido o hecho mal; solo si amo a Dios en serio, llego a amarlas en cuanto hijas de Dios y porque Él me lo manda. Jesús ha fijado también cómo amar al prójimo, esto es, no solo con el sentimiento, sino con los hechos: (...) tenía hambre en la persona de mis hermanos más pequeños, ¿me habéis dado de comer? ¿Me habéis visitado cuando estaba enfermo?”9. ¿Me ayudasteis a llevar las cargas cuando eran demasiado pesadas para llevarlas Yo solo?
Amar al prójimo en Dios no es amarlo mediante un rodeo: el amor a Dios es un atajo para llegar a nuestros hermanos. Solo en Dios podemos entender de verdad a los hombres todos, comprenderlos y quererlos, aun en medio de sus errores y de los nuestros, y de aquello que humanamente tendería a separarnos de ellos o a pasar a su lado con indiferencia.



III. Nuestro amor a Dios solo es respuesta al suyo, pues Él nos amó primero10, y es el amor que Dios pone en nuestra alma para que podamos amar. Por eso le rogamos: Dame, Señor, el amor con el que quieres que te ame.
Correspondemos al amor de Dios cuando queremos a los demás, cuando vemos en ellos la dignidad propia de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, creada con un alma inmortal y destinada a dar gloria a Dios por toda la eternidad. Amar es acercarse a ese hombre herido que cada día está en nuestro mismo camino, vendarle las heridas, atenderle y cuidar de él en todo11; esmerarse de modo particular en acercarle al Señor, pues la lejanía de Dios es siempre el mayor de los males, el que pide más atención, el más urgente. El apostolado es una magnífica señal de que amamos a Dios y camino para amarle más.
El amor se manifiesta en muchas ocasiones en ser agradecidos. Cuando el Señor, después de haber expuesto la parábola de los deudores, pregunta a Simón el Fariseo: ¿Cuál de los dos amará más a quien les prestó el dinero?12, utiliza el verbo amar como sinónimo de estar agradecido, y nos descubre así la esencia del afecto que los hombres deben a su principal acreedor, Dios. La etimología nos desvela también el hondo sentido de la Eucaristía, que no es otra cosa que hacimiento de gracias por ese don del amor que ella misma nos concede.
Correspondemos al amor de Dios cuando luchamos contra lo que nos aparta de Él. Es necesario pelear cada día, aunque sea en pequeñas cosas, porque siempre encontraremos barreras que intentarán separarnos de Dios: defectos de carácter, egoísmos, pereza que impide acabar bien el trabajo...
Amamos a Dios cuando convertimos la vida en una incesante búsqueda de Él. Se ha dicho que no solo no busca Dios a los hombres, sino que sabe ocultarse para que nosotros le busquemos. Lo encontramos en el trabajo, en la familia, en las alegrías y en el dolor... Implora nuestro afecto, y no solo pone en nuestro corazón el deseo de buscarle, sino que nos anima constantemente a ello. ¡Si pudiéramos comprender el amor que Dios nos tiene! Si pudiéramos decir como San Juan: nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene13, todo nos resultaría más fácil y sencillo.
En esto hemos de convertir toda nuestra vida: en una búsqueda constante de Jesús en las horas buenas y en las que parecen malas, en el trabajo y en el descanso, en la calle y en medio de la familia. Esta empresa, la única que da sentido a las demás, no podemos llevarla a cabo solos. Acudimos a Santa María, y le decimos: “No me dejes, ¡Madre!: haz que busque a tu Hijo; haz que encuentre a tu Hijo; haz que ame a tu Hijo... ¡con todo mi ser! —Acuérdate, Señora, acuérdate”14. Enséñame a tenerle como el primer Amor, Aquel que amo en Sí mismo y de modo absoluto, por encima de los demás amores.
“¿Qué soy yo para Ti, oh Señor, para que mandes que te ame, y si no lo hago te enojes conmigo y me amenaces con grandes miserias? ¿Es acaso pequeña la miseria de no amarte?”15.




1 Mt 10, 37-42. — 2 Cfr. R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Palabra, Madrid 1982, vol. I, p. 538 ss. — 3 Cfr. Flp 1, 21-23. — 4 Cfr. 1 Jn 4, 2. — 5 Santo Tomás, Sobre el doble precepto de la caridad, Prólogo. — 6 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 9, 6. — 7 Cfr. Mt 22, 37-38. — 8 Jer 31, 3. — 9 Juan Pablo II, Audiencia general 27-IX-1978. — 10 1 Jn 4, 19. — 11 Cfr. Lc 10, 30- 37. — 12 Lc 7, 42. — 13 1 Jn 4, 16. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, Rialp, 2ª ed., Madrid 1987, n. 157. — 15 San Agustín, Las Confesiones, I, 5, 5.

miércoles, 22 de junio de 2011

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo A

Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a

«Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh. Yahveh tu Dios (que) te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre; que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres».

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 10, 16-18

«La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar?»

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 51-58

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo". Discutían entre sí los judíos y decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre". »

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». Estas palabras del Evangelio de San Juan nos introducen en el misterio de la presencia Eucarística que celebramos en esta solemnidad[1]. La liturgia nos ofrece tres elementos que orientan nuestra reflexión: la experiencia del desierto del pueblo de Israel, el alimento del camino y la vida que no es derrotada por la muerte. El libro del Deuteronomio (Primera Lectura) evoca el paso del pueblo por el desierto. Este memorial tiene el objeto de despertar la responsabilidad de los oyentes con respecto a las tareas presentes. La historia enseña al pueblo de Israel que su paso por el desierto, lleno de adversidades y contratiempos; no es simplemente una situación ciega, ajena a todo sentido y significado, sino un momento de prueba. Un momento en el que Dios penetra el corazón, se hace presente y ofrece el sustento a los que desfallecen. Yahveh sale al paso de sus necesidades y les da el maná. Este alimento que el Señor ofrece en el desierto sostiene la vida del pueblo y lo ayuda a continuar la marcha.

Así como en el pasado, Israel atravesó por el desierto y Dios probó su corazón y lo mantuvo en vida, así ahora, en el presente de nuestras vidas el Señor no es ajeno a la suerte humana. En verdad, Dios es amigo de la vida y no odia nada de lo que ha creado. Esta verdad encuentra su plenitud en Cristo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Por eso nos da a comer su carne, verdadera comida, y a beber su sangre, verdadera bebida, para que tengamos vida eterna (Evangelio). Participando todos de un solo pan (Eucarístico) formamos un solo cuerpo que es la Iglesia (Segunda Lectura).

«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida»

El discurso del pan de vida que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm, en su primera parte, es un diálogo entre Jesús y los judíos que habían tenido la expe­riencia de la multiplicación de los panes y se habían sacia­do de ellos. Cuando Jesús promete un nuevo pan, uno que baja del cielo y da la vida al mundo, los judíos, esperando que Jesús les de un pan mejor y más nutritivo que el anterior, le suplican: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34). Y esta petición da ocasión a Jesús para comenzar un verdadero dis­curso sobre ese pan que Él ha prometido. Pero es un discurso continuamente interrumpido por las objecio­nes de los oyen­tes, que murmu­ran ante las afirma­ciones que Jesús va hacien­do. Esto obliga a nuevas aclara­ciones de parte de Jesús que nos sirven también a nosotros para entender mejor su ense­ñanza.

La primera de esas objeciones es: «los judíos murmuraban de Él porque había dicho: 'Yo soy el pan que ha bajado del cielo'». ¿Qué es lo que no admiten de esa afirmación? Lo primero y más evidente que habría que objetar es que Jesús haya dicho: «Yo soy un pan». Y la reacción más obvia debió haber sido ésta: «Tú no eres ningún pan, tú eres un hom­bre». Pero los judíos consi­deran que esa afirmación de Jesús tuvo que ser hecha en sentido metafóri­co y la dejan pasar. Objetan, en cambio, lo que dijo acerca de su ori­gen: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?».

Pero Jesús no da respuesta a esto; su respuesta se concentra precisamente en ese punto que los judíos habían descartado, considerán­dolo tan absur­do, que no merecía ser objetado; ellos piensan que eso de ser «pan» no podía tener un sentido real; lo dejan pasar como algo dicho en sentido figurado. Jesús retoma lo dicho: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo», e insiste en el sentido real de la primera parte de su frase: «Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les voy a dar es mi carne para la vida del mundo»[2].

Los judíos comienzan a considerar la posibilidad de que Jesús hubiera hablado en sentido real, pero les parece increí­ble lo que han oído. Ahora no murmuran sino que «dis­cu­tían entre sí los judíos» (Jn 6,52), sobre el modo cómo debían tomarse esas palabras de Jesús. Se percibe la indignación de algunos que se habrán imaginado una especie de caniba­lismo[3]: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Esto da lugar a que Jesús continúe su discurso, pero de manera que no quede duda alguna sobre el sentido que da a sus palabras; para darles aun más realismo agrega también la necesidad de «beber su sangre». Debemos agradecer a los judíos que hayan resistido tanto a las palabras de Jesús, pues esto lo obligó a insis­tir. Si Jesús dijo: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida», ¿quién puede negarlo, sin negar o su lucidez o su veracidad, es decir, sin negar su divini­dad?

En efecto, si Jesús dijo eso sin saber lo que decía, quiere decir que estaba fuera de sus cabales, lo cual es imposible, si su humanidad está asumida por la Persona divina del Hijo de Dios, de manera que es éste el sujeto de sus actos y de sus palabras. Y la hipótesis de que Jesús haya dicho esas palabras sabiendo lo que decía, pero faltan­do a la verdad, es más imposible aun, si el que habla es el Hijo de Dios, el mismo que dijo: «Yo soy la Verdad». Por tanto, negar que la carne de Jesús sea nues­tra comida y su sangre sea nuestra bebida, es lo mismo que negar la divi­nidad de Jesús. Y, por desgracia, son muchos los que niegan la verdad de la Eucaristía, precisamente porque ya no creen que Jesucristo sea nuestro Dios y Señor.

«El Pan bajado del cielo...»

A continuación también se refiere Jesús al origen celestial de este pan: «Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma de este pan vivirá para siempre». En tiempos de Jesús los judíos creían que el maná era un pan preparado por ángeles que Dios había dado a su pueblo, haciéndolo caer del cielo. Es la convicción que expresa el libro de la Sabidu­ría, que es más o menos contemporáneo con Jesús: «A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles; les suminis­traste sin cesar desde el cielo un pan ya prepara­do» (Sb 16,20). Lo que Jesús quiere decir es que esos textos no describen el maná histórico, sino «el verdadero pan del cielo», un pan que estaba aún por venir y que Él daría al mundo. Los que comieron del maná histórico murie­ron todos en el desierto y no entraron en la tierra prome­tida. En cambio, el que coma del «pan vivo bajado del cielo», vivirá para siempre y entrará en el paraíso a gozar de la felicidad eterna.

La experiencia del desierto

La experiencia del Éxodo es original y a la vez ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es amenazado en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada para encontrar en Él asistencia eficaz: «Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido!» (Is 44, 21). Parece que Dios en su pedagogía desea llevar al alma al desierto y allí probar su corazón y hablarle al corazón. Una prueba que purifica, que hace crecer, que fortalece el alma. La experiencia de Dios pasa siempre por una especie de desierto donde el alma se desprende de sí, se purifica de sus pasiones y va ascendiendo por etapas hasta entonces desconocidas. Entonces tiene una experiencia nueva y más profunda de Dios y de su amor.

El texto del Deuteronomio nos habla de la experiencia del desierto como una prueba que desvela lo que hay en el corazón; una prueba para ver si el pueblo guarda los preceptos de Yahveh. Pero, sobre todo, se subraya que el Señor es quien da sustento a su pueblo en las horas de peligro, y que este sustento no es sólo el pan material, sino cuanto sale de la boca de Dios. Se le pide a Israel una confianza y un abandono no indiferente ante Yahveh. Se le pide que deje toda preocupación material en las manos de Dios y que se ocupe en seguir la marcha que se le ha propuesto. Un mensaje arduo: alimentarse sólo de la Palabra de Dios, confianza total sin limitaciones al Plan amoroso de Dios.

+ Una palabra del Santo Padre:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51). Acabamos de proclamar estas pala­bras en esta solemne liturgia. Jesús las pronunció después de la multiplicación milagrosa de los panes junto al lago de Galilea. Según el evangelista san Juan, anuncian el don salvífico de la Eucaris­tía. No faltan en la antigua Alianza pre­figuraciones significativas de la Eucaristía, entre las cuales es muy elocuente la que se refiere al sacerdocio de Melquise­dec, cuya misteriosa figura y cuyo sacerdocio singular evoca la liturgia de hoy.

El discurso de Cristo en la sinago­ga de Cafarnaúm representa la culmina­ción de las profecías veterotestamenta­rias y, al mismo tiempo, anuncia su cumplimiento, que se realizará en la úl­tima cena. Sabemos que en esa circuns­tancia las palabras del Señor constituyeron una dura prueba de fe para quienes las escucharon, e incluso para los Após­toles.

Pero no podemos olvidar la clara y ardiente profesión de fe de Simón Pe­dro, que proclamó: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vi­da eterna, y nosotros creemos y sabe­mos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68‑69). Estos mismos sentimientos nos ani­man a todos hoy, mientras, reunidos en tomo a la Eucaristía, volvemos ideal­mente al cenáculo, donde el Jueves san­to la Iglesia se congrega espiritualmente para conmemorar la institución de la Eucaristía...«La noche de la última cena, recosta­do a la mesa con los Apóstoles, cumpli­das las reglas sobre la comida legal, se da, con sus propias manos, a sí mismo, como alimento para los Doce».

Con estas palabras, santo Tomás de Aquino resume el acontecimiento ex­traordinario de la última cena, ante el cual la Iglesia permanece en contempla­ción silenciosa y en cierto modo, se su­merge en el silencio del huerto de los Olivos y del Gólgota».

Juan Pablo II. Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 11 de junio de 1998

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida», nos dice un autor espiritual. Realmente si tomamos conciencia de lo que significa que el Cristo de María, el Cristo de los milagros y de las curaciones, el Cristo que perdonó a la Magdalena, el Cristo que nos ha reconciliado con el Padre; está en medio de nosotros, sin duda cambiaríamos de vida.

2. Muchas veces no es fácil poder ir a misa con toda la familia, especialmente si tenemos hijos jóvenes.¿Qué medios podemos usar para poder celebrar en familia el «día del Señor»? Seamos creativos y perseverantes. El ejemplo que les podamos dar es sumamente importante.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1373 - 1381.
[1] El origen de la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo se remonta al siglo XII en el cual se resaltaba de manera particular la presencia real de «Cristo total» en el pan consagrado. En 1209 una religiosa cisterciense, Santa Juliana (priora de la abadía de Mont Cornillón a las afueras de Lieja, Bélgica) tuvo una serie de visiones que dieron un enorme impulso a la introducción de una fiesta especial a la Eucaristía. Por su intercesión y la de sus consejeros espirituales, el obispo de Lieja, Roberto de Thorete, introdujo esta fiesta, por primera vez en su diócesis en el año 1246. El año 1264, el Papa Urbano IV (Jacques Pantaleón que había sido archidiácono de Lieja) estableció la solemnidad para la Iglesia universal. Los textos litúrgicos fueron redactados por Santo Tomás de Aquino. Sin embargo la causa inmediata que determinó a Urbano IV establecer oficialmente esta fiesta fue el milagro eucarístico ocurrido en 1263 en Bolsena, Italia. Un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas acerca de la Consagración y al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264 donde se encontraba el Santo Padre.
[2] El verbo utilizado para comer en griego es muy claro: fage que quiere decir comer, devorar. A partir del versículo 54 se va utilizar el verbo trogo que quiere decir: comer a mordiscos, masticar.
[3] Canibalismo. Antropofagia atribuida a los caníbales. Ferocidad o inhumanidad propias de caníbales.

miércoles, 9 de junio de 2010

“LA EUCARISTÍA FUERZA DE LA EVANGELIZACÍON ”


El evangelista Juan, nos dice que Cristo es luz de vida, y pan de vida, es el pan de Dios, que baja del cielo y da vida al mundo (Jn 6,33).

El milagro de la multiplicación de los panes narrado en los cuatro evangelios tiene una múltiple referencia: Cristológica, Eucarística y Eclesial.

En la primera parte Juan nos presenta a la persona de Jesús como el verdadero don de Dios (Jn 6,30-47), como el pan de vida (Jn 6,35). Comerle es venir a Él, creer en Él. La fe es don del Padre y escucha del Padre (Jn 6,37-46), es ver al Hijo y acogerle (Jn 6,39).

En la segunda parte del discurso (Jn 6,48-59) nos introduce en el misterio de la eucaristía como fuente de la vida del mundo (Jn 6,51). La Eucaristía es la concentración y culminación del misterio de Cristo, de su encarnación y de su sacrificio. Es su entrega por la vida del mundo, es comida y bebida sacramental, es prenda de vida eterna (Jn 6,54). Es la fuente de comunión divina (Jn 6,56-57).

La vida de la comunidad cristiana surgida con la venida del Espíritu en pentecostés, nos revela que la eucaristía es como el sol del que vive la Iglesia primitiva, y que la fuerza evangelizadora que llevaría el mensaje de Cristo hasta los confines del mundo (Hech 1,8) tiene su secreto en la Eucaristía.

La Eucaristía es la acción sacramental central del tiempo de la Iglesia, por la que se continúa y actualiza la salvación realizada por Cristo de una vez para siempre, a través de una presencia sacramental, real y privilegiada del mismo Cristo, muerto y resucitado, autor y realizador permanente de la misma salvación mediante la acción del Espíritu Santo. La Eucaristía no es algo, es alguien; no es sólo el efecto o la obra salvadora de Cristo, es el mismo Cristo Salvador, salvando, desde la integridad de su misterio, su vida y su misión. Esto nos lleva a afirmar que Cristo, que fue evangelizador y contenido de la evangelización en su vida terrena, sigue siéndolo también en su presencia y acción sacramental por la Eucaristía. En la Eucaristía, Cristo glorioso nos invita a recorrer con Él el camino, como hiciera un día con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), a escuchar de él la explicación de la Palabra y a creer por él en el poder salvador de Dios. El resucitado vuelve a hacer un verdadero anuncio sacramental de evangelización, por la Iglesia, en la asamblea reunida: “Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga” (1Cor 11,26).
Existe, pues, un nexo íntimo entre Cristo evangelizador, la Iglesia evangelizadora, y la Eucaristía como signo de evangelización cumplida y de una tarea por cumplir. La Eucaristía es el sacramento por excelencia, en el que se expresa y realiza la misión evangelizadora de la Iglesia.

La riqueza del contenido evangelizador de la eucaristía necesita desplegarse de diversas formas y por distintos medios, entre los que destacan la palabra, los sacramentos y el testimonio de caridad. Todos estos medios se correlacionan, se complementan y se remiten mutuamente. Toda evangelización verdadera debe ser sacramental y debe implicar una orientación hacia el sacramento. Y toda celebración sacramental auténtica ha de ser evangelizadora y ha de impulsar la tarea de evangelización.

Todos los sacramentos, pero sobre todo la eucaristía, deben ser objeto de la evangelización, de modo que puedan integrarse adecuadamente en el contenido de la fe, en la celebración del misterio y en la praxis de la vida.
Fr. Aldo Tórrez Roca, OP

domingo, 6 de junio de 2010

Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor

Lectio: Domingo, Junio 6, 2010

Multiplicar el pan para los hambrientos
Jesús promueve la participación

Lucas 9,10-17

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura: el contexto literario:

Nuestro texto se encuentra a mitad del evangelio de Lucas: Jesús extiende e intensifica su misión por las aldeas de la Galilea y manda a sus doce discípulos para que le ayuden (Lc 9,1-6). La noticia de todo esto llega a Herodes, aquel que mandó matar a Juan Bautista ((Lc 9, 7-9) Cuando sus discípulos regresan de la misión, Jesús los invita a ir a un lugar solitario (Lc 9,10) Aquí sigue nuestro texto que habla de la multiplicación de los panes (Lc 9, 11-17)
En seguida Jesús hace una pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (Lc 9, 18-21). Dicho esto, por la primera vez, habla de su pasión y de su muerte y de las consecuencias de todo esto para la vida de los discípulos (Lc 9, 22-28). Luego viene la Transfiguración, en la que Jesús habla con Moisés y con Elías de su pasión, con el aturdimiento y la incomprensión de parte de los discípulos (Lc 9, 44-50). Finalmente, Jesús decide ir a Jerusalén, donde encontrará la muerte (Lc 9, 52).

b) Una división del texto para ayudar la lectura:

Lucas 9,10: Se retiran a un lugar apartado
Lucas 9,11: La gente reconoce a Jesús y Jesús acoge a la gente
Lucas 9,12: La preocupación de los discípulos por el hambre de la gente
Lucas 9, 13. La propuesta de Jesús y la repuesta de los discípulos
Lucas 14-15: La iniciativa de Jesús para resolver el problema del hambre
Lucas 9,16: La evocación y el sentido de la Eucaristía
Lucas 9,17: El gran signo: Todos comieron

c) El texto:

10 Cuando los apóstoles regresaron le contaron cuanto habían hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida. 11 Pero la gente lo supo y le siguieron. Él los acogía, les hablaba del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados.
12 Pero el día había comenzado a declinar y, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado.» 13 Él les dijo: «Dadles vosotros de comer.» Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» 14 Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta.» 15 Lo hicieron así y acomodaron a todos. 16 Tomó entonces los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente.17 Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el punto del texto que más te ha gustado o que más te ha llamado la atención?
b) ¿Cuál es la situación de la gente, que se desprende del texto?
c) ¿Cuál es la reacción o el sentimiento de Jesús ante la situación de la gente?
d) ¿Qué hechos del Antiguo Testamento se evocan en este texto?
e) ¿Conoces iniciativas de personas que hoy dan de comer a la gente hambrienta?
f) ¿Cómo ayudamos nosotros a la gente? ¿Damos peces o enseñamos a pescar?

5. Una clave de lectura

para los que desean profundizar en el tema

a) El contexto histórico de nuestro texto:

El contexto histórico del Evangelio de Lucas tiene siempre dos aspectos: el contexto del tiempo de Jesús en los años 30, en Palestina, y el contexto de las comunidades cristianas de los años 80, para las que Lucas escribe su Evangelio.
Al tiempo de Jesús en la Palestina, el pueblo vivía en la expectativa de que el Mesías, cuando viniese, sería como un nuevo Moisés, y repetiría los grandes prodigios operados por Moisés en el Éxodo: conducir al pueblo por el desierto y alimentarlo con el maná. La multiplicación de los panes en el desierto era para la gente la gran señal de que estaba llegando el tiempo mesiánico (Cf.6,14-15).
Al tiempo de Lucas, en las comunidades de Grecia, era importante confirmar a los cristianos en sus convicciones de fe y orientarlos en medio de las dificultades. En el modo de describir la multiplicación de los panes, Lucas recuerda la celebración de la Eucaristía que se realizan en las comunidades de los años 80, y ayuda a las personas a profundizar el significado de la Eucaristía en sus propias vidas. Además, en la misma descripción de la multiplicación de los panes, como veremos, Lucas evoca figuras importantes de la historia del pueblo de Dios: Moisés, Elías y Eliseo, mostrando así que Jesús es verdaderamente el Mesías que viene a cumplir las promesas del pasado.

b) Comentario del texto:

Lucas 9,10: Jesús y los discípulos se retiran a un lugar solitario
Los discípulos regresan de la misión, a la que han sido enviados (Lc 9,1-6). Jesús los invita a retirarse a un lugar solitario, cerca de Betsaida, al norte del lago de Galilea. El evangelio de Marcos añade que Él los invita a descansar un poco (Mc 6,31). Describiendo la misión de los 72 discípulos, Lucas describe la revisión de la acción misionera por parte de Jesús, acción desarrollada por los discípulos (Lc 10, 17-20).

Lucas 9,11: La gente busca a Jesús y Jesús acoge a la gente
La gente sabe dónde se encuentra Jesús y lo sigue. Marcos es más explícito. Dice que Jesús y sus discípulos van en barca y la gente lo sigue a pie, por otro camino, en un lugar determinado. La gente llega primero que Jesús (Mc 6,32-33). Llegados al lugar del descanso, viendo aquella muchedumbre, Jesús la acoge, habla del Reino y cura los enfermos. Marcos añade que la gente parecía un rebaño sin pastor. Ante esta situación de la gente, Jesús reacciona como “un buen pastor”, orientando a la gente con su palabra y alimentándola con panes y peces (Mc 6, 34ss).

Lucas 9,12: La preocupación de los discípulos y el hambre de la gente
El día comienza a decaer y se acerca el ocaso. Los discípulos están preocupados y piden a Jesús que despida a las gentes. Dicen que en el desierto no es posible encontrar comida para tanta gente. Para ellos la única solución es que la gente vaya a las aldeas vecinas a comprar pan. No consiguen imaginar otra posible solución.
Entre líneas sobre esta descripción de la situación de la gente, aparece algo muy importante. Para poder estar con Jesús, la gente se olvida de comer. Quiere decir que Jesús debe haber sabido atraer a la gente hasta el punto, de que ésta olvida todo, siguiéndolo por el desierto.

Lucas 9,13: La propuesta de Jesús y la respuesta de los discípulos
Jesús dice: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos se asustan, porque sólo tienen cinco panes y dos peces. Pero son ellos los que deben solucionar el problema y la única cosa que le viene a la mente es que la gente vaya a comprar pan. Sólo tienen la solución tradicional, según la cual alguno debe procurar pan para la gente.
Alguno debe procurar el dinero, comprar pan y distribuirlo a la gente, pero en aquel desierto, esta solución es imposible. Ellos no encuentran otra posibilidad de resolver el problema. O sea: Si Jesús insiste en no mandar a la gente a sus casas, no hay solución para el hambre de la gente. No pasa por sus mentes que la solución podría venir de Jesús y de la misma gente.

Lucas 9, 14-15: La iniciativa de Jesús para resolver el problema delhambre.
Había allí cinco mil personas. ¡Mucha gente! Jesús pide a los discípulos que la gente se sientan en grupos de cincuenta. Y es aquí, cuando Lucas comienza a usar la Biblia para iluminar los hechos de la vida de Jesús. Recuerda a Moisés. Él es, de hecho, el primero que dio de comer a la gente hambrienta en el desierto, después de la salida de Egipto (cf. Num cap. 1 al 4). Lucas evoca también a Eliseo. En efecto, es Eliseo quien en el Antiguo Testamento, hace desaparecer el hambre de la muchedumbre con unos pocos panes e incluso sobra (2 Re 4,42-44). El texto sugiere pues, que Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo profeta que debe venir al mundo (cf. Jn 6, 14-15). Todas las comunidades conocían el Antiguo Testamento y a buen entendedor bastan pocas palabras. Así van descubriendo poco a poco el misterio que envuelve la persona de Jesús.

Lucas 9, 16. Evocación y significado de la Eucaristía
Después que el pueblo se sienta en tierra, Jesús multiplica los panes y pide a los discípulos que lo distribuyan. Aquí es importante notar, cómo Lucas describe el hecho. Dice: “Tomó entonces los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente”. Este modo de hablar a las comunidades de los años 80 ( y de todos los tiempos) hace pensar en la Eucaristía. Porque esta mismas palabras serán usadas ( y lo son todavía) en la celebración de la Cena del Señor (22, 19). Lucas sugiere que la Eucaristía debe llevar a la multiplicación de los panes, que quiere decir compartir. Debe ayudar a los cristianos a preocuparse de las necesidades concretas del prójimo. Es pan de vida que da valor y lleva al cristiano a afrontar los problemas de la gente de modo diverso, no desde afuera, sino desde dentro de la gente.

Lucas 9,17: El gran signo: Todos comieron
Todos comieron, se saciaron y ¡sobraron cestas enteras! Solución inesperada, realizada por Jesús y nacida desde dentro de la gente, partiendo de aquel poco que habían llevado, cinco panes y dos peces. Y sobraron doce cestos, después que cinco mil personas han comido ¡cinco panes y dos peces!

c) Profundizamiento: El milagro más grande

Algunos se preguntan: ¿Pero entonces, no hubo milagro?¿Fue sólo compartir? He aquí tres reflexiones a modo de respuestas:

Primera reflexión: ¿Cuál sería hoy el milagro más grande: por ejemplo, en un determinado día del año, el día de Navidad, todas las personas tienen qué comer, reciben una cesta de Navidad; o podría ser que la gente comenzase a compartir su pan, llegar a quitar el hambre a todos y que sobrara alimento para otras gentes?¿Cuál sería el milagro más grande? ¿Qué pensáis?

Segunda reflexión: La palabra Milagro (miraculum) viene del verbo admirar. Un milagro es una acción extraordinaria, fuera de lo normal, que causa admiración y hace pensar en Dios. El gran milagro, el más grande de todos es (1) Jesús mismo, Dios hecho hombre. ¡Es tan extraordinariamente humano, como sólo Dios mismo puede ser humano! Otro gran milagro (2) es el cambio que Jesús consigue obtener de la gente, habituada a soluciones de fuera, Jesús consigue hacer que la gente afronte el problema a partir de ella misma, a partir de los medios de que dispone. Gran milagro, cosa extraordinaria, y (3) que mediante este gesto de Jesús todos comen y la comida sobra. Cuando se comparte, hay siempre ...¡ y sobra! Por tanto, son tres los grandes milagros: Jesús mismo, la conversión de las personas, el compartir los bienes que genera abundancia. Tres milagros nacidos de la nueva experiencia de Dios como Padre, que se nos revela en Jesús: Esta experiencia de Dios cambió todos los esquemas mentales y el modo de vivir junto a los otros. Este es el milagro más grande: ¡ otro mundo es posible!

Tercera reflexión: Es difícil saber cómo han sucedido de hecho las cosas. Ninguno está diciendo que Jesús no hizo el milagro. ¡Hay hechos y muchos! Pero no debemos olvidar que el milagro más grande es la resurrección de Jesús. Por la fe en Jesús, la gente comienza a vivir en un mundo nuevo, compartiendo su pan con los hermanos y hermanas que no tienen nada y que están hambrientos: “Y todos distribuían lo que tenían, y no había necesidades entre ellos” (cf. Act 4, 43). Cuando en la Biblia se describe un milagro, la atención mayor no viene puesta en el aspecto milagroso en sí, sino más bien en el significado que tiene para la vida y para la fe de las comunidades que creen en Jesús, revelación del Padre. En el así llamado “primer mundo” de los países dichos “cristianos”, los animales tienen más alimento que los seres humanos del tercer mundo. Mucha gente tiene hambre. Quiere decir que la Eucaristía no tiene todavía la profundidad y la raigambre que pudiera y debiera tener.

6. Oración de un salmo: 81 (80)

Dios que libera y alimenta a su pueblo

¡Aclamad a Dios, nuestra fuerza,
vitoread al Dios de Jacob!
¡Tañed, tocad el tamboril,
la melodiosa cítara y el arpa;
tocad la trompeta por el nuevo mes,
por la luna llena, que es nuestra fiesta!
Porque es una ley para Israel,
una norma del Dios de Jacob;
un dictamen que impuso a José
al salir del país de Egipto.
Se oye una lengua desconocida:
«Yo liberé sus hombros de la carga,
sus manos la espuerta abandonaron;
en la aflicción gritaste y te salvé.
Te respondí oculto en el trueno
te probé en las aguas de Meribá.
Escucha, pueblo mío, te conjuro,
¡ojalá me escucharas, Israel!
No tendrás un dios extranjero,
no adorarás a un dios extraño.
Yo soy Yahvé, tu Dios,
que te saqué del país de Egipto;
abre tu boca y yo la llenaré.
Pero mi pueblo no me escuchó,
Israel no me obedeció;
los abandoné a su corazón obstinado,
para que caminaran según sus caprichos.
¡Ojalá me escuchara mi pueblo
e Israel siguiera mis caminos,
abatiría al punto a sus enemigos,
contra sus adversarios volvería mi mano!
Los que odian a Yahvé lo adularían
y su suerte quedaría fijada;
lo sustentaría con flor de trigo,
lo saciaría con miel de la peña».

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Esplendor Eucarístico

La ciudad de Toledo acogió este jueves a miles de fieles para celebrar la solemnidad del Corpus Christi en rito hispano-mozárabe.
El Sr. Arzobispo presidió la Santa Misa en el citado rito en la Catedral Primada y, seguidamente, la custodia de Arfe recorrió las calles de la ciudad entre miles de fieles que veneraban al Santísimo Sacramento y lo recibían entre aplausos.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Solemnidad del Corpus Christi en Toledo para 2010 y en lo sucesivo


El Domingo, 6 de junio, es en la Iglesia de España la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (la fiesta del Corpus). También lo es en Toledo. La Misa solemne de ese Día del Señor en la Catedral se celebra con todo su esplendor. También desde la decisión de la Conferencia Episcopal Española, refrendada por la Santa Sede, en ese domingo del “Corpus et Sanguinis Christi”, se ha celebrado la hermosísima procesión con el Señor Sacramentado, expuesto en la Custodia de Enrique de Arfe, por la calles de Toledo.
En los últimos años se han celebrado, tanto el Domingo del Corpus como el jueves anterior, dos procesiones con el Señor Sacramentado en la custodia de Enrique de Arfe, tras la celebración de la Eucaristía en la catedral. Dada la intensidad religiosa con la que hay que vivir estas procesiones con el Santísimo, no parece que hayan de celebrarse dos en tan poco espacio de tiempo. El Arzobispo de Toledo, tras considerar con ponderación los distintos aspectos de la solemnidad del Corpus Christi, ha tomado la siguiente decisión:
El domingo 6 de junio, solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, se celebra la Santa Misa en la Santa Iglesia Catedral Primada, con todo su esplendor. Terminada la celebración de la Eucaristía, se expone a Jesús Sacramentado en la Custodia de Arfe, en la capilla mayor, a la adoración de los fieles, hasta que en la tarde se celebre las II Vísperas de la solemnidad, se hace procesión con el Santísimo Sacramento dentro de la Catedral Primada y se finaliza con la Bendición y Reserva.
El jueves día 3 de junio es en el Calendario Hispano-Mozárabe la solemnidad del Corpus et Sanguinis Christi y se celebrará en la Santa Iglesia Catedral Primada la Eucaristía de dicha solemnidad en Rito Hispano- Mozárabe. Terminada la celebración, comenzará la Procesión Eucarística con Cristo Sacramentado expuesto en la Custodia de Enrique de Arfe por el recorrido tradicional con la estación en la Plaza de Zocodover.
Esta decisión no es únicamente para este año 2010, sino que afectará en el futuro a esta solemnidad del Señor en la ciudad de Toledo.
Dado en Toledo a 2 de febrero de 2010