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Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas
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domingo, 13 de noviembre de 2011

La vida, un servicio gustoso a Dios

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 25, 14-30
Gloria a Ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
"El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió un millón, hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor.
Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco millones y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco millones me dejaste; aquí tienes otros cinco,que con ellos he ganado".Su señor le dijo: "Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor".Se acercó luego el que había recibido dos millones y le dijo: "Señor, dos millones me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado".Su señor le dijo: "Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor".Finalmente, se acercó el que había recibido un millón y le dijo: "Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu millón bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo".El señor le respondió:"Siervo malo y perezoso sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo recibiera yocon intereses? Quítenle el millón y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación"".
Palabra del Señor.Gloria a Ti, Señor Jesús.

El que había recibido un talento fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Cuando este le pidió cuentas, el siervo intenta excusarse y arremete contra quien le había dado todo lo que poseía: Señor, le dice, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo. Este último siervo “manifiesta cómo se comporta el hombre cuando no vive una fidelidad activa en relación a Dios. Prevalece el miedo, la estima de sí, la afirmación del egoísmo que trata de justificar la propia conducta con las pretensiones injustas del dueño, que siega donde no ha sembrado”. Siervo malo y perezoso, le llama su señor al escuchar las excusas. Ha olvidado una verdad esencial: que “el hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y después verle y gozarle en la otra”.
Cuando se conoce a Dios resulta fácil amarle y servirle; “cuando se ama, servir no solo no es costoso, ni humillante: es un placer. Una persona que ama jamás considera un rebajamiento o una indignidad servir al objeto de su amor; nunca se siente humillada por prestarle servicios. Ahora bien: el tercer siervo conocía a su señor; por lo menos tenía tantos motivos para conocerle como los otros dos servidores. Con todo, es evidente que no le amaba. Y cuando no se ama, servir cuesta mucho”. No solo no le aprecia, sino que se atreve a llamarle hombre duro que quiere cosechar donde ni siquiera sembró.
Este siervo no sirvió a su señor por falta de amor. Lo contrario de la pereza es precisamente la diligencia, que tiene su origen en el verbo latino diligere, que significa amar, elegir después de un estudio atento. El amor da alas para servir a la persona amada. La pereza, fruto del desamor, lleva a un desamor más grande, El Señor condena en esta parábola a quienes no desarrollan los dones que Él les dio y a quienes los emplean en su propio servicio, en vez de servir a Dios y a sus hermanos los hombres.
Examinemos hoy nosotros cómo aprovechamos el tiempo, que es parte muy importante de la herencia recibida; si cuidamos la puntualidad y el orden en nuestro quehacer, si procuramos excedernos en el trabajo, llenando bien las horas; si dedicamos la atención debida a nuestros deberes familiares; si ponemos en práctica la capacidad de amistad y aprecio por los demás, para hacer un apostolado fecundo; si procuramos extender el Reino de Cristo en las almas y en la sociedad con los talentos recibidos.

domingo, 24 de julio de 2011

«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Lectura del Primer libro de los Reyes 3, 5-6a. 7-12

«En Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en un sueño, durante la noche. Dios le dijo: «Pídeme lo que quieras.» Salomón respondió: Señor, Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un niño pequeño y no sé valerme por mí mismo. Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?

Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido, y Dios le dijo: «Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti.»

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 28-30

«Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos, hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 44-52

«Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto? «Sí», le respondieron. Entonces agregó: «Así, todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

El hilo conductor de nuestras lecturas dominicales es la oposición que encontramos entre los criterios de Dios y los criterios del mundo. Salomón, prototipo del rey ideal de la Antigua Alianza, pide al Señor en su oración: «te pido que me concedas sabiduría de corazón[1] para que sepa gobernar a tu pueblo». (Primera Lectura). El Señor, ante aquella sensata petición, le concede un corazón dócil y sabio. Como leemos en el Salmo 118: el hombre que «pone su descanso en la ley del Señor, que ama sus mandamientos más que el oro purísimo, que estima en más sus enseñanzas que mil monedas de oro y plata».

Todas éstas actitudes encuentran su plenitud en aquellos que descubriendo el Reino de los Cielos están dispuestos a «vender cuanto tiene» para comprarlo (Evangelio). El Reino que se menciona en las diversas parábolas del capítulo 13 del Evangelio según San Mateo no será sino el mismo Jesucristo. Es por eso que todos, los convocados por el mismo Jesús, estamos llamados a reproducir su imagen en nuestras vidas (Segunda Lectura).

El sueño en Gabaón

Salomón después de desposarse con la hija del Faraón[2] se dirige a la ciudad de Gabaón (que quiere decir colina) a ofrecer su ofrenda ya que todavía no había terminado de construir su palacio, el Templo y la muralla alrededor en Jerusalén. En esta ciudad, a 8 Km. al norte de Jerusalén, David colocó «en un alto lugar» (1Cro 16,39) el Tabernáculo[3] y levantó un altar para los holocaustos. Yahveh se manifiesta a Salomón en sueños[4]. Ante el pedido de Dios, Salomón se reconoce a sí mismo como «un niño pequeño que no sabe cómo salir ni entrar» ya que ante Él todos somos «pequeños». El reino que Salomón había heredado de su padre David tenía un territorio enorme ya que se extendía desde el torrente de Egipto hasta el Eufrates; por eso le pide a Dios una mente dócil y comprensiva para gobernar; es decir el arte de saber escuchar y discernir entre el bien y el mal (ver Is 7,15; 5,20). La respuesta de Dios es inmediata y en ella vemos cómo la extraordinaria sabiduría de Salomón no es sino un don de Dios y como tal es reconocida por sus súbditos: «pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia» (1Re3, 28).

Las parábolas del Reino de Dios

Las parábolas de Jesús tienden a presentar el Reino de Dios, es decir el Reino de los Cielos. En el Sermón de la Montaña[5] Jesús había hablado de los requisitos morales necesarios para entrar en aquel Reino; pero ahora era preciso dar un paso más hacia ade­lante y hablar de aquel Reino en sí, de su índole y naturaleza; de los miembros que lo constituían; del modo cómo sería actuado y establecido. También en este aspecto la predicación de Jesús siguió un método esen­cialmente gradual. La razón de esa gradación radica en la ansiosa espera en que vivían, en esa época, los judíos de un reino mesiánico‑político. Hablar a aquellas turbas de un Reino de Dios, sin explicaciones y aclaraciones, significaba hacerles ima­ginar un rey celestial omnipotente, circundado de grupos de hombres armados y, aun mejor, de legiones de ángeles combatientes, que llevarían a Israel a ser «dueño y señor» de las naciones paganas.

Y era a tales turbas delirantes a las que Jesús debía hablar del objeto del delirio que las enloquecía, y ello de tal modo que a la vez las atrajese y las desengañase: el Reino de Dios debía llegar, sin duda; es más, había empezado a realizarse; pero no era el «reino» de ellos, sino el de Jesús, totalmente diverso. De aquí que la pre­dicación de Jesús debía a la vez mostrar y no mostrar, abrir los ojos a la verdad y cerrarlos a los sueños fantásticos. Se precisaba, por lo tanto, una extrema prudencia, porque Jesús, en este punto, se internaba en un terreno volcánico que podía entrar en erupción de un momento a otro. Esta amorosa prudencia puede haber sido una de las razones por las cuales Jesús se sirvió de las parábolas para hablar del Reino.

Encontrar el tesoro escondido

Todos hemos visto lo que sucede cuando se estaciona a un niño ante la televisión: el niño queda completamente absorto y nada logra distraerlo. La mamá puede hablarle y decirle las cosas más importantes, pero el niño contesta sin despegar su atención de la pantalla. Esta situación, que nos parece excusable porque se trata de un niño, represen­ta sin embargo lo que ocurre con nosotros ante las preocupaciones y los bienes de esta tierra. A veces nos absorben hasta tal punto que nos impiden escu­char las pala­bras de vida eterna que nos dirige Dios. O, más bien, las escuchamos pero no logran incidir directamente en nuestra vida. Todos sabemos que nuestra vida sobre esta tierra es breve, que los bienes materiales son transitorios, que «no nos sirve de nada ganar el mundo entero si perdemos la vida» y que aunque tengamos nuestra vida asegurada por «muchos años», en cualquier momento podemos recibir este aviso: «Esta noche se te pedirá el alma; ¿todos los bienes que tienes atesorados, para quién serán?». Todas estas verdades las escuchamos a menudo, las sabemos, las vemos acontecer diariamente a nuestro alrededor y nos impresionan por un instante; pero no logran atraer nuestra atención y seguimos absortos en nuestros quehaceres, lo mismo que el niño que está ensimismado ante su programa de "dibujos animados".

Es necesario que «alguien» venga a nuestro encuentro y su llamada nos saque de esta especie de sopor en que esta­mos. Imaginemos que al niño televidente, viene su papá y lo invita a pasear: Ante la perspec­tiva de salir con su papá todo cambia para él: la televi­sión, los "dibujos animados" y todos sus juguetes quedan botados y olvidados; ¡él ha sido invitado a cosas más impor­tantes! Todo el resto ha perdido valor para él. Nadie lo obliga a dejar la televisión e ir con su padre; lo hace «por la alegría que le da». Esto mismo ocurre cuando alguien encuentra a Cristo. El Evangelio nos presenta diversos episodios en que el encuen­tro con Jesucristo opera en las personas un cambio radical. En estos casos: «Dejándolo todo, lo siguieron».

Es lo mismo que nos enseña el Evangelio de hoy, por medio de dos parábolas: las parábo­las del tesoro escondido en el campo y de la perla preciosa. Mientras alguien no se ha encontrado con Jesucristo y no ha hecho la experiencia de venderlo todo por adquirirlo a Él, no se puede decir que esté totalmente evangelizado. Estar evangelizado quiere decir haber recibido una noticia tal que transforme radicalmente la vida. Lo que antes era importante, incluso fundamental en la vida, pierde valor ante el encuentro con Cristo. Es como el hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo y por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. O como el mercader de perlas que, encontrada una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

Lo interesante de estas parábolas es que están dichas para explicar la conducta de los cristianos a los de fuera, a los que no han tenido la misma experiencia, a los que critican y no entienden. Ellos pueden ciertamente entender la situación presentada en las parábolas: que entiendan enton­ces por qué alguien puede acoger a Jesucristo como lo más impor­tante de su vida, que entiendan por qué algunos consa­gran a Él sus vidas. Cuando observamos que tantos hombres anteponen a Jesús y a su enseñanza los bienes de esta tierra; a saber, el dinero, la fama, la popularidad, el placer, podemos concluir que aún no han encontrado «el tesoro escondido». Si lo hubie­ran encontrado, todas esas otras cosas serían secundarias en comparación con Jesús.

Ellos están todavía como el niño ante la televisión, es decir, están afanados y absortos en las cosas de este mundo. Ojalá todos pudieran vivir la experien­cia que describe San Agustín en su autobiografía:«¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Allí te buscaba... Me retenían alejado de ti tus creaturas, que serían inexistentes si no existieran en ti. Me llamaste y tu grito atravesó mi sordera; brillaste y tu esplendor disipó mi ceguera; difundiste tu fragancia y yo respiré y anhelo hacia ti; gusté y tengo hambre y sed; me tocaste y ardí del deseo de tu paz» (Confesiones X, 27, 28).

La parábola de la red y los peces

La tercera parábola de este Domingo, la de la red echada en el mar que recoge todo tipo de peces; es semejante a la parábola de la cizaña que crece en medio del trigo. Nos enseña que en su etapa actual el Reino de los Cielos incluye todo tipo de personas: santos y pecadores. La red arrastra con todo y lo saca a tierra. Pero todos imaginamos a los pescadores sentados en la orilla seleccionando a los buenos y arrojando a los malos. Así será al fin del mundo: «Los ángeles separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Estas son imágenes usadas constantemente por Jesús para describir el tormento eterno de los condenados: no sólo ardor físico, sino también amargura profunda, odio y dolor.
Hemos dicho que el Reino de los Cielos expresa la novedad de Jesucristo. Pero esto no rescinde todo lo revelado por Dios en el Antiguo Testamento, sino que le da pleno cumplimiento. Por eso todo escriba que se ha hecho discípulos del Reino de los Cielos «saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». La relación entre ambos Testamentos ha sido formulada por un antiguo adagio: “Novum in Vetere latet; Vetus in Novo patet” (El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo; el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo).

Una palabra del Santo Padre:

«En el mundo en que vivimos, se convierte casi en una necesidad poder tomar nuevo vigor en el cuerpo y en el espíritu, especialmente para quien vive en la ciudad, donde las condiciones de vida, con frecuencia frenéticas, dejan poco espacio al silencio, a la reflexión y al distendido contacto con la naturaleza. Las vacaciones son, además, días en los que puede haber dedicación más prolongada a la oración, a la lectura y a la meditación sobre los significados profundos de la vida, en el contexto sereno de la propia familia y de los seres queridos.

El tiempo de las vacaciones ofrece oportunidades únicas de pausa ante los espectáculos sugestivos de la naturaleza, maravilloso «libro» al alcance de todos, mayores y niños. En el contacto con la naturaleza, la persona reencuentra su justa dimensión, se redescubre criatura, pequeña pero al mismo tiempo única, «capaz de Dios» porque interiormente está abierta al Infinito. Empujada por el interrogante de sentido que le apremia en el corazón, percibe en el mundo circundante la impronta de la bondad y de la providencia divina y casi naturalmente se abre a la alabanza y a la oración».

Benedicto XVI. Ángelus, Domingo 17 de julio de 2005.



Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. «Pídeme lo que quieras» le dice Dios a Salomón ¿No es acaso también ésta la misma oferta que hoy nos hace a Dios? ¡Sí, también a nosotros nos ha hablado, ya no en sueños, sino por medio de su Hijo! ¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración? ¿Acudimos a Él con frecuencia?

2. ¿Seremos nosotros capaces de vender todo para ganar el gran tesoro encontrado o la perla más preciosa que existe en el mundo? El ejemplo de vidas heroicas y santas nos muestran que sí vale la pena «venderlo todo» por Jesucristo.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 28. 30. 1718. 1730. 2128. 2566, 2705.
[1] Corazón: término que se usa figuradamente en las Sagradas Escrituras para designar el centro, la totalidad o la esencia de todas las cosas o actividades del hombre. En particular se refiere al centro de la personalidad. Los términos que ahora utilizamos como carácter, personalidad, voluntad, criterios o mente; representan lo que «corazón» significaba para los hebreos.
[2] Posiblemente sea el faraón Psusenas II, último rey de la dinastía XXI.
[3] Este era el mismo Tabernáculo que Moisés había colocado en el desierto. El Tabernáculo era una gran tienda de campaña construida según las instrucciones que Moisés había recibido de Dios. El Tabernáculo era el centro de la vida religiosa de Israel y era el signo de que Dios estaba siempre con ellos. A menudo al Tabernáculo se le llamaba «Tienda de la reunión» (donde tenía lugar el encuentro entre Dios y el hombre) y «Morada » (de Dios entre los hombre s).
[4] Los sueños, con anterioridad a los Profetas, eran uno de los principales medios de comunicación entre Dios y los hombres (ver Gn 20, 3; 28,31; 37, 5).
[5] Ver el capítulo 5 de San Mateo.

domingo, 10 de julio de 2011

Salió el sembrador a sembrar

La Lluvia hará germinar la tierra
Lectura del profeta Isaías 55, 10-11
Esto dice el Señor: "Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión".


Toda la creación espera la revelación de la gloria de los hijos de Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23
Hermanos: Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros; porque toda la creación espera, con seguridad e impaciencia, la revelación de esa gloria de los hijos de Dios. La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por la voluntad de aquel que la sometió. Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice a plenitud nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 1-23
Gloria a ti, Señor.

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del lago. Se reunió en torno suyo tanta gente, que tuvo que subirse a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:"Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron al borde del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; allí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando salió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga".Los discípulos se le acercaron y le preguntaron:"¿Por qué les hablas por medio de parábolas?"Jesús les respondió:"A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aún eso poco se le quitará. Por eso les hablo por medio de parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: "Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve".Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron al borde del camino.Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.Lo sembrado entre espinos representa a aquél que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto. En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta".


Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Toda la Liturgia de la Palabra de este domingo es una invitación a una justa relación con la Palabra, con el Verbo hecho carne. La comparación que hace el profeta Isaías en la narración de la lluvia y de la nieve que bajan para fecundar la tierra para que de buenos frutos, es el anuncio profético de la acción Divina en la historia: “así sucede con la palabra que sale de mi boca”, dice Dios.
La Palabra es enviada para que obre y cumpla lo que esta en el corazón de Dios, no es simplemente una palabra dicha, si no más bien es una Palabra que dona vida para que viva. Los dos verbos “obrar” y “cumplir”, corresponden en la comparación de la lluvia y de la nieve a los verbos: “empapar” y “germinar”.
Es siempre un deber preguntarse: ¿Qué cosa es esta palabra de Dios?, ¿Qué cosa es para mi y para nuestra vida?.
No es una palabra simplemente pronunciada, si no generada por Dios mismo; es una palabra para encontrar en la vida; no es simplemente un libro para leer, si no una Persona con la cual aprender progresivamente pero realmente a vivir.
Es Cristo Señor la Palabra de Dios. Es la Palabra que obra y cumple todas las cosas: «La Palabra divina, por tanto, se expresa a lo largo de toda la historia de la salvación, y llega a su plenitud en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios» (Ex. Apost. Verbum Domini, n. 7).
Podémos entonces leer en esta óptica la parabola del sembrador, según la cual, la semilla da fruto según el terreno que la recibe. Si es Cristo la Palabra por recibir, entonces es el corazón del hombre aquel terreno a veces fertil, a veces arido o pedregoso, que siendo inundado por Su presencia, es llamado constantemente a transformarse.
Lo que la presencia de Jesús “cumple” en el corazón del hombre, está en constante relacón con el grande misterio de la libertad creada. Es una taréa en la medida con la cual el hombre vive la profundidad de la vida.
El Papa Bnedicto XVI afirma que: «Es precisamente mirándonos a nosotros mismos con verdad, con sinceridad y con valentía como intuimos la belleza, pero también la precariedad de la vida y sentimos una insatisfacción, una inquietud que ninguna realidad concreta logra colmar. Con frecuencia, al final todas las promesas se muestran insuficientes.
Queridos amigos, los invito a tomar conciencia de esta sana y positiva inquietud; a no tener miedo de plantearse las preguntas fundamentales sobre el sentido y sobre el valor de la vida. No se queden en las respuestas parciales, inmediatas, ciertamente más fáciles en un primer momento y más cómodas, que pueden dar algunos ratos de felicidad, de exaltación, de embriaguez, pero que no los llevan a la verdadera alegría de vivir, la que nace de quien construye —como dice Jesús— no sobre arena, sino sobre sólida roca» (encuentro con los jóvenes de la diócesis de san marino-montefeltro 19 de Junio de 2011).
Invoquémos con mucha fe a la Beata Virgen María, custodia de la Palabra y ejémplo sublime del más real recimiénto del Verbo en la propia existencia, que ningún otra creatura haya jamás realizado, para que nos guíe a ser “terreno fertil”, continuamente, capaces de sorprendernos de frente al divino Sembrador, que, enamorado de sus creaturas, no se contiene, si no que confia y espera con fe el esfuerzo de nuestra fragil libertad.

domingo, 19 de diciembre de 2010

«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel»


Domingo de la Semana 4ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A
Lectura del profeta Isaías 7, 10-14

«Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo: "Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del seol o en lo más alto". Dijo Ajaz: "No la pediré, no tentaré a Yahveh". Dijo Isaías: "Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. »

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 1, 1- 7

«Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro, por quien recibimos la gracia y el apostolado, para predicar la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles, entre los cuales os contáis también vosotros, llamados de Jesucristo, a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación, a vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 1, 18-24

«La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros". Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Una frase que podría sintetizar las lecturas de este cuarto Domingo de Adviento podría ser: «Emmanuel- que traducido significa- Dios con nosotros». La Primera Lectura expone el oráculo del profeta Isaías. El rey Ajaz o Acaz[1] desea aliarse con el rey de Asiria para defenderse de las acechanzas de sus vecinos (rey de Damasco y rey de Samaria). Isaías se opone a cualquier alianza que no sea la alianza de Yahveh. El rey Ajaz debía confiar en el Señor y no aliarse con ningún otro rey. Sin embargo, el rey Ajaz ve las cosas desde un punto de vista terreno y desea aliarse con el más fuerte, el rey de Asiria. Isaías sale a su encuentro y le dice: «pide un signo y Dios te lo dará. Ten confianza en Él». Sin embargo, el rey Ajaz teme abandonarse en las manos de Dios y se excusa diciendo: «no pido ningún signo». En su interior había decidido la alianza con los hombres despreciando el precepto de Dios. Isaías se molesta y le ofrece el signo: «la virgen[2] está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel, es decir, Dios con nosotros». La tradición cristiana siempre ha visto en este oráculo un anuncio del nacimiento de Cristo de una virgen llamada María.

Así lo interpreta el Evangelio de San Mateo cuando considera la concepción virginal y el nacimiento de Cristo: María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. Esta fe en Cristo se recoge admirablemente en el exordio de la Carta a los Romanos. San Pablo ofrece una admirable confesión de fe en Jesucristo, el Señor. Nacido del linaje de la familia de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios. San Pablo subraya el origen divino del Mesías y, al mismo tiempo, su naturaleza humana: «nacido de la estirpe de David». Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

La genealogía de Jesús

Cuando leemos las Sagradas Escrituras, vemos que la identidad de una persona queda esta¬blecida cuando se sabe de quién es hijo. Por eso la histo¬ria de los grandes personajes comienza con su genea¬logía. Esto lo que ocurre también con Jesús. En efecto, el Evangelio según San Mateo comienza así: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Y sigue el detalle de las generaciones desde Abraham, pasan¬do por David, hasta Cristo. Se repite el verbo «engendró» trein¬ta y nueve veces, siempre con la misma fórmula (A engendró a B; B engendró a C; C engendró a D...), con la única excep¬ción de la última, donde se produce una llama¬tiva disonan¬cia evitando cuidadosamente decir: «José engendró a Jesús», porque esto habría sido falso.

Veamos también que son cuatro las mujeres que se mencionan en la genealogía de Jesús, cinco con María. Pero siempre según esta fórmula: «Judá engendró, de Tamar, a Fares... Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró de Rut.... David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón». En el caso de María no es ésa la fórmula sino: «José, el esposo de María, de la cual nació Je¬sús». Se debe concluir que «José no engendró a Jesús, pues éste nació virginalmente de María». Aun a riesgo de poner en cuestión la descendencia davídica de Jesús -lo único claro es que el hijo de David es José-, el Evangelio afirma la concep¬ción virginal de Jesús porque esto es lo único coherente con su identidad. Justamente lo que el Evangelio de este Domingo quiere explicar es cómo llegó José a ser padre de Jesús, para que esa genealogía pueda realmente llamarse: «Libro de la generación de Jesús Cristo»

Aproximándonos al texto...

El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras: «La génesis[3] de Jesús Cristo fue así: concedida en matrimonio su madre María a José, antes que ellos comenzaran a estar juntos, se encontró encinta del Espíritu Santo». Ya está afirmado lo principal: el niño fue concebido por obra del Espíritu Santo; no es hijo de José, sino que es Hijo de Dios. Así lo confirma la cita¬ción que aporta Mateo como explicación del retorno de la Sagrada Familia de Egipto, cuando se refugiaron allá huyendo de Herodes: «De Egipto llamé a mi Hijo» (Mt 2,15). Según la genealogía, como hemos visto, el que es «hijo de David» es José. Y así lo proclama el ángel cuando se le aparece en sueños: «José, hijo de David». Pero hasta aquí resulta claro que José no es el padre de Jesús. Para responder a esta cuestión debemos examinar detenidamente el texto: «José, su marido, siendo justo y no queriendo denunciarla, resol¬vió repudiarla en secre¬to».

Según la interpretación frecuente de este texto, José, al ver a María espe¬rando un hijo, habría sospechado de su fidelidad y la habría juzgado culpable; pero, siendo justo y no queriendo dañarla, decidió dejar la cosa en secreto. Pero, en reali¬dad, esta interpreta¬ción es extraña al texto. Si José hubiera sospe¬chado que su esposa era culpa¬ble de infideli¬dad, el hecho de ser justo, le exigía aplicar la ley, y ésta ordenaba al esposo entregar a la mujer una escritura de repu¬dio (ver Dt 22,20s). En ningún caso la ley permite dejar la cosa en secre¬to. Esto es lo que observaba San Jerónimo: «¿Cómo podría José ser calificado de justo, si esconde el crimen de su esposa?» Si, sospechando el adulterio, José hubiera queri¬do evitar un daño a su esposa, su actitud habría sido caracterizada por la mansedumbre, no por la justicia.

¿Cómo supo José que María estaba encinta?

Esta pregunta es bastante importante y la respuesta obvia es: María se lo dijo tan pronto como lo supo ella[4]. Hay que tener en cuenta que José era su esposo y que, como explicaremos a continuación, estaba en la víspera de llevarla a vivir consigo. El Evangelio dice: «Antes de empezar a vivir juntos ellos, se encontró encinta». Nos preguntamos: ¿cuánto tiempo antes? Si todos pensaban que Jesús era hijo de José[5], eso quiere decir que José empezó a vivir junto con María en los mismos días de la concepción de Jesús, de manera que vivieran juntos los nueve meses del embarazo.

En cualquier otra hipótesis, se habría arrojado una sombra sobre la generación de Jesús: se habría pensado que sus padres habían tenido relaciones antes de convivir o, lo que es peor, que el Niño era hijo de otro. Ambas cosas repelen a la santidad de María y también de José. Por último, si María no hubiera dicho a José lo que ocurría en ella, habría faltado de honestidad, cosa imposible en ella. En efecto, su identidad había cambiado, y su esposo tenía derecho a saberlo. Más aun, tenemos que considerar que ambos ya habían decidido mantenerse vírgenes por la sencilla razón de que la decisión de María necesariamente ha tenido que ser compartida por José.

La reacción de José

Analicemos ahora lo que José ha decido hacer ante la información dada por María: el texto nos dice que como era justo, decidió repudiarla; y, como no quería ponerla en evidencia, decidió hacerlo en secreto. Examinemos lo primero: José no podía pretender ser el esposo de esta Virgen que llevaba en su seno a un Hijo concebido por obra del Espíritu Santo, y sobre todo, no podía pretender ser el padre de semejante Hijo. No cabe otra reacción sino considerarse indigno. Por eso decide repudiarla[6] (esta es una expresión idiomática que significa no seguir adelante con el desposorio). Pero no quiere poner en evidencia los motivos, porque esto pertenecía a la intimidad de María con Dios. Por eso decide proceder privadamente e interrumpir su desposorio con María en secreto. De hecho, después que José tomó a su esposa y nació el Niño, todos estos hechos siguieron siendo secretos. Son un misterio admirable y no pudo revelarlos nadie sino Jesús mismo.

Hay que tener en cuenta que hasta ahora nadie había pedido a José que él fuera el padre de ese Niño. Entonces el Ángel de Dios se le aparece en sueños y le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque, aunque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo y dará a luz un hijo, tú le pondrás por nombre Jesús...». Esta traducción es perfecta¬mente correcta[7]. El ángel está confirmándole algo que José ya sabe y cree - lo sabe porque María se lo dijo y lo cree -, pero ahora le comunica su vocación: tú le pondrás por nombre Jesús[8]. Esto quiere decir: tú estás llamado a ser el padre del Niño. Y José reaccionó según su justicia: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer». Si María, al recibir el anuncio de su vocación de Virgen Madre de Dios, respondió: «He aquí la esclava del Señor», José, su casto esposo, respondió igual. Al asumir la paternidad de Jesús, José no está sustituyendo a nadie (como ocurre en las adopciones nuestras), porque Jesús no tiene padre biológico. Su Padre es Dios, pero es precisamente Dios quien encomienda a José la misión de ser su padre en la tierra. A él Dios le encomienda la paternidad de esa manera; a todos los demás padres Dios se la encomienda por vía de la generación biológica. ¡Ojalá todos los padres fueran tan fieles como José! Por esto Jesús es verdaderamente «hijo de José e hijo de David»: él es el «Dios con nosotros» de quien celebraremos el nacimiento.

Una palabra del Santo Padre:

«En la tradición del pueblo de Israel el nombre “Jesús” conservó su valor etimológico: «Dios libera». Por tradición, eran siempre los padres quienes ponían el nombre a sus hijos. Sin embargo, en el caso de Jesús, Hijo de María, el nombre fue escogido y asignado desde lo alto, ya antes de su nacimiento, según la indicación del ángel a María en la anunciación y a José en sueños...En el Plan dispuesto por la Providencia de Dios, Jesús de Nazaret lleva un nombre que alude a la salvación «Dios libera», porque Él es en realidad lo que el nombre indica, es decir, el Salvador».

Juan Pablo II. Catequesis del 14 de enero de 1987.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Vivamos estos últimos días de espera cerca de la Virgen Santa y de San José. Preparemos nuestro hogar para que en él nazca el «Emmanuel». ¿Qué vamos hacer en estos últimos días del Adviento?

2. A todos nos gusta recibir regalos y eso está muy bien. Pero al dueño del “santo”, ¿qué regalo le voy a dar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 437- 439. 496- 507. 1846.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Genealogía de Jesucristo, hijo de David

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 1, 1-17
Gloria a ti, Señor.

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán: Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos; Judá engendró de Tamar a Fares y a Zará, Fares a Esrón, Esrón a Arán, Arán a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, Obed a Jesé, y Jesé al Rey David. David engendró de la mujer de Urías, a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abiá, Abiá a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Jorán, Jorán a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, durante el destierro en Babilonia. Después del destierro en Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquín, Aquín a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. De modo que el total de generaciones, desde Abrahán hasta David es de catorce, desde David hasta la deportación de Babilonia es de catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo es de catorce.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor.


LA NAVIDAD, JUNTO A SAN JOSÉ

— La misión de José.
— El trato de José con Jesús.
— Acudir a José para que nos enseñe a vivir junto a María y a Jesús.


I. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo1.
Hoy nos presenta el Evangelio de la Misa la genealogía de Jesús por parte de José. Entre los judíos, como entre los demás pueblos de origen nómada, el árbol genealógico tenía una importancia capital. La persona estaba ligada y era conocida fundamentalmente por el clan o la tribu a la que pertenecía más que por el lugar donde habitaba2.
En el pueblo hebreo se añadía la circunstancia de pertenecer al pueblo elegido por el vínculo de la sangre.
Entre los hebreos, las genealogías se hacían por vía masculina. José, al ser esposo de María, era el padre legal de Jesús y llevaba consigo las obligaciones de un verdadero padre.
Era José, como María, de la casa y familia de David3, de donde nacería el Mesías, según había sido prometido por Dios: suscitaré de tu linaje después de ti, al que saldrá de tus entrañas y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo restableceré su trono para siempre4. Así, Jesús, que era descendiente de David a través de María, fue empadronado en la casa real por medio de José, pues, “el que vino al mundo debió ser empadronado según el uso del mundo”5.
José será también el encargado de imponer el nombre al Verbo encarnado, según el mandato recibido de Dios: tú le pondrás por nombre Jesús6.
Dios había previsto que su Hijo naciera de la Virgen, en una familia como tantas otras, y que en ella se desarrollara humanamente. La vida de Jesús había de ser igual a la de los demás hombres: debía nacer indefenso, necesitado de un padre que le protegiera y le enseñara lo que todos los padres enseñan a sus hijos.
En el cumplimiento de su misión de custodio de María y de padre de Jesús habría de estar toda la esencia de la vida de José y su último sentido. Vino al mundo para hacer de padre de Jesús y de esposo castísimo de María, de la misma manera que cada hombre viene al mundo con un peculiar encargo de Dios, en el cual radica todo el sentido de su vida.
Cuando el Ángel le reveló el misterio de la concepción virginal de Jesús, aceptó plenamente su misión, a la que permanecería fiel hasta su muerte. Su misión en la vida consistiría en ser cabeza de la Sagrada Familia.
Toda la gloria y la felicidad de San José consistió en haber sabido entender lo que Dios quería de él y en haberlo llevado a cabo fielmente hasta el final.
Hoy, en nuestra oración, le contemplamos junto a la Virgen, que está encinta, próxima ya a dar a luz a su Hijo Unigénito. Y hacemos el propósito de vivir la Navidad cerca de José: un lugar tan discreto y privilegiado a un mismo tiempo: “¡Qué bueno es José! —Me trata como un padre a su hijo. —¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!...”7.
II. “A San José –leemos en un sermón de San Agustín– no solo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno”8. Y luego añade el santo doctor: “¿Cómo era padre? Tanto más profundamente cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne... Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué solo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios”9.
El amor de San José a la Virgen fue muy grande. “Debió quererla mucho y con gran generosidad cuando, sabiendo su deseo de mantener la consagración que había hecho a Dios, accedió a desposarse, prefiriendo renunciar a tener sucesión antes que vivir separado de aquella a la que tanto amaba”10. Fue el suyo un amor limpio, delicado, profundo, sin mezcla de egoísmo, respetuoso. Dios mismo había sellado su unión de modo definitivo (ya estaban unidos por los esponsales y por eso el ángel dijo: no temas recibir a María, tu esposa) con un nuevo vínculo todavía más fuerte, que era el común destino en la tierra para cuidar del Mesías.
¿Cómo sería el trato de José con Jesús? “José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató dándole lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius (Mc 6, 3; Mt 13, 55): artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios?
“Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José”11.
De la mano de José podemos entrar en la ya cercana Navidad. Él solo nos pide sencillez y humildad para contemplar a María y a su Hijo. Los soberbios no tienen entrada en aquella pequeña gruta de Belén.
III. “El cansancio –decía Juan Pablo II en la Misa de Nochebuena– llena los corazones de los hombres, que se han adormecido, lo mismo que se habían adormecido no lejos los pastores, en los valles de Belén. Lo que ocurre en el establo, en la gruta de la roca tiene una dimensión de profunda intimidad: es algo que ocurre entre la Madre y el Niño que va a nacer. Nadie de fuera tiene entrada. Incluso José, el carpintero de Nazaret, permanece como un testigo silencioso. Ella sola es plenamente consciente de su maternidad. Y solo Ella capta la expresión propia del vagido del Niño. El nacimiento de Cristo es ante todo su misterio, su gran día. Es la fiesta de la Madre”12.
Y solo Ella ha penetrado realmente en el misterio de la Navidad, de la Redención.
Entre María y Jesús existe una relación absolutamente única y particular de la que nadie ha participado, ni el mismo José, que es solo “un testigo silencioso”, en palabras del Papa. José contempla admirado, callado y respetuoso al Niño y a la Madre. Fue el primero, después de María, en contemplar al Hijo de Dios hecho hombre. Nadie ha experimentado jamás la felicidad de tener en sus brazos al Mesías, que en nada se distingue de cualquier otro niño.
Con todo, el misterio que contempla José también le impone unos límites, que él no rebasó en ningún momento; con María es distinto, porque “el misterio concernía, sobre todo, a la Madre y al Hijo; José participó de él después, cuando ya existía la profunda y misteriosa relación entre Jesús y la Virgen. José participó del misterio por el conocimiento que le fue dado mediante la revelación del ángel en orden a la misión que debía cumplir cerca de aquellos dos seres excepcionales”13.
San José presenció luego la llegada de los pastores, quizá les invitó a que entraran sin timideces y a que besaran al Niño. “Les vio asomarse a la gruta entre tímidos y curiosos, contemplar al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (Lc 2,12); les oyó explicar a la Virgen la aparición del ángel, que les comunicó el nacimiento del Salvador en Belén y la señal por la que le conocerían, y cómo una multitud de ángeles se habían reunido con el primero y habían glorificado a Dios y prometido en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (...). Él también contempló la felicidad de Aquella que era su esposa, de la maravillosa mujer que le había sido confiada. Él vio y se gozó de ello, cómo Ella contempla a su Hijo; vio su dicha, su amor desbordante, cada uno de sus gestos, tan llenos de delicadeza y significación”14.
Si tratamos a José en estos pocos días que faltan para la Navidad, él nos ayudará a contemplar ese misterio inefable del que fue testigo silencioso: a María, que tiene en sus brazos al Hijo de Dios hecho hombre.
San José comprendió muy pronto que toda la razón de ser de su vida era aquel Niño, precisamente en cuanto niño, en cuanto era un ser necesitado de ayuda y de protección, y también María, de la que el mismo Dios le había encargado que la recibiera en su casa y le diera protección. ¡Cómo agradecería Jesús todos los desvelos y atenciones que José tuvo con María! Se entiende bien que, después de la Virgen Santísima, sea la criatura más llena de gracia. Por eso, la Iglesia le ha tributado siempre grandes alabanzas, y ha recurrido a él en las circunstancias más difíciles. Sancte Ioseph, ora pro eis, ora pro me!, San José ruega por ellos (por esas personas que más queremos), ruega por mí (porque también yo necesito tu ayuda). En cualquier necesidad, el Santo Patriarca, junto con la Santísima Virgen, atenderá nuestras súplicas. Hoy le pedimos que nos haga sencillos de corazón para saber tratar a Jesús Niño.
1 Mt 1, 16. — 2 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, notas a Mt 1, 1 y Mt 1, 6. — 3 Lc 2, 4. — 4 2 Sam 7, 12-13. — 5 San Ambrosio, Coment. al Evangelio de San Lucas, 1, 3. — 6 Mt 1, 21. — 7 San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Tercer misterio de gozo. — 8 San Agustín, Sermón 51, 26. — 9 Ibídem, 27-30. — 10 F. Suárez, José, esposo de María, Madrid 1982, p. 89. — 11 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 55. — 12 Juan Pablo II, Homilía durante la Misa de Nochebuena de 1978. — 13 F. Suárez, o. c., p. 106. — 14 Ibídem, pp. 108-109.

viernes, 10 de diciembre de 2010

¿Eres tú el que ha de venir?


Domingo de la Semana 3ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A

Lectura del profeta Isaías 35, 1-6a.10

«Que el desierto y el sequedal se alegren, regocíjese la estepa y florezca como flor; estalle en flor y se regocije hasta lanzar gritos de júbilo. La gloria del Líbano le ha sido dada, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Se verá la gloria de Yahveh, el esplendor de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós, penar y suspiros!»

Lectura de la carta de Santiago 5,7-10

«Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser juzgados; mirad que el Juez está ya a las puertas. Tomad, hermanos, como modelo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 11,2-11

«Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: "¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!"

Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino. "En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

La liturgia del tercer Domingo de Adviento destaca de manera particular la alegría por la llegada de la época mesiánica. Se trata de una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la reconciliación definitiva ya se ha dado con Jesucristo. El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que padece tribulación y está a punto de abandonarse a la desesperanza. Santiago (Segunda Lectura), constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener esperanza y paciencia.

El Evangelio, finalmente, pone nuevamente (como veíamos en el Domingo de la segunda semana de Adviento) de relieve la figura de San Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión dirige a Jesús una pregunta fundamental: « ¿Eres tú el que estamos esperando?». Todas las expectativas y esfuerzos de Juan descansan en la respuesta que Jesús le da: «Vayan a contar a Juan lo que ven y lo que oyen…».

¡Encendamos nuestra tercera vela!

Ya estamos en el corazón del Adviento y la liturgia de este tercer Domingo del tiempo de espera está llena del gozo de la Navidad que ya está próxima. En efecto, la antí¬fona que introduce la liturgia eucarística de este día es un llamado a la alegría: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4.5). La primera palabra de esta invitación, traducida al latín, ha dado tradicionalmente el nombre a este Domingo: «Gaude¬te!». Y si el color del Adviento es el morado, en este Domingo, para indi¬car que la espera pronto será colmada, se debería usar ornamentos de color rosado.

«¿Tú eres el que ha de venir?»

El Evangelio de hoy contiene uno de los puntos más difíciles de interpretar. Juan había sido arrojado en la cárcel por Herodes[1]. Habiendo oído de las obras de Jesús, desde la cárcel, manda a preguntar acerca de su identidad. El mismo que había saltado de gozo en el vientre de su madre cuando percibió la presencia del Señor encarnado en el seno de la Virgen María, el mismo que predicando un bautismo de conversión había preparado el camino para la venida del Señor, el mismo que lo había anunciado ya presente entre los hombres y espe¬raba su inminente manifes¬tación, el mismo que lo había identifi¬cado con la persona concreta de Jesús de Nazaret, ahora parece dudar.

Y para complicar aún más las cosas notemos que el Evangelio dice: «Juan había oído hablar de las obras del Cristo». Después del título del Evangelio de Mateo y de sus relatos sobre el origen de Jesús, ésta es la primera vez que se habla de «el Cristo». Si lo que Juan ha oído es que las obras que Jesús hace son las «obras del Cristo», entonces no se entiende por qué luego pregunta: « ¿Eres tú el que ha de venir?», vale decir: «¿Eres tú el Cristo?», pues ya las obras mismas le estaban dando una respuesta afirmativa. En el resto del relato ya no se habla más de Cristo, sino sólo de Jesús. El reconocimiento de que Jesús es el Cristo se narra solamente en el capítulo 16. Justamente a la pregunta que el mismo Jesús dirige a los Doce sobre su propia identidad: «¿Vosotros, quién decís que soy yo?». Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,15-16).

Las obras del Cristo

¿Cuáles son las obras de Jesús que el Evangelio ha narrado hasta ahora? Ha transmitido dos discursos de Jesús: el sermón de la montaña y el discurso apostólico, y varios milagros obrados por él: curación de un leproso, del criado del centurión, de la suegra de Pedro; ha calmado la tempestad en el lago; ha liberado a dos endemoniados de la posesión del demonio; ha curado a un paralítico y a la mujer con flujo de sangre; ha resucitado a la hija de Jairo, ha devuelto la vista a dos ciegos, ha hecho hablar a un mudo. Después de este elenco impresionante de obras, el Evangelio hace un resumen: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35). Esto es lo que Juan ha oído y que él reconoce como las «obras de Cristo».

A la pregunta de Juan Jesús responde: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». Pero justamente esto es lo que Juan ya había oído. Por eso debemos concluir que esa respuesta de Jesús no va dirigida a Juan sino a sus enviados y a los demás presentes. A ellos también va dirigida la frase: «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!». Juan ya reconocía que quien hacía esas obras era el Cristo, en tanto que los mismos apóstoles, es posible, aún no habían llegado a esa conclusión.
Solamente así se puede explicar por qué Jesús hace un impresionante reconocimiento de Juan: «Os digo que él es un profeta, y más que un profeta... En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Es un testimonio impactante y que no deja duda de lo que Jesús pensaba acerca de su primo.
San Jerónimo nos ayuda a entender mejor el sentido de la pregunta del Bautista. «No pregunta, pues, como si no lo supiera, sino de la manera con que preguntaba Jesús: “¿En dónde está Lázaro?” (Jn 11, 34), para que le indicaran el lugar del sepulcro, a fin de prepararlos a la fe y a que vieran la resurrección de un muerto; así Juan, en el momento en que había de perecer en manos de Herodes, envía a sus discípulos a Cristo, con el objeto de que, teniendo ocasión de ver los milagros y las virtudes de Cristo, creyesen en Él y aprendiesen por las preguntas que le hiciesen. Que efectivamente los discípulos de Juan habían tenido cierta envidia contra Cristo, lo demuestra la pregunta siguiente, de que ya se ha hablado: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y tus discípulos no ayunan?” (Mt 9,14)».
«Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán...»

La respuesta que Jesús da a los discípulos de Juan condensa un conglomerado de citas del profeta Isaías (ver Is 35,5-6; 61,1...) El primero de estos textos es justamente la Primera Lectura de este Domingo. La visión esperanzadora del profeta que consuela al pueblo oprimido se sirve de imágenes que desbordan alegría para la naturaleza hostil del desierto y para las caravanas de los repatriados que la cruzan. La esperanza de un nuevo éxodo hacia la patria alentó la fe de la generación del destierro. Unas cincuenta mil personas regresaron a Palestina cuando el edicto liberador de Ciro, rey de Persia (538 a.C.). Por otro lado leemos cómo, en la Segunda Lectura, Santiago exhorta a los fieles de esas primeras comunidades cristianas, y a nosotros, a la fortaleza evangélica en la espera paciente (hypomone[2]) y activa de la venida del Señor, imitando la esperanza del que siembra y el aguante de los profetas.

«¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»

En la última parte de la respuesta a los discípulos de Juan, Jesús agrega a los enviados de Juan esta frase enig¬mática que es una bienaventuranza; pero en su contexto suena a reproche. ¿Para quién ha sido Jesús escándalo? Es decir, un obstácu¬lo en su camino: ¿para Juan, para los enviados de Juan, para la gente que lo escuchaba entonces, o para nosotros que estamos ahora escu¬chando su palabra? Jesús está seguro de que él no es escándalo para Juan, quien se encontraba en la cárcel y habría de sufrir el martirio por su defensa de la pureza de la unión conyugal. En efecto, había sido encarcelado porque decía a Herodes: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» y sufrió el martirio a instigación de la adúltera (ver Mt 14,3-12). ¿No habría de enseñar también Jesús: «El que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio» y «no separe el hombre lo que Dios ha unido» (ver Mt 19,6.9)? Ambos poseían el mismo Espíritu, tanto que cuando Jesús pregunta qué dice la gente acerca de él, la primera respuesta es: «Dicen que eres Juan el Bautista» (Mt 16,14).

Por eso tal vez las palabras más elogiosas de Jesús en todo el Evangelio están dichas acerca de Juan. «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Pero Jesús agrega: «Sin embargo el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él». Este es un modo metafórico para expresar la diferencia entre dos tiempos: el tiempo en que el Reino de los cielos era futuro, aunque estuviera cerca, y el tiempo en que el Reino de los cielos está presente entre nosotros. Este último tiempo es infinita¬mente superior, pues contie¬ne en su seno la eterni¬dad. Juan pertenece al tiempo anterior. A él llegó solamente noticia de lo que Jesús enseñó e hizo; en cambio, a los de este tiempo se dice: «Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Pues os aseguro que muchos profe¬tas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vie¬ron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). La desgracia mayor es pertenecer a este tiempo y así y todo no ser capaces de ver ni de oír, ni de reconocer al Mesías, el Cristo.

Una palabra del Santo Padre:

«Tened paciencia (...) hasta la veni¬da del Señor». Al mensaje de alegría, típico de este Domingo «Gaude¬te», la liturgia une la invitación a la pa¬ciencia y a la espera vigilante, con vistas a la venida del Salvador, ya próxima. Desde esta perspectiva, es preciso sa¬ber aceptar y afrontar con alegría las di¬ficultades y las adversidades, esperando con paciencia al Salvador que viene. Es elocuente el ejemplo del labrador que nos propone la carta del apóstol Santia¬go: «aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia tem¬prana y tardía». «Tened paciencia tam¬bién vosotros —añade—, manteneos fir¬mes, porque la venida del Señor está cerca». Abramos nuestro espíritu a esa invita¬ción, avancemos con alegría hacia el misterio de la Navidad. María, que espe¬ró en silencio y orando el nacimiento del Redentor, nos ayude a hacer que nuestro corazón sea una morada para acogerlo dignamente. Amén».

Juan Pablo II. Homilía del 13 de diciembre de 1998.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Dichoso el que no halle escándalo en mí». ¿Para mí seguir lo que Jesús me pide es motivo de escándalo? ¿Pienso que es demasiado lo que pide?

2. La carta de Santiago es una exhortación a vivir la paciencia. ¿Soy paciente en las adversidades?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 274.1717. 1817-1821. 2657.


___________
[1] El Bautista se encontraba preso, según el historiador Flavio Josefo, en la fortaleza de Masqueronte en la ribera oriental del Mar Muerto, donde moriría decapitado (29 D.C.) por orden del tetrarca Herodes Antipas.
[2] «Hypomone se traduce normalmente por «paciencia», perseverancia, constancia. El creyente necesita saber esperar soportando pacientemente las pruebas para poder “alcanzar la promesa” (ver Hb 10,36). En la religiosidad del antiguo judaísmo, esta palabra se usó expresamente para designar la espera de Dios característica de Israel: su perseverar en la fidelidad a Dios basándose en la certeza de la Alianza, en medio de un mundo que contradice a Dios. Así, la palabra indica una esperanza vivida, una existencia basada en la certeza de la esperanza» (Benedicto XVI. Spe Salvi, 9).

viernes, 3 de diciembre de 2010

«El os bautizará en Espíritu Santo y fuego»


Domingo de la Semana 2ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A

Lectura del profeta Isaías 11, 1-10

«Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos.

Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar. Aquel día la raíz de Jesé que estará enhiesta para estandarte de pueblos, las gentes la buscarán, y su morada será gloriosa. »

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 15,4-9

«En efecto todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Y el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Por tanto, acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios. Pues afirmo que Cristo se puso al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de Dios, para dar cumplimiento a las promesas hechas a los patriarcas, y para que los gentiles glorificasen a Dios por su misericordia, como dice la Escritura: - Por eso te bendeciré entre los gentiles y ensalzaré tu nombre. -»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 3, 1- 12

«Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: "Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos". Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.

Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: "Tenemos por padre a Abraham"; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga".»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

« ¡Ha llegado el Reino de los Cielos!». Esta afirmación del Evangelio de San Mateo nos ofrece un elemento unificador a las lecturas de este Domingo segundo de Adviento. El Reino era la más alta aspiración y esperanza del Antiguo Testamento: el Mesías (el Ungido) debía reinar como único soberano y todo quedaría sometido a sus pies. El hermoso pasaje de Isaías (Primera Lectura) ilustra con acierto las características de este nuevo reino mesiánico: «brotará un renuevo del tronco de Jesé...sobre él se posará el espíritu... habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito. Habrá justicia y fidelidad».

Ante la inminencia de la llegada del Reino de los cielos se hace necesaria la conversión. Juan Bautista predica en el desierto un bautismo de conversión. Se trata de un cambio profundo en la mente y en las obras, un cambio total y radical que toca las fibras más profundas de la persona. Precisamente porque Dios se ha dirigido a nosotros con amor benevolente en Cristo; el hombre debe dirigirse a Dios, debe convertirse a Él en el amor de donación a sus hermanos: acogeos mutuamente como Cristo os acogió para Gloria de Dios (Segunda Lectura).

«Voz que clama en el desierto...»

No podía faltar durante el tiempo de Adviento la figura de Juan el Bautista. Todos los Evangelios y los resúmenes de la vida de Jesús que aparecen en los Hechos de los Apóstoles comienzan con una referencia a Juan Bautista. Y es que así había sido anunciado por los profetas. El mismo Jesús cuando habla de Juan Bautista lo define así: «El es aquel de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino» (Mt 11,10). Esta es una antigua profecía del profeta Malaquías (ver Ml 3,1) que Jesús aplica y reconoce cumpli¬da en la misión de Juan Bautista. No es, por lo tanto, casual que el Evangelio de hoy se abra con estas palabras: «Por aquellos días aparece Juan el Bautista».

Y después que termina la presentación de Juan, en el versículo 13, que es el que sigue inmediatamente, dice: «Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea...»". Primero aparece Juan y después aparece Jesús; y la identidad de Juan es así descrita: «Este es aquel de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: prepa¬rad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (ver Is 40,3). Si Juan es tan unáni¬memente llamado «el precursor», si se le reconoce esta misión; es porque la realizó de manera eficiente y fiel. La prepara¬ción adecuada para la venida del Señor es, por tanto, la conversión : cambiar de vida. Se trata de examinar nuestra vida y quitar de ella todo lo que sea obstáculo al Señor. Y este es el sentido del Adviento.

Juan entendía la llegada de Jesús como la de un rey de la estirpe de David, que estaría lleno del Espíritu del Señor y su reino sería libre de injus¬ticias. Por eso se puede hablar de «Reino de los cielos». En esta visión Juan se inspira en las profecías que leemos del profeta Isaías: «Saldrá un vástago del tronco de Jesé (Jesé era el padre del rey David), y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíri¬tu del Señor... Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá el hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos» (Is 11,1.4-5). Así se entiende la imagen que transmite del que viene: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego ».

¿Quién era Juan el Bautista?

Juan el Bautista debió ser uno de esos personajes tan conocidos en su época que no necesitaban presentación ni genealogía. En el Evangelio de San Mateo se introduce sin previo aviso y en seguida nos detalla la indumentaria de Juan: «Tenía su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos»; y nos informa sobre su menú: «Su comida eran langostas y miel silvestre». Ni siquiera de Jesús mismo conocemos estos detalles; nadie podría decir cómo era la vestimenta de Jesús ni qué comía. Juan es presentado como el hombre que se va al desierto a conducir vida solitaria y ascética porque espera una palabra de Dios que le indique su mi¬sión.

En efecto, Dios no habla en el bullicio ni en medio de los deleites del mundo. Allí no se escucha su voz. La vida de Juan Bautista repre¬senta perfectamente la afirmación lapi-daria de ese otro contemplativo que fue San Juan de la Cruz: «Una sola Palabra pronunció Dios en el silencio y ésta en el silen¬cio debe ser escuchada». En nuestro tiem¬po, caracterizado por el bullicio y la agitación, esa única Palabra no se escucha; nuestra atención está ocupada en otras muchas «pala¬bras».

En su calidad de profeta, Juan reci¬bió la certeza de que estaba llegando la plenitud de los tiempos y el Mesías estaba cercano a manifestar¬se. Duran¬te su vida, con es¬fuerzo y perseverancia, atrajo discí¬pulos, los formó pacien¬temente y creó un movi¬miento de santidad para dispo¬nerse a acoger al Mesías espe¬rado. Su acción debió ser serena y pondera¬da, aunque severa en la crítica del vicio, de la injusticia, del engaño y del egoís-mo. Para poder responder a su misión y realizarla bien, su vida tuvo que estar animada por la meditación profunda de la Palabra de Dios y por la peni¬tencia. Un poco como los anti¬guos padres del desierto cuya santidad, tenor de vida y sabiduría hacía que fueran recono¬cidos como hom¬bres de Dios y atraían pode¬rosa¬mente a los hombres. Es lo que el Evangelio dice de Juan: «Acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán y eran bautizados por él en el río Jordán, confe¬sando sus pecados».

Es cierto que Jesús no escatima alabanzas cuando al¬guien, a causa de su fidelidad, despierta su admiración. Pero con Juan parece excederse; de él hace este magnífico comentario: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautis-ta». Y si esto no bastara para deshacer la imagen absurda de Juan Bautista que difunden ciertas representaciones, podemos recordar que él mereció, en su aspecto exterior y en su proceder, ser confundido con Jesús mismo. En efecto, después que Jesús se hizo notar por sus mila¬gros, por su predicación y por su doctri¬na, cuando pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», la primera respuesta que recibe es esta: «Unos dicen que eres Juan el Bautista» (Mc 8,27-28). Juan mismo establece una clara diferencia entre él y aquel que viene. La diferencia es que Jesús posee el Espíritu Santo en plenitud, y Él lo comunica a los hombres en el bautismo para hacerlos «hijos de Dios». El hecho de que alguien viva en la certe¬za de ser hijo de Dios es un don del Espíritu Santo pre¬sente en él, tal como lo afirma San Pablo: «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama '¡Abba, Pa¬dre!'» (Ga 4,6). Y el que sabe que tiene este Padre y se comporta como hijo suyo ya no tiene nada que temer, ningún mal lo puede afligir, ha reci¬bido la salvación anhelada.

La verdadera conversión exige la caridad

Pablo en su carta a los Romanos acentúa el amor entre los fieles que siguen a Jesús para que puedan alabar unánimes y a una sola voz al Padre común. En la comunidad de Roma había dos clases de cristianos; unos provenientes del judaísmo y otros del paganismo. Eso creaba una enorme riqueza religiosa-cultural, pero al mismo tiempo recelos y desunión. Pablo apela a una motivación de fondo para el amor y la reconciliación: el ejemplo de Cristo que acoge a todos por igual y no se encasilla en ningún molde ni prejuicios. Este es el modo de apresurar la venida del Reino de Dios: la entrega sincera de sí mismo a los demás. Así prepararemos el camino del Señor haciendo posible la utopía mesiánica que entrevió Isaías: «Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar».

+ Una palabra del Santo Padre:

«En la liturgia del Domingo de hoy, que es el segundo del período de Adviento, se repite muy frecuentemente la misma palabra invitando, por así decirlo, a concentrar sobre ella nuestra atención. Es la palabra: «preparad»...Cuando la Iglesia en esta liturgia del Adviento nos repite hoy la llamada de Juan Bautista pronunciada en el Jordán, quiere que todo este «prepararse» de día en día, de etapa en etapa, que constituye la trama de toda la vida, lo llenemos con el recuerdo de Dios. Porque, en fin de cuentas, nos preparamos para el encuentro con Él.

Y toda nuestra vida sobre la tierra tiene su definitivo sentido y valor cuando nos preparamos siempre para ese encuentro constante y coherentemente: «Cierto de que el que comenzó en vosotros la buena obra – escribe San Pablo a los filipenses – la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Flp. 1, 6)».

Juan Pablo II. Homilía del segundo Domingo de Adviento, 9 de diciembre de 1979.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nos dice el Papa Juan Pablo II: «La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano». ¿Mis obras testimonian mi conversión?

2. Vale la pena preguntarnos si es que estamos preparándonos adecuadamente en este Adviento. San Pablo nos ha dicho: «acogeos mutuamente como os acogió Cristo». ¿Cómo estoy viviendo la caridad en este tiempo? ¿De qué manera concreta vivo la solidaridad con mis hermanos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 522-524. 717-720.

sábado, 7 de agosto de 2010

EL PODER DE LA FE

Si ustedes tienen fe, nada será imposible

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 14-20
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, cuando llegaban a donde estaba la gente, se acercó un hombre, que se arrodilló ante Jesús, diciendo:
"¡Señor, ten compasión de mi hijo que tiene ataques y está muy mal! Muchas veces se cae al fuego y otras al agua; lo he traído a tus discípulos, pero no han podido sanarlo".
Jesús respondió:
"¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí".
Jesús ordenó salir al demonio y éste salió del muchacho, que sanó en el acto. Después los discípulos se acercaron en privado a Jesús y le preguntaron:
"¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?"
El les dijo:
"Porque tiene poca fe; les aseguro que si tuvieran una fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: "Trasládate allá" y se trasladaría; nada les sería imposible".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
18ª semana. Sábado

EL PODER DE LA FE

— La fe capaz de trasladar montañas. Cada día tienen lugar en la Iglesia los milagros más grandes.
— Más gracias cuanto mayores son los obstáculos.
— Fe con obras.


I. Entre una inmensa muchedumbre que espera a Jesús, se adelantó un hombre y, puesto de rodillas, le suplicó: Señor, ten compasión de mi hijo...1. Es una oración humilde la de este padre, como reflejan su actitud y sus palabras. No apela al poder de Jesucristo sino a su compasión; no hace valer méritos propios, ni ofrece nada: se acoge a la misericordia de Jesús.

Acudir al Corazón misericordioso de Cristo es ser oídos siempre: el hijo quedará curado, cosa que no habían logrado anteriormente los Apóstoles. Más tarde, a solas, los discípulos preguntaron al Señor por qué ellos no habían logrado curar al muchacho endemoniado. Y Él les respondió: Por vuestra poca fe. Porque os digo que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: trasládate de aquí allá, y se trasladaría y nada os sería imposible.

Cuando la fe es profunda participamos de la Omnipotencia de Dios, hasta el punto de que Jesús llegará a decir en otro momento: el que cree en Mí, también hará las obras que Yo hago, y las hará mayores que estas, porque Yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pidiereis algo en mi nombre, Yo lo haré2. Y comenta San Agustín: “No será mayor que yo el que en mí cree; sino que yo haré entonces cosas mayores que las que ahora hago; realizaré más por medio del que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo”3.

El Señor dice a los Apóstoles en este pasaje del Evangelio de la Misa que podrían “trasladar montañas” de un lugar a otro, empleando una expresión proverbial; entre tanto, la palabra del Señor se cumple todos los días en la Iglesia de un modo superior. Algunos Padres de la Iglesia señalan que se lleva a cabo el hecho de “trasladar una montaña” siempre que alguien, con la ayuda de la gracia, llega donde las fuerzas humanas no alcanzan. Así sucede en la obra de nuestra santificación personal, que el Espíritu Santo va realizando en el alma, y en el apostolado. Es un hecho más sublime que el de trasladar montañas y que se opera cada día en tantas almas santas, aunque pase inadvertido a la mayoría.

Los Apóstoles y muchos santos a lo largo de los siglos hicieron admirables milagros también en el orden físico; pero los milagros más grandes y más importantes han sido, son y serán los de las almas que, habiendo estado sumidas en la muerte del pecado y de la ignorancia, o en la mediocridad espiritual, renacen y crecen en la nueva vida de los hijos de Dios4. ““Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!” -¡Si tuvierais fe tan grande como un granito de mostaza!...

“—¡Qué promesas encierra esa exclamación del Maestro!”5. Promesas para la vida sobrenatural de nuestra alma, para el apostolado, para todo aquello que nos es necesario...

II. Señor, ¿por qué no hemos podido curar al muchacho? ¿Por qué no hemos podido hacer el bien en tu nombre? San Marcos6, y muchos manuscritos en los que se recoge el texto de San Mateo, añade estas palabras del Señor: Esta especie (de demonios) no puede expulsarse sino por la oración y el ayuno.

Los Apóstoles no pudieron librar a este endemoniado por falta de la fe necesaria; una fe que había de expresarse en oración y mortificación. Y nosotros también nos encontramos con gentes que precisan de estos remedios sobrenaturales para que salgan de la postración del pecado, de la ignorancia religiosa... Ocurre con las almas algo semejante a lo que sucede con los metales, que funden a diversas temperaturas. La dureza interior de los corazones necesita, según los casos, mayores medios sobrenaturales cuanto más empecinados estén en el mal. No dejemos a las almas sin remover por falta de oración y de ayuno.

Una fe tan grande como un grano de mostaza es capaz de trasladar los montes, nos enseña el Señor. Pidamos muchas veces a lo largo del día de hoy, y en este momento de oración, esa fe que luego se traduce en abundancia de medios sobrenaturales y humanos. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe7. “Ante ella caen los montes, los obstáculos más formidables que podamos encontrar en el camino, porque nuestro Dios no pierde batallas. Caminad, pues, in nomine Domini, con alegría y seguridad en el nombre del Señor. ¡Sin pesimismos! Si surgen dificultades, más abundante llega también la gracia de Dios; si aparecen más dificultades, del Cielo baja más gracia de Dios; si hay muchas dificultades, hay mucha gracia de Dios. La ayuda divina es proporcionada a los obstáculos que el mundo y el demonio opongan a la labor apostólica. Por eso, incluso me atrevería a afirmar que conviene que haya dificultades, porque de este modo tendremos más ayuda de Dios: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20)”8.

Las mayores trabas a esos milagros que el Señor también quiere realizar ahora en las almas, con nuestra colaboración, pueden venir sobre todo de nosotros mismos: porque podemos, con visión humana, empequeñecer el horizonte que Dios abre continuamente en amigos, parientes, compañeros de trabajo o de estudio, o conocidos. No demos a nadie por imposible en la labor apostólica; como tantas veces han demostrado los santos, la palabra imposible no existe en el alma que vive de fe verdadera. “Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura.

“—“Ecce non est abbreviata manus Domini” —El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!”9. Sigue obrando hoy las maravillas de siempre.

III. Jesucristo pone esta condición: que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover... en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad. Porque la fe nos convierte en criaturas omnipotentes: y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis (Mt 21, 22)”10.

La fe es para ponerla en práctica en la vida corriente. Habéis de ser no solo oyentes de la palabra, sino hombres que la ponen en práctica: estote factores verbi et non auditores tantum11. Haced, realizad en vuestra vida la palabra de Dios y no os limitéis a escucharla, nos exhorta el Apóstol Santiago. No basta con asentir a la doctrina, sino que es necesario vivir esas verdades, practicarlas, llevarlas a cabo. La fe debe generar una vida de fe, que es manifestación de la amistad con Jesucristo. Hemos de ir a Dios con la vida, con las obras, con las penas y las alegrías... ¡con todo!12.

Las dificultades proceden o se agrandan con frecuencia por la falta de fe: valorar excesivamente las circunstancias del ambiente en que nos movemos o dar demasiada importancia a consideraciones de prudencia humana, que pueden proceder de poca rectitud de intención. “Nada hay, por fácil que sea, que nuestra tibieza no nos lo presente difícil y pesado; como nada hay tampoco tan difícil y penoso que no nos lo haga del todo fácil y llevadero nuestro fervor y determinación”13.

La vida de fe produce un sano “complejo de superioridad”, que nace de una profunda humildad personal; y es que “la fe no es propia de los soberbios sino de los humildes”, recuerda San Agustín14: responde a la convicción honda de saber que la eficacia viene de Dios y no de uno mismo. Esta confianza lleva al cristiano a afrontar los obstáculos que encuentra en su alma y en el apostolado con moral de victoria, aunque en ocasiones los frutos tarden en llegar. Con oración y mortificación, con el trato de amistad, con nuestra alegría habitual, podremos realizar esos milagros grandes en las almas. Seremos capaces de “trasladar montañas”, de quitar las barreras que parecían insuperables, de acercar a nuestros amigos a la Confesión, de poner en el camino hacia el Señor a gentes que iban en dirección contraria. Esa fe capaz de trasladar montes se alimenta en el trato íntimo con Jesús en la oración y en los sacramentos.

Nuestra Madre Santa María nos enseñará a llenarnos de fe, de amor y de audacia ante el quehacer que Dios nos ha señalado en medio del mundo, pues Ella es “el buen instrumento que se identifica por completo con la misión recibida. Una vez conocidos los planes de Dios, Santa María los hace cosa propia; no son algo ajeno para Ella. En el cabal desempeño de tales proyectos compromete por entero su entendimiento, su voluntad y sus energías. En ningún momento se nos muestra la Santísima Virgen como una especie de marioneta inerte: ni cuando emprende, vivaz, el viaje a las montañas de Judea para visitar a Isabel; ni cuando, ejerciendo de verdad su papel de Madre, busca y encuentra a Jesús Niño en el templo de Jerusalén; ni cuando provoca el primer milagro del Señor; ni cuando aparece –sin necesidad de ser convocada– al pie de la Cruz en que muere su Hijo... Es Ella quien libremente, como al decir Hágase, pone en juego su personalidad entera para el cumplimiento de la tarea recibida: una tarea que de ningún modo le resulta extraña: los de Dios son los intereses personales de Santa María. No es ya solo que ninguna mira privada suya dificultase los planes del Señor: es que, además, aquellas miras propias eran exactamente estos planes”15.

1 Mt 17, 14-20. — 2 Jn 14, 12-14. — 3 San Agustín, Datado sobre el Evangelio de San Juan, 72, 1. — 4 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, in loc. — 5 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 585. — 6 Mc 9, 29. — 7 1 Jn 5, 4. — 8 A. del Portillo, Carta pastoral 31-V-1987, n. 22. — 9 San Josemaría Escrivá, o. c., n. 586. — 10 ídem, Amigos de Dios, 203. — 11 Sant 1, 22. — 12 Cfr. P. Rodríguez, Fe y vida de fe, p. 173. — 13 San Juan Crisóstomo, De compunctione, 1, 5. — 14 San Agustín, cit. en Catena Aurea, vol. VI, p. 297. — 15 J. M. Pero-Sanz, La hora sexta, Rialp, Madrid 1978, p. 292.

jueves, 29 de julio de 2010

JESÚS PRESENTE EN EL SAGRARIO

Los pescadores ponen los pescados buenos en canastos y tiran los malos.

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 47-53
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente;
"También sucede con el Reino de los cielos lo mismo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces; una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en canastos, y tiran los malos.
Así será cuando llegue el final del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y echarán a los malos al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes".
Jesús preguntó a sus discípulos:
"¿Han entendido esto?"
Ellos le contestaron:
"Sí".
Y Jesús les dijo:
"Todo maestro de la ley que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos, es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
17ª Semana. Jueves

JESÚS PRESENTE EN EL SAGRARIO

— Dios vive en medio de nosotros.
— Presencia de Cristo en el Sagrario.
— El culto y la devoción a Jesús Sacramentado. El himno Adoro te devote.

I. A lo largo del Antiguo Testamento había revelado Dios la intención de habitar perennemente entre los hombres. La llamada Tienda de la reunión fue como el primer templo de Dios en el desierto, y allí se posaba una nube que era símbolo de la gloria de Dios y de su presencia: Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó el santuario1. Esta nube era el signo de la presencia divina2.
Más tarde, el Templo de Jerusalén sería el lugar en el que los israelitas encontraban a Dios3; el lugar que añoraban en el destierro, recordando cuando iban a la casa de Dios con cantos de alegría y de alabanza: ¡Qué deseables son tus moradas, // Señor de los ejércitos! // Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne exultan por el Dios vivo4. Estar lejos del suntuario era estar privados de toda felicidad verdadera: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo iré a ver el rostro de Dios?5.
Llegada la plenitud de los tiempos, el Verbo se hizo carne. En el momento de la Encarnación el poder del Altísimo cubre con su sombra a Nuestra Señora6; es la expresión de la omnipotencia de Dios. Y después de descender el Espíritu Santo sobre María, la Virgen queda constituida en el nuevo Tabernáculo de Dios: el Verbo de Dios habitó entre nosotros7. La palabra griega que emplea San Juan correspondiente a habitar “significa etimológicamente “plantar la tienda de campaña” y, de ahí, habitar en un lugar. El lector atento de la Escritura recuerda espontáneamente el tabernáculo de los tiempos de la salida de Egipto, en el que Yahvé mostraba su presencia en medio del pueblo de Israel mediante ciertos signos de su gloria, como la nube posada sobre la tienda. En multitud de pasajes del Antiguo Testamento se anuncia que Dios habitará en medio del pueblo (cfr. p. ej. Jer 7, 3). A las señales de la presencia de Dios primero en la Tienda del santuario peregrinante en el desierto y después en el Templo de Jerusalén, sigue la prodigiosa presencia de Dios entre nosotros: Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, en quien se cumple la antigua promesa más allá de lo que los hombres podían esperar. También la promesa hecha por medio de Isaías acerca del Enmanuel o “Dios con nosotros” (Is 7, 14) se cumple plenamente en este habitar del Hijo de Dios Encarnado entre los hombres”8. Desde entonces podemos decir con total exactitud que Dios vive entre nosotros. Cada día podemos estar junto a Él en una cercanía como jamás hombre alguno pudo soñar. ¡Qué cerca estamos del Señor! ¡Dios está con nosotros!

II. Desde el momento de la Encarnación podemos decir con sentido propio que Dios está con nosotros, con una presencia personal, real, y de una manera que es exclusiva de Jesucristo: Jesucristo, verdadero Hombre y verdadero Dios, tiene con nosotros una cercanía y proximidad mayor que cualquier otra que se pueda pensar. Jesús es Dios-con-nosotros. Antes, los israelitas decían que Dios estaba con ellos; ahora, lo podemos decir de modo exacto, como cuando afirmamos que algo que apreciamos con los sentidos está más cerca o más lejos de donde nos encontramos. En Palestina, Cristo caminaba, se acercaba a una ciudad, salía para predicar en otros lugares... Cuando acabó estas parábolas, partió de allí9, leemos en el Evangelio de la Misa. Y Dios abandonó aquel lugar para encontrarse con otras gentes. El sacerdote, cuando consagra en la Santa Misa, nos trae a Cristo, Dios y Hombre, al altar donde antes no estaba con su Santísima Humanidad. Es una presencia especial, que solo se da en la Eucaristía y que se continúa, mientras duren las especies, en el Sagrario, el Tabernáculo de la Nueva Alianza; esta presencia afecta de modo directo al Cuerpo de Cristo e indirectamente a las Tres Personas Divinas de la Trinidad Beatísima: al Verbo, por la unión con la Humanidad de Cristo, y al Padre y al Espíritu Santo, por la mutua inmanencia de las Personas divinas10. En el Sagrario está Cristo realmente presente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Es literalmente adecuado decir: “Dios está aquí”, cerca de mí: creo, Señor, firmemente que estás ahí, que me ves, que me oyes...
El Magisterio de la Iglesia, saliendo al paso de diversos errores, ha recordado y precisado el alcance de esta presencia eucarística: es una presencia real, es decir, ni simbólica ni meramente significada o insinuada por una imagen; verdadera, no ficticia, ni meramente mental o puesta por la fe o la buena voluntad de quien contempla las sagradas especies; y sustancial, porque, por el poder de Dios que tienen las palabras del sacerdote en el momento de la Consagración, se convierte toda la sustancia del pan en el Cuerpo del Señor y toda la sustancia del vino en su Sangre. Así, el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús están sustancialmente presentes, y “en la realidad misma, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la Consagración”11; “realizada la transubstanciación, las especies de pan y de vino (...) contienen una nueva “realidad”, que con razón llamamos ontológica, porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa (...), y esto no únicamente por el juicio de fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva”12.
Jesús está presente en nuestros Sagrarios con independencia de que muchos o pocos se beneficien de su presencia inefable. Él está allí, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. Dios hecho Hombre; no cabe mayor proximidad. La Iglesia posee en su seno al Autor de toda gracia, a la causa perenne de nuestra santificación. De alguna manera podemos decir que la presencia eucarística de Cristo es la prolongación sacramental de la Encarnación.
Desde el Sagrario Jesús nos invita a que allí confluyan nuestros afectos, nuestras peticiones. En la visita al Santísimo y en los actos de culto a la Sagrada Eucaristía agradecemos este don, del que a veces no somos del todo conscientes. Allí vamos a buscar fuerzas, a decirle a Jesús lo mucho que le echamos de menos, lo mucho que le necesitamos, pues “la Eucaristía es conservada en los templos y oratorios como el centro espiritual de la comunidad religiosa o parroquial; más aún, de la Iglesia universal y de toda la humanidad, puesto que bajo el velo de las sagradas especies contiene a Cristo cabeza invisible de la Iglesia, Redentor del mundo, centro de todos los corazones, por quien son todas las cosas y nosotros con Él (1 Cor 8, 6)”13.

III. Ha sido constante la práctica de la Iglesia de adorar a Cristo presente en el Tabernáculo. Si los israelitas tenían tanta reverencia por aquella Tienda del encuentro en el desierto, y más tarde por el Templo de Jerusalén, que eran figuras anticipadoras o imágenes de la realidad, ¿cómo no vamos nosotros a honrar a Cristo, que se ha quedado con nosotros para siempre en el Sagrario? En los primeros siglos de la Iglesia, la razón principal para guardar las Sagradas Especies era prestar asistencia a aquellos que se veían impedidos para asistir a la Santa Misa, especialmente los enfermos y moribundos, y los encarcelados a causa de la fe. El Sacramento del Señor era llevado con unción y fervor para que también ellos pudieran comulgar. Más tarde, la fe viva en la presencia de Cristo llevó no solamente a visitar con frecuencia el lugar donde se reservaba, sino que originó el culto al Santísimo Sacramento. La autoridad de la Iglesia lo ha ratificado y enriquecido constantemente: “los cristianos –declaraba el Concilio de Trento– tributan a este Santísimo Sacramento, al adorarlo, el culto de latría que se debe al Dios verdadero, según la costumbre siempre aceptada de la Iglesia católica”14.
En el siglo xiii, Santo Tomás compuso un himno eucarístico que, de una manera fiel y piadosa, contiene la fe de la Iglesia. Nosotros podemos hacerlo nuestro en muchas ocasiones para alimentar nuestra piedad y honrar a Jesús Sacramentado: Adoro te devote latens deitas... Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte; acato con humildad y agradecimiento –deslumbrado ante el poder de Dios, pasmado por su misericordia– todo lo que nos enseña la fe. Dios mismo se entrega, inerme, en nuestras manos: ¡qué gran lección para mi soberbia! Y, con la confianza que se acrecienta al tenerle ahí, tan cerca, pedimos al Señor su gracia para someter nuestro yo a su Voluntad...
Junto al Sagrario aprendemos a amar; allí encontramos las fuerzas necesarias para ser fieles, el consuelo en momentos de dolor. Él nos espera siempre y se alegra cuando estamos –aunque sea un tiempo corto– junto a Él. En el Sagrario Jesús espera a los hombres maltratados tantas veces por las asperezas de la vida, y los conforta con el calor de su comprensión y de su amor. Junto al Sagrario cobran diariamente su más plena actualidad aquellas palabras del Señor: Venid a Mí, todos los que andáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré15. No dejemos de visitarlo. Él nos espera, y son muchos los bienes que nos tiene reservados.

1 Primera lectura. Año I. Ex 40, 34. — 2 Cfr. Num 12, 5; I Rey 8, 10-11. — 3 Cfr. Is 1, 12, Ex 23, 15-17. — 4 Salmo responsorial. Año I. Sal 83, 2-3. — 5 Sal 42, 3. — 6 Cfr. Lc 1, 35. — 7 Jn 1, 14. — 8 Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, p. 1146. — 9 Mt 13, 53. — 10 Cfr. Conc. de Trento, Decr. De Sanctissima Eucharistia, cap 11. — 11 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 25. — 12 ídem, Enc Mysterium fidei, 3-IX-1965. — 13 Ibídem, 69. — 14 Conc. de Trento, Sesión XIII, cap. 5; Dz 1643. — 15 Mt 11, 28.