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Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas
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martes, 19 de abril de 2011

Pastor que con tus silbos amorosos ...

La palabra se torna armonía y poesía para expresar hondamente nuestra fragilidad y la misericordia amorosa del Padre en estos himnos de Cuaresma y Pascua.

jueves, 10 de junio de 2010

Mártires de la unidad

Mártires de la unidad

Benedicto XVI, Cardenales, Dios Padre, Fe, Iglesia, Jesucristo, Movimientos, Roma, Sacerdocio, Terrorismo, Unidad, amor, dolor, perdón, África Sin Comentarios

En el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano ayer tuvo lugar una Jornada inscrita en los actos de clausura del Año Sacerdotal, organizada por varios movimientos eclesiales (Focolares, Shöenstatt, Carismáticos, y otros) que, bajo el título de “Sacerdotes hoy”, ofreció unos testimonios de sacerdotes de todo el mundo, que mostraban como la grandeza del sacerdote en la Iglesia no se mide por la heroicidad humana, sino por la humilde experiencia de una fe y de una entrega a Dios capaz de superar todo tipo de prueba, de dolor, de persecución, de frustración. Entre estos testimonios tres sacerdotes ruandeses contaron la experiencia de los llamados “mártires de la unidad”. En el contexto de la guerra civil en Ruanda, entre hutus y tutsis, en el seminario menor de Buta había alumnos de las dos etnias. Lo contaron así:

• “Oíamos las cosas que sucedían por todas partes pero esto no nos desanimaba. Ayudados por nuestros educadores y por el Espíritu de Dios, tratábamos de vivir en unidad y en fraternidad. Leíamos el Evangelio y lo poníamos en práctica. El 29 de abril de 1997 los rebeldes avanzaron hacia nuestra casa. ¿Cómo comportarnos en caso de ataque? Juntos, nos dijimos: Permaneceremos unidos. A la mañana siguiente irrumpieron en nuestro dormitorio. Empezaron a disparar sin control, gritando: ¡Los hutus a un lado y los tutsi al otro! Rechazamos dividirnos. Permanecimos juntos”.

• “A mi me hirieron en seguida con un disparo en la pierna derecha. Acabé debajo de una cama. De repente una gran explosión: habían lanzado una granada en medio de nosotros. De golpe murieron más de 30 chicos. Continuaron disparando incluso entre los muertos y yo fui herido por otras balas. En medio de este infierno, mis compañeros morían, diciendo: Dios, Padre nuestro, perdónales porque no saben lo que hacen. 7 años después he vuelto a ver a estos rebeldes en la parroquia. El Señor me ha dado la gracia de perdonar a quienes nos habían disparado”.

• “Nunca olvidaré lo que me dijo uno de los 40 chicos asesinados dos minutos antes de morir: ¡Debemos permanecer unidos! Hoy todavía esta frase, para mí, es como un testamento”.

Sólo un hecho como éste es suficiente para dar gracias a Dios no sólo por el sacerdocio, sino como decía el Cardenal Bertone ayer al escucharlo, por “los sacerdotes”, por ese presbiterio católico, universal, que responde a la oración sacerdotal de Jesús: “Que todos sean uno, para que el mundo crea”.

Fuente:
http://blogs.cope.es/Diosesprovidente/

jueves, 27 de mayo de 2010

JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Hagan esto en memoria mía

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 22, 14-20
Gloria a ti, Señor.
Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con sus discípulos.
Y les dijo:
"¡Cómo he deseado celebrar esta pascua con ustedes antes de morir! Porque les digo que no la volveré a celebrar hasta que tenga su cumplimiento en el reino de Dios".
Tomó entonces un cáliz, dio gracias y dijo:
"Tomen esto y repártanlo entre ustedes; pues les digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios".
Después tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:
"Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía".
Y después de la cena, hizo lo mismo con el cáliz diciendo:
"Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes".
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
Jueves después de Pentecostés

JESUCRISTO
SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Memoria

— Jesús supremo Sacerdote para siempre.
— Alma sacerdotal de todos los cristianos. La dignidad del sacerdocio.
— El sacerdote, instrumento de unidad.


I. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec1.

La Epístola a los Hebreos define con exactitud al sacerdote cuando dice que es un hombre escogido entre los hombres, y está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados2. Por eso, el sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, está íntimamente ligado al Sacrificio que ofrece, pues este es el principal acto de culto en el que se expresa la adoración que la criatura tributa a su Creador.

En el Antiguo Testamento, los sacrificios eran ofrendas que se hacían a Dios en reconocimiento de su soberanía y en agradecimiento por los dones recibidos, mediante la destrucción total o parcial de la víctima sobre un altar. Eran símbolo e imagen del auténtico sacrificio que Jesucristo, llegada la plenitud de los tiempos, habría de ofrecer en el Calvario. Allí, constituido Sumo Sacerdote para siempre, Jesús se ofreció a Sí mismo como Víctima gratísima a Dios, de valor infinito: quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar3. En el Calvario, Jesús, Sumo Sacerdote, hizo la ofrenda de alabanza y acción de gracias más grata a Dios que puede concebirse. Fue tan perfecto este Sacrificio de Cristo que no puede pensarse otro mayor4. A la vez, fue una ofrenda de carácter expiatorio y propiciatorio por nuestros pecados. Una gota de la Sangre derramada por Cristo hubiera bastado para redimir todos los pecados de la humanidad de todos los tiempos. En la Cruz, la petición de Cristo por sus hermanos los hombres fue escuchada con sumo agrado por el Padre, y ahora continúa en el Cielo siempre vivo para interceder por nosotros5. “Jesucristo en verdad es sacerdote, pero sacerdote para nosotros, no para sí, al ofre”6. Este es hoy nuestro propósito.

II. De la misión redentora de Cristo Sacerdote participa toda la Iglesia, “y su cumplimiento se encomienda a todos los miembros del Pueblo de Dios que, por los sacramentos de iniciación, se hacen partícipes del sacerdocio de Cristo para ofrecer a Dios un sacrificio espiritual y dar testimonio de Jesucristo ante los hombres”7. Todos los fieles laicos participan de este sacerdocio de Cristo, aunque de un modo esencialmente diferente, y no solo de grado, que los presbíteros. Con alma verdaderamente sacerdotal, santifican el mundo a través de sus tareas seculares, realizadas con perfección humana, y buscan en todo la gloria de Dios: la madre de familia sacando adelante sus tareas del hogar, el militar dando ejemplo de amor a la patria a través principalmente de las virtudes castrenses, el empresario haciendo progresar la empresa y viviendo la justicia social... Todos, reparando por los pecados que cada día se cometen en el mundo, ofreciendo en la Santa Misa sus vidas y sus trabajos diarios.


Los sacerdotes –Obispos y presbíteros– han sido llamados expresamente por Dios, “no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena, ni podrían servir si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos”8. El sacerdote ha sido entresacado de entre los hombres para ser investido de una dignidad que causa asombro a los mismos ángeles, y nuevamente devuelto a los hombres para servirles especialmente en lo que mira a Dios, con una misión peculiar y única de salvación. El sacerdote hace en muchas circunstancias las veces de Cristo en la tierra: tiene los poderes de Cristo para perdonar los pecados, enseña el camino del Cielo..., y sobre todo presta su voz y sus manos a Cristo en el momento sublime de la Santa Misa: en el Sacrificio del Altar consagra in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. No hay dignidad comparable a la del sacerdote. “Solo la divina maternidad de María supera este divino ministerio”9.


El sacerdocio es un don inmenso que Jesucristo ha dado a su Iglesia. El sacerdote es “instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más que Ella solo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura”10.


Hoy es un día para agradecer a Jesús un don tan grande. ¡Gracias, Señor, por las llamadas al sacerdocio que cada día diriges a los hombres! Y hacemos el propósito de tratarlos con más amor, con más reverencia, viendo en ellos a Cristo que pasa, que nos trae los dones más preciados que un hombre puede desear. Nos trae la vida eterna.


III. San Juan Crisóstomo, bien consciente de la dignidad y de la responsabilidad de los sacerdotes, se resistió al principio a ser ordenado, y se justificaba con estas palabras: “Si el capitán de un gran navío, lleno de remeros y cargado de preciosas mercancías, me hiciera sentar junto al timón y me mandara atravesar el mar Egeo o el Tirreno, yo me resistiría a la primera indicación. Y si alguien me preguntara por qué, respondería inmediatamente: porque no quiero echar a pique el navío”11. Pero, como comprendió bien el Santo, Cristo está siempre muy cerca del sacerdote, cerca de la nave. Además, Él ha querido que los sacerdotes se vean amparados continuamente por el aprecio y la oración de todos los fieles de la Iglesia: “Ámenlos con filial cariño, como a sus pastores y padres –insiste el Concilio Vaticano II–; participando de sus solicitudes, ayuden en lo posible, por la oración y de obra, a sus presbíteros, a fin de que estos puedan superar mejor sus dificultades y cumplir más fructuosamente sus deberes”12: para que sean siempre ejemplares y basen su eficacia en la oración, para que celebren la Santa Misa con mucho amor y cuiden de las cosas santas de Dios con el esmero y respeto que merecen, para que visiten a los enfermos y cuiden con empeño de la catequesis, para que conserven siempre esa alegría que nace de la entrega y que tanto ayuda incluso a los más alejados del Señor...


Hoy es un día en el que podemos pedir más especialmente para que los sacerdotes estén siempre abiertos a todos y desprendidos de sí mismos, “pues el sacerdote no se pertenece a sí mismo, como no pertenece a sus parientes y amigos, ni siquiera a una determinada patria: la caridad universal es lo que ha de respirar. Los mismos pensamientos, voluntad, sentimientos, no son suyos, sino de Cristo, su vida”13.


El sacerdote es instrumento de unidad. El deseo del Señor es ut omnes unum sint14, que todos sean uno. Él mismo señaló que todo reino dividido contra sí será desolado y que no hay ciudad ni hogar que subsista si se pierde la unidad. Los sacerdotes deben ser solícitos en conservar la unidad15, y esta exhortación de San Pablo “se refiere, sobre todo, a los que han sido investidos del Orden sagrado para continuar la misión de Cristo”16. Es el sacerdote el que principalmente debe velar por la concordia entre los hermanos, el que vigila para que la unidad en la fe sea más fuerte que los antagonismos provocados por diferencias de ideas en cosas accidentales y terrenas17. Al sacerdote corresponde, con su ejemplo y su palabra, mantener entre sus hermanos la conciencia de que ninguna cosa humana es tan importante como para destruir la maravillosa realidad del cor unum et anima una18 que vivieron los primeros cristianos y que hemos de vivir nosotros. Esta misión de unidad la podrá lograr con más facilidad si está abierto a todos, si es apreciado por sus hermanos. “Pide para los sacerdotes, los de ahora y los que vendrán, que amen de verdad, cada día más y sin discriminaciones, a sus hermanos los hombres, y que sepan hacerse querer de ellos”19.


El Papa Juan Pablo II, dirigiéndose a todos los sacerdotes del mundo, les exhortaba con estas palabras: “Al celebrar la Eucaristía en tantos altares del mundo, agradecemos al eterno Sacerdote el don que nos ha dado en el sacramento del Sacerdocio. Y que en esta acción de gracias se puedan escuchar las palabras puestas por el evangelista en boca de María con ocasión de la visita a su prima Isabel: Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre (Lc 1, 49). Demos también gracias a María por el inefable don del Sacerdocio por el cual podemos servir en la Iglesia a cada hombre. ¡Que el agradecimiento despierte también nuestro celo (...)!


“Demos gracias incesantemente por esto; con toda nuestra vida; con todo aquello de que somos capaces. Juntos demos gracias a María, Madre de los sacerdotes. ¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré e invocaré el nombre del Señor (Sal 115, 12-13)”20.

1 Antífona de entrada. Sal 109, 4. — 2 Heb 5, 1. — 3 Misal Romano, Prefacio pascual V. — 4 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 48, a. 3. — 5 Heb 7, 25. — 6 Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-II-1947, 22. — 7 A. del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, p. 39. — 8 Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, 3. — 9 R. Garrigou-Lagrange, La unión del sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima, Rialp, 2ª ed., Madrid 1962, p. 173. — 10 San Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, pp. 71-72. — 11 San Juan Crisóstomo, Tratado sobre el sacerdocio, III, 7. — 12 Conc. Vat. II, loc. cit., 9. — 13 Pío XII, Discurso póstumo, cit. por Juan XXIII en Sacerdotii Nostri primordia, 4-VIII-1959. — 14 Jn 17, 21. — 15 Ef 4, 3. — 16 Conc. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 7. — 17 Cfr. F. Suárez, El sacerdote y su ministerio, Rialp, Madrid 1969, pp. 24-25. — 18 Hech 4, 32. — 19 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 964. — 20 Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, 25-III-1988.

lunes, 29 de marzo de 2010

El sacerdote en la celebración del Triduo Pascual

Columna de teología litúrgica dirigida por Mauro Gagliardi

ROMA, viernes 26 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Ante la proximidad de la Semana santa, Nicola Bux, profesor de Liturgia Oriental y Consultor de diversos Dicasterios de la Santa Sede, propone una enjundiosa meditación litúrgica sobre los principales momentos y símbolos de las celebraciones propias del Domingo de Ramos y y del Santo Triduo. Las reflexiones de Bux representan una ayuda válida – ofrecida tanto a los sacerdotes como a los demás fieles, en particular a los cooperadores en la pastoral litúrgica – para acercarnos a los divinos Misterios, que serán celebrados en los próximos días, con espíritu de fe contemplativa y de oración de adoración, y no de mero pragmatismo organizativo. Aprovechamos la ocasión para augurar a nuestros lectores una Santa Pascua, que lleve frutos de alegría interior y de conversión (Mauro Gagliardi).

* * *
Por Nicola Bux

La Carta a los Hebreos es el único texto del Nuevo Testamento que atribuye a nuestro Señor Jesucristo los títulos de “sacerdote”, “sumo sacerdote” y “mediador de la Nueva Alianza”, gracias a la ofrenda del sacrificio de su cuerpo, anticipado en la Cena mística del Jueves Santo, consumado sobre la Cruz y presentado al Padre con la resurrección y la ascensión al cielo (cf. Hb 9,11-15). Este texto es meditado en la Liturgia de las Horas de la quinta semana de Cuaresma – o de Pasión, como en el calendario litúrgico de la forma extraordinaria del Rito Romano – y en la Semana Santa.
Nosotros sacerdotes católicos debemos mirar siempre a Jesucristo y tener los mismos sentimientos suyos, hasta en ensimismamiento con Él; esta ascesis sucede con la conversión permanente. ¿Cómo se realiza la conversión en nosotros sacerdotes? En el rito de la ordenación se nos pide enseñar la fe católica, no nuestras ideas, “celebrar con devoción y fidelidad los misterios de Cristo – es decir, la liturgia y los sacramentos – según la tradición de la Iglesia” y no según nuestro gusto; sobre todo, “estar cada vez más unidos a Cristo sumo sacerdote, que como víctima pura se ofreció al Padre por nosotros”, es decir, conformar nuestra vida al misterio de la cruz.
La Santa Iglesia honra al sacerdote y el sacerdote debe honrar a la Iglesia con la santidad de su vida – se proponía en el día de su ordenación san Alfonso María de Ligorio – con el celo, con el trabajo y con el decoro. Él ofrece a Jesucristo al Eterno Padre, por ello debe estar revestido de las virtudes de Jesucristo para prepararse a encontrarse con el Santo de los Santos. ¡Qué importante es la preparación interior y exterior a la sagrada Liturgia, a la Santa Misa! Se trata de glorificar al sumo y eterno sacerdote Jesucristo.
Ahora bien, todo esto se realiza al máximo grado en la Semana Santa, la Grande y Santa Semana como dicen los Orientales. Veamos algunos actos principales de ella en base al Pontifical de los obispos.
1. El Domingo de Ramos, el sacerdote entra con Jesús en Jerusalén en la alegría. La Iglesia celebra en este domingo el triunfo del Salvador y anticipa el gozo por la victoria del Resucitado. La procesión solemne en honor de Cristo Rey es el rito más característico de la jornada: recuerda el cortejo triunfal que acompañó a Jesús a su entrada en Jerusalén, expresa el encuentro actual de la Iglesia en los santos misterios y representa, anticipadamente, la entrada de los elegidos en la ciudad celestial, según dice el Apóstol: “ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rm 8,17).
La liturgia de Ramos nos orienta, por tanto, hacia la Presencia definitiva del Señor, en griego parousía. No se trata solo de conmemorar la entrada del Señor en la Jerusalén celeste sino que, acercándonos al banquete eucarístico, donde será fraccionado el Pan, de anunciar simbólicamente lo que se realizará realmente en el fin del mundo. Entonces la Cruz del Señor abrirá la entrada de la Jerusalén celeste a esa “muchedumbre inmensa” que san Juan contempló en la visión profética, “de toda nación, razas, pueblos y lenguas..., vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.Y gritan con fuerte voz: La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero" (Ap 7, 9-10).

2. Con la Missa in Cena Domini del Jueves Santo, el sacerdote entra en los principales misterios, la institución de la Santísima Eucaristía y del sacerdocio ministerial, como también del mandamiento del amor fraterno, significado por el lavamiento de los pies, gesto que la liturgia copta realiza ordinariamente cada domingo. Nada mejor que el canto Ubi caritas lo expresa. Tras la comunión, el sacerdote, llevando el paño humeral, sube al altar, hace la genuflexión y, ayudado por el diácono, toma la píxide con las manos cubiertas por el paño humeral. ¡Es el símbolo de la necesidad e manos y corazones puros para acercarse a los Divinos Misterios y tocar al Señor!

3. El Viernes Santo in Passione Domini, el sacerdote está llamado a subir al Calvario. A las tres de la tarde, o poco más tarde, tiene lugar la celebración de la Pasión del Señor, en tres momentos: la Palabra, la Cruz, la Comunión. Se dirige en procesión y en silencio al altar. Tras haber reverenciado el altar, que representa a Cristo en la austera desnudez del Calvario, se postra en tierra: es la proskýnesis, como en el día de la ordenación. Así expresa la convicción de no ser nada ante la Majestad divina, y el arrepentimiento de haberse atrevido a medirse, por medio del pecado, con el Omnipotente. Como el Hijo que se anuló a sí mismo, el sacerdote reconoce su nada, y tiene inicio su mediación sacerdotal entre Dios y el pueblo, que culmina en la oración universal solemne.
Después tiene lugar la ostensión y la adoración de la Santa Cruz: el sacerdote va hacia el altar con los diáconos y allí, estando en pie, la recibe y la descubre en tres momentos sucesivos, o la muestra ya descubierta, e invita cada vez a los fieles a la adoración con las palabras: Mirad el árbol de la Cruz. En su descarnada solemnidad, aquí, en el corazón del año litúrgico, la tradición ha resistido tenazmente más que en otros momentos del año. El sacerdote, tras haber depositado la casulla, si es posible con los pies descalzos, se acerca el primero a la Cruz, se arrodilla ante ella y la besa. La teología católica no teme dar aquí a la palabra adoración su verdadero significado. La verdadera Cruz, bañada con la sangre del Redentor se hace, por así decirlo, una sola cosa con Cristo y recibe la adoración. Por ello, postrándonos ante el sagrado leño, nos dirigimos al Señor: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo”.

4. La Pascua del Reino de Dios se ha realizado en Jesús: ofrecida y consumida la Cena, “en la noche en que fue traicionado”; inmolada sobre el Calvario el Viernes Santo, cuando “la tierra se quedó a oscuras”, una vez más de noche recibe la consagración de la aprobación divina, en la resurrección de Cristo Señor: por Juan sabemos que María de Magdala se acercó al sepulcro “mientras estaba aún oscuro”; por tanto, sucedió en las últimas horas de la noche tras el sábado pascual.
En el Novus Ordo el sacerdote, desde el inicio de la Vigilia, lleva las vestiduras de color blanco como para la Misa. Bendice el fuego y enciende el cirio pascual al nuevo fuego, si procede, tras haber clavado, como en la liturgia antigua, una cruz. Después traza sobre el lado vertical de la cruz la letra griega alfa y debajo, en cambio, la letra omega; entre los brazos de la cruz traza cuatro cifras para indicar el año corriente, diciendo: Cristo ayer y hoy. Después, hecha la incisión de la cruz y los demás signos, puede clavar en el cirio cinco granos de incienso, diciendo: Por medio de sus santas llagas. Después, cantando el Lumen Christi, guía la procesión hacia la iglesia. El sacerdote está a la cabeza del pueblo de los fieles aquí en la tierra, para poderlo guiar al cielo.
Es es sacerdote el que entona solemnemente el Aleluya. Lo canta tres veces elevando gradualmente el tono de la voz: el pueblo, tras cava vez, lo repite en el mismo tono.
En la liturgia bautismal, el sacerdote, estando de pie ante la fuente, bendice el agua cantando la oración: Oh Dio, por medio de los signos sacramentales; mientras invoca: Descienda, Padre, sobre este agua, puede meter en ella el cirio pascual, una o tres veces. El significado es profundo: el sacerdote es el órgano fecundador del seno eclesial, simbolizado por la piscina bautismal. Verdaderamente en la persona de Cristo Cabeza engendra hijos que, como padre, fortifica con el crisma y nutre con la Eucaristía. También en razón de estas funciones maritales hacia la Iglesia esposa, el sacerdote no puede sino ser hombre. Todo el sentido místico de la Pascua se manifiesta en la identidad sacerdotal, llegando a la plenitud, el plếroma, como dice Oriente. Con él la iniciación sacramental llega al culmen y la vida cristiana el centro.
Por tanto, el sacerdote, subido con Jesús sobre la cruz el Viernes y bajado a su sepulcro el Sábado Santo, el Domingo de Pascua puede afirmar realmente con la secuencia: “Sabemos que Cristo verdaderamente ha resucitado de entre los muertos”.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]