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Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas
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domingo, 1 de abril de 2012

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Domingo de Ramos. Ciclo B



Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 11, 1- 10

«Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y Betania, al pie del monte de los Olivos, envía a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y no bien entréis en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: ¿Por qué hacéis eso?, decid: El Señor lo necesita, y que lo devolverá enseguida”. Fueron y encontraron el pollino atado junto a una puerta, fuera, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les dijeron: “¿Qué hacéis desatando el pollino?” Ellos les contestaron según les había dicho Jesús, y les dejaron.

Traen el pollino donde Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó sobre él. Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”».

Lectura del libro del profeta Isaías 50, 4 - 7

«El Señor Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que arrancaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado».

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6- 11

«El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús - toda rodilla se doble - en los cielos, en la tierra y en los abismos, - y toda lengua confiese - que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre».

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 14,1-15, 47

& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

La Iglesia recuerda la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén y da inicio así a la Semana Santa. El Evangelio de este Domingo se puede decir que es doble ya que por un lado, al inicio de la Misa, se lee la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acompañado por la multitud que lo aclama con ramos de olivos en la mano; y por otro lado, durante la liturgia de la Palabra, se proclama la lectura de la Pasión y Muerte según el Evangelio de San Marcos. Del mismo modo que en las lecturas dominicales de la Cuaresma, la perícopa evangélica es la que marca la pauta y el tema del día; el tema del sufrimiento del Reconciliador estará presente en todas las lecturas; a excepción de la antífona de entrada que explota en el jubiloso grito mesiánico del « ¡aleluya!»

La lectura veterotestamentaria, sacada del tercer cántico del Siervo de Yavheh del profeta Isaías; nos habla de la obediencia sufridora del «Siervo de Dios», y desemboca en el Salmo Responsorial, con los versículos sacados del Salmo 21: «¿Dios mío, Dios mío; porqué me has abandonado?».San Pablo en su carta a los Filipenses relata, en uno de los más antiguos himnos cristológicos, el movimiento kenótico[1]- ascensional que marcará toda la vida y misión de Nuestro Señor Jesucristo; y que encontrará su plenitud en su Pasión - Muerte - Resurrección. Jesús se hace obedece obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.

J Domingo de Ramos en la Pasión

El sexto Domingo de Cuaresma o Domingo de Ramos en la Pasión ocupa un lugar muy importante en los cuarenta días previos. Por el título ya sabemos que se refiere a dos aspectos fundamentales que se funden en una sola conmemoración: la entrada de Jesús en Jerusalén y la conmemoración de la Pasión. Sabemos por el relato de la famosa peregrina Eteria[2] que los cristianos de Jerusalén, en los inicios del siglo V, se reunían en el monte de los Olivos en las primeras horas de la tarde, para una larga liturgia de la Palabra; en seguida, al caer ya la noche, se dirigían a la ciudad de Jerusalén, llevando ramos de palmera o de olivo en las manos.

Esta costumbre fue asumida primero en las Iglesias Orientales pasando luego al Occidente (por España y las Galias) pero sin procesión. En esas regiones se entregaba en este Domingo el Símbolo de la Fe (el Credo) y se ungía a los catecúmenos leyéndose el Evangelio de San Juan 12, 1-11 (unción de Jesús en Betania), al cual se le aumentaron los versículos 12-16 (entrada de Jesús en Jerusalén). Por eso el día comenzó a llamarse de Domingo de Ramos pero no como una solemnidad propia. La bendición de los ramos de palmera así como la procesión comienzan a divulgarse alrededor del siglo VII recibiendo, en los siglos posteriores, elementos cada vez más teatrales. En el nuevo Misal existen tres formas de poder conmemorar la entrada de Jesús en Jerusalén de acuerdo a razones pastorales.

JL ¿Qué sucedió para cambiar tan rápido de opinión?

Al participar de esta Solemnidad uno no deja de sorprenderse por el contraste tan evidente entre ambos momentos de la liturgia. Los mismos que acompañaban, que aclamaban, que jubilosos reconocían a Jesús como el Mesías prometido; ésos mismos, pocos días después exigirán a gritos que sea crucificado. ¿Qué ocurrió en esos días para explicar este cambio? Ocurrió que Jesús cayó en desgracia y así perdió todo el favor popular. Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos mandaron gente con espadas y palos a detenerlo, y Jesús se entregó mansamente para ser llevado ante Pilato y ser acusado. Viendo el pueblo que Jesús no reaccionaba con poder, sino que se dejaba escupir y abofetear le volvió la espalda. Sin embargo no podemos olvidar que existe un plano más profundo que es la encarnizada lucha que se va a dar entre las fuerzas del bien y del mal; entre la vida y la muerte.

J «¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!»

Jesús entró en Jerusalén proveniente de Jericó. Atra­vesó Jericó acompañado de una gran muchedumbre. Y entonces un ciego se pone a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mi!» (Mc 10,47). Jesús lo hace llamar y le devuelve la vista. Con esto quedaba demostrado que Él era efectivamen­te el «hijo de David». La gente no podía menos que recor­dar la profecía que Natán[3] dijo a David, el Ungido (Mesías) de Dios: «Afir­maré después de ti la descendencia que saldrá de tus en­trañas y consolidaré el trono de su realeza para siempre... ante mí; tu trono estará firme eternamente» (2Sam 7,12.16). Esta era la fama que había precedido a Jesús en su entrada a Jerusalén. Por eso gritan a su paso:«¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!»

Cuando decían eso, decían literalmente una pro­fecía que se cumplía en Jesús, pero no entendían lo que decían. Jesu­cristo era Rey, el Rey anunciado, pero en el sentido que Dios lo enten­día, no en el sentido que lo entendían los hombres. El Rey de Israel tenía que actuar como hijo de Dios, de manera que fuera Dios el que reinara por medio de él sobre su pueblo. También esto estaba dicho en la profecía de Natán acerca del «hijo de David»: «Yo seré para él padre y él será para mi hijo» (2Sam 7,14). Jesús no cedió nunca a la tentación de un poder terreno; pero este aspecto de la profecía de Natán lo vivió con absoluta fide­lidad. El reino de Dios estaba pre­sente en Él porque Él era Hijo de Dios. Y éstas son las dos cosas que consti­tuyen el núcleo de la predi­cación de Je­sús: el Reino de Dios y la paternidad divina.

J El Rey prometido a Israel

Jesús entró a Jerusalén como Rey, según su verdadera condición. Llama la atención de que, a pesar de ser tan solemne la ocasión (según el Evangelio de Marcos, ésta es la única vez que Jesús viene a Jerusalén), el relato se detenga con tanto detalle en el tema del asno. Cuatro veces se menciona este animal en el breve relato. Si la entrada de Jesús en Jerusalén se relata en 10 versículos, 7 de ellos se emplean en expli­car cómo se obtuvo el asno sobre el cual Jesús se sentó. Más todavía nos sorprende leer que el mismo Jesús a los que envió a traer el asno ordenó decir: «El Señor lo necesita». Es la única vez en el Evangelio en que Jesús expresa una necesi­dad. A Marta, que se agitaba por muchas cosas, Él había enseñado: «Hay necesidad de pocas cosas, o mejor, de una sola» (Lc 10,4­2). ¿Por qué necesita Jesús un asno para entrar en Jerusalén?

Cuando el Evangelista Mateo, leyendo a Marcos, compo­ne su propio Evangelio, se hace la misma pregunta, y en­cuentra la respuesta en una antigua profecía: «Esto suce­dió para que se cumpliese el oráculo del profeta: 'Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asno, en un borrico, hijo de animal de yugo'» (Mt 21,4). En efec­to, así estaba escrito en el libro del profeta Zacarías (9,9). Jesús se procuró un asno y lo consideró necesario para entrar en Jerusalén porque tenía que entrar como el Rey prometido a Israel. El puede prescindir de todo - «no tiene dónde reclinar su cabeza» (Mt 8,20)-; pero nunca de algo que tenga relación con su misión, porque la misión que le encomendó su Padre es esa «única cosa necesaria».

Sabemos que en diversas ocasiones la gente se dirigió a Jesús llamándolo «hijo de David». Pero si nos preguntamos: ¿Quién es el hijo de David que heredó su trono?, la res­puesta correcta es: Salomón. Es interesante repasar la histo­ria del reinado de David y de su sucesión tal como se relata en los libros de los Reyes. Allí veremos que David, ya anciano, dio a sus ministros estas disposiciones para asegurar el trono a su hijo Salomón: «Haced montar a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bajadlo a Guijón. El sacerdote Sadoq y el profeta Natán lo ungirán allí como Rey de Israel, tocaréis el cuerno y grita­réis: ¡Viva el Rey Salomón! Subiréis luego detrás de él, y vendrá a sentarse sobre mi trono y él reina­rá en mi lugar porque lo pongo como jefe de Israel y Judá» (1R 1,33-35). Los presentes interpretaron estas instruc­ciones como mandato de Dios, exclamando: «Amen. Así habla Yahveh, Dios de mi señor el rey» (1R 1,36). Las órdenes de David se cum­plie­ron y la entrada de Salomón fue apoteósica: «Hicieron montar a Salomón sobre la mula del rey David... El sacer­dote Sadoq tomó de la tienda el cuerno de aceite y ungió a Salomón, tocaron el cuerno y todo el pueblo gritó: ¡Viva el Rey Salomón! Subió después todo el pueblo detrás de él; la gente tocaba las flautas y manifestaba tan gran alegría que la tierra se hendía con sus voces» (1Re 1,38-40).

Salomón fue hijo de David, entró a Jerusalén montado en una mula, fue ungido (Mesías) y reinó sobre la casa de Jacob (así se llama a Israel y Judá unidos); pero no se cumple en él la palabra dicha a David acerca de su hijo: «Yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2S 7,13). Esta profe­cía es verdad sólo en Jesucristo, a quien proclamamos Rey del Universo hasta hoy y así lo haremos hasta el fin del mundo.

J ¡Hosanna!

En cada misa que participamos repetimos la aclamación «¡Hosanna!» en la recitación del «Santo». Es probable que la hayamos cantado miles de veces y ahora la escuchamos en la entrada a Jerusalén...pero ¿cuál es su significado? Esta palabra es la trascripción griega de un verbo imperativo en hebreo que sonaría: hoshiá-na. El verbo es «hoshiá» que significa salvar, liberar. El sujeto era generalmente Dios como vemos en los salmos 21,1; 20,9; 28,9. Pero sobre todo en el Salmo 18,25-27 es muy significativo: «¡Ah, Yahveh, da la salvación!¡Ah, Yahveh, da el éxito! ¡Bendito el que viene en el nombre de Yahveh!... ¡Cerrad la procesión, ramos en mano, hasta los cuernos del altar!». Por eso en cada misa pedimos a Dios que nos salve y reconocemos que esa salvación nos ha sido dada por Jesucristo. El mismo nombre de Jesús significa: «Yahvé salva».

Es importante registrar lo que gritaba el pueblo al paso de Jesús: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!...¡Hosanna en las alturas!». Así fue aclamado Jesús a su entrada en Jerusalén. Estos gritos iban a desencadenar los hechos que lo llevaron a su muerte en la cruz. Todos reconocemos en esos gritos de júbilo la misma aclamación que en cada Misa introduce la plegaria eucarís­tica. Si con esa aclamación se dio entrada a Jesús en Jerusalén, donde iba a ofrecerse en sacrifi­cio muriendo en la cruz, es signi­ficativo que se cante esa aclamación en la acción sacramental que va a hacer presen­te sobre el altar ese mismo sacrificio con toda su efica­cia salvífica. Por eso resulta inoportuno que al canto del «Sanctus» se le acomoden otras palabras. En efecto, adoptar otras palabras en ese lugar de la Misa hace perder toda la ambientación de lo que se está conmemorando.

+ Una palabra del Santo Padre:
«La procesión de Ramos es —como sucedió en aquella ocasión a los discípulos— ante todo expresión de alegría, porque podemos conocer a Jesús, porque él nos concede ser sus amigos y porque nos ha dado la clave de la vida. Pero esta alegría del inicio es también expresión de nuestro "sí" a Jesús y de nuestra disponibilidad a ir con Él a dondequiera que nos lleve.
Por eso, la exhortación inicial de la liturgia de hoy interpreta muy bien la procesión también como representación simbólica de lo que llamamos "seguimiento de Cristo": "Pidamos la gracia de seguirlo", hemos dicho. La expresión "seguimiento de Cristo" es una descripción de toda la existencia cristiana en general. ¿En qué consiste? ¿Qué quiere decir en concreto "seguir a Cristo"?
Al inicio, con los primeros discípulos, el sentido era muy sencillo e inmediato: significaba que estas personas habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida, para ir con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo. El contenido fundamental de esta profesión era ir con el maestro, dejarse guiar totalmente por Él. Así, el seguimiento era algo exterior y, al mismo tiempo, muy interior. El aspecto exterior era caminar detrás de Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior era la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus puntos de referencia en los negocios, en el oficio que daba con qué vivir, en la voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente a la voluntad de Otro. Estar a su disposición había llegado a ser ya, una razón de vida.

Eso implicaba renunciar a lo que era propio, desprenderse de sí mismo, como podemos comprobarlo de modo muy claro en algunas escenas de los evangelios. Pero esto también pone claramente de manifiesto qué significa para nosotros el seguimiento y cuál es su verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Me exige que ya no esté encerrado en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Requiere que me entregue libremente a Otro, por la verdad, por amor, por Dios que, en Jesucristo, me precede y me indica el camino.

Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y el éxito como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de la opción entre vivir sólo para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en persona. Siguiéndolo a Él, entro al servicio de la verdad y del amor. Perdiéndome, me encuentro».

Benedicto XVI. Homilía en el Domingo de Ramos, 2007.

J Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Leamos y meditemos el relato entero de la Pasión y Muerte de Jesús según San Marcos.

2. ¿Cómo voy a vivir la Semana Santa? ¿Será solamente un fin de semana largo?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 595 – 630.


[1] Kénosis: abajamiento, humillación.
[2] Eteria (finales del siglo IV o inicios del V), monja española que realizó un viaje a Oriente que plasmó en su obra Itinerario. Se ignora la fecha y el lugar de su nacimiento, aunque es de suponer que era gallega pues se alude a su nacimiento en las playas del extremo Occidente. Ha sido conocida, a lo largo de la historia, con diferentes nombres: Geria, Eteria, Egenia o Aiteria. Incansable, viajó por Asia Menor, Egipto, Mesopotamia y Palestina, reflejando en su obra Itinerario la descripción de sus desplazamientos y numerosas notas sobre la vida de las comunidades cristianas de estas regiones en los inicios del cristianismo. Al final del XIX se redescubrió en Italia el relato de su Itinerarium.
[3] Natán. Profeta amigo del rey David, notable por sus decisivas intervenciones durante el reinado davídico (2 S 7.2-17; 12.1-5). Cuando David comunicó a Natán su deseo de edificar una casa o templo para Dios (2 S 7), el profeta contestó con la revelación de Yavheh: no sería David, sino uno de sus descendientes, quien construiría el Templo.

viernes, 15 de abril de 2011

«¡Hosanna al Hijo de David!»

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Ciclo A «¡Hosanna al Hijo de David!» Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 1-11 «Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: "Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá". Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. "¿Quién es éste?" decían. Y la gente decía: "Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea".» Lectura del Profeta Isaías 50, 4-7 «El Señor Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado.» Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6-11 «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.» Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 26,14-27,66[1] & Pautas para la reflexión personal z El vínculo entre las lecturas La Iglesia celebra hoy la entrada de Jesús en Jerusa­lén donde vino para sufrir su Pasión y Muerte. Jesús entró en la ciudad montado en un asno, mientras la multi­tud lo aclamaba con ramos de olivos en sus manos. A causa de este gesto, que repiten los fieles ahora acompañando al sacer­dote en su entrada al templo, recibe este día el nombre tradicional de «Domingo de Ramos». El Evangelio que relata la entrada de Jesús en Jerusalén se lee hoy para dar comienzo a la proce­sión que va desde un lugar cerca­no al templo hasta el pie del altar donde se celebrará la Euca­ristía. De esta manera la representación de la entrada de Jesús en Jerusa­lén se prolonga con el ofrecimiento del mismo sacri­ficio de Cristo, el sacrifi­cio que Él hizo de sí mismo inmolán­dose en la Cruz. Las lecturas de este Domingo nos coloca el camino que será necesario recorrer para que Jesús alcance el triunfo de la Cruz. La lectura del profeta Isaías nos presenta la figura del «siervo sufriente» que es capaz de darse por entero para salvar a los otros. Por otro lado el himno cristológico de la carta a los Filipenses resalta la humildad y la obediencia filial, hasta la muerte en Cruz, de nuestro Señor Jesucristo. El relato de la Pasión según San Mateo muestra a un Jesús que no es reconocido como «el Cristo» por el pueblo y por sus autoridades y es conducido a la muerte. Sin embargo, a pesar de ser rechazado, Él es «verdaderamente el Hijo de Dios» (Mt 27,55) que nos ha reconciliado con el Padre Eterno por su sacrificio en la Cruz. Fue fiel y obediente hasta la muerte y muerte de cruz nos dicen cada una de las lecturas dominicales. J «He aquí que tu Rey viene montado en una asna» El pasaje de la entrada mesiánica de Jesús en la «ciudad santa» se inicia con el extraño pedido de Jesús que hace a dos de sus discípulos. Jesús considera importante entrar en la ciudad, no a pie, como era lo normal, sino montado en un asno[2]. Jesús había previsto incluso cualquier dificultad que hubieran podido encontrar sus enviados: «Si alguien os dice algo, diréis: ‘El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá’». ¿Por qué interesaba a Jesús entrar a Jerusalén montado en esa cabalgadura? Porque quiere realizar un gesto mesiánico claro; quiere que se sepa que Él es el Cristo - el Mesías - el Hijo de David, sobre el cual Dios había prometido: «Yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2S 7,13-14). Este gesto, tan elocuente para los judíos, se refiere a ese personaje que había de venir, que el profeta Zacarías había ya anunciado 500 años antes: «Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asno y en un pollino, hijo de animal de yugo» (Za 9,9). En un ambiente fuertemente cargado de la esperanza mesiánica, el gesto de Jesús fue captado inmediatamente. El evangelista lo hace notar con estos signos de entusiasmo: «La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino». Pero, sobre todo, sabemos lo que piensan por sus aclamaciones: «La gente que iba delante y detrás de él gritaba: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Y cuando Jesús entra en Jerusalén, toda la ciudad está ya conmovida. Esta es la segunda vez que toda Jerusalén se conmueve por causa de Jesús. La primera vez tuvo lugar muchos años antes, cuando llegaron a ella unos magos de oriente preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2). Ahora se conmueve porque Jesús entra en la cabalgadura real y es aclamado por la multitud que lo acompaña como «Hijo de David», que equivale a decir «Rey de los judíos». Al ver ese cortejo triunfal preguntaban: «¿Quién es éste?». Pero la respuesta que da la gente es insuficiente: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea». J «¡Hosanna al hijo de David!» No era la primera vez que la gente reconocía en Cristo al rey esperado. Ya había sucedido después de la multiplica­ción milagrosa del pan, cuando la multi­tud quería aclamarlo triunfalmente. Pe­ro Jesús sabía que su reino no era de es­te mundo; por eso se había alejado de ese entusiasmo. También Pedro lo reconoció como el Cristo y el Hijo de Dios, pero Jesús «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo» (Mt 16,20). Entonces Jesús estaba todavía en Galilea y tenía que comenzar a instruir a sus discípulos sobre su destino de muerte y resurrección que iba a verificarse en Jerusalén. Tenían que hacer comprender a sus discípulos que su muerte no obedecería a causas ordinarias, sino a un designio redentor; que su muerte sería un sacrificio que Él libremente ofrecería a Dios por la salvación del mundo. Les decía: «El Hijo del hombre ha venido a servir y a dar su vida en rescate por la multitud» (Mt 20,28). Ahora, que está entrando a Jerusalén y se encamina a su muerte, quiere que todos sepan que Él es el Cristo. Durante el juicio ante el Sanedrín que lo iba a sentenciar a muerte, Jesús escuchó en silencio todas las acusaciones; pero cuando el Sumo Sacerdote lo interpeló directamente: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios», Jesús rompió su silencio y respondió: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,63-64). Esta declaración provocó la sentencia del tribunal judío: «Es reo de muerte» (Mt 26,66). J El valor de las profecías En Jesús se cumplen y llegan a su plenitud todas las profecías del Antiguo Testamento. Esta plenitud permaneció velada tanto a «la muchedumbre de los discípulos» que a lo largo del ca­mino hacia Jerusalén cantaban «Hosanna», alabando «a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto» (Lc 19,37), como a los Doce más cercanos a Él. A estos últimos, el amor por Cristo no les permi­tía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro acalorado: «Esto no te sucederá jamás» (Mt 16,22). Y ya sabemos la respuesta fuerte y directa de Jesús ante estas palabras (ver Mt 16,23). Para Jesús, en cambio, las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y Él mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. Las acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre. «El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás» (Is 50,5). De este modo leemos como la lectura del profeta Isaías contiene ya en sí la dimensión plena de la Pasión: la dimensión de la Pascua. «He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los salivazos» (Is 50,6). También leemos en el salmo responsorial la impresionantes descripción que luego será realidad: «Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza... me tala­dran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica» (Sal 22[21], 8.17‑19). J «Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz » El himno de la carta a los Filipenses, escrito desde la prisión de Roma entre los años 61 a 63, posee un inestimable valor teo­lógico ya que presenta una suerte de síntesis completa de la Semana Santa, desde el Domingo de Ramos, pasando por el Viernes Santo, hasta el Domingo de Resurrección. Las palabras de la car­ta a los Filipenses nos acompañarán durante todo el Triduo Santo. Ya desde la entrada mesiánica y triunfal a Jerusalén, Jesucristo es «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8). Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor. Jesucristo, que es de naturaleza divina y humana, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (ver Flp 2,6‑8). Y permanece en este abajamiento, de su divinidad y de su humani­dad, a lo largo de estos terribles días. El Hijo del hombre va hacia los acontecimientos que se cumplirán, cuando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas for­mas externas: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, re­chazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado; hasta que pronuncie el último «todo está cumplido», entregando su espíritu en las manos de su Padre Amoroso. + Una palabra del Santo Padre: «”Trajeron el pollino donde Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó so­bre él” (Mc 11, 7). Así empezó Cristo el camino que lo conducía a Jerusalén para celebrar la Pas­cua, tras haber cruzado muchas calles, es más, todo el territorio de Palestina con sus propios pies. Este es el único camino que recorrió montado en un pollino. Así se cumplieron las palabras del profeta: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu rey montado en un pollino de asna” (Jn 12, 15; cf. Zc 9, 9). ¡Viene el Rey! También los peregrinos que acompañaron a Jesús a lo largo de ese camino lo reconocieron como tal, aclamándolo: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!” (Lc 19, 38); “¡Ho­sanna al hijo de David… Hosanna en las alturas!” (Mt 21, 9). ¡Viene el Rey! A los pocos días se acla­raría cuál era la naturaleza de su reino. Pero en aquel momento las profecías coincidieron, de manera admirable, con ese acontecimiento. La entrada del Me­sías en Jerusalén había sido prevista co­mo la entrada de un rey. Sólo Él sabía a dónde lo iban a con­ducir los caminos de Galilea, Samaría y Judea, que recorrería durante los años de su vida. ¡Él sabe también a dónde condu­ce el camino de este día! Lleva en sí toda la verdad del Evangelio que anunciaba. Sabe que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda so­lo” (Jn 12, 24). Él es el grano que debe producir el fruto y que debe morir. Él es el grano caído en aquella antigua tierra, que constituye una parte pequeña de to­da la tierra, de todo el planeta que el Creador ha destinado como morada de todos los hombres. Él –Cristo– es también la viva encar­nación de las ocho bienaventuranzas. Él conoce su verdad plena, como conoce profundamente la verdad de aquellas palabras, aparentemente paradójicas: “Quién quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la en­contrará” (Mt 16, 25)». Juan Pablo II. Homilía del Domingo de Ramos 1991 ' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 1. ¿De qué manera concreta voy a vivir mi Semana Santa? ¿Será simplemente un fin de semana largo? Sé que es exigente pero ¿qué medios voy a colocar para que mi familia y yo nos acerquemos más al Señor Jesús en estos días? 2. Hagamos un verdadero esfuerzo para vivir estos días cerca del corazón de la Madre. No seamos indiferentes al dolor de María que nos enseña a vivir el verdadero horizonte de esperanza en medio del sufrimiento. 3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 557- 623. [1] El Domingo de Ramos se lee como texto evangélico el texto íntegro de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Este texto varía de acuerdo al ciclo litúrgico. En este caso leemos el Evangelio de San Mateo. [2] El asno era el animal más común de todas las bestias de carga, utilizada para el transporte de carga pesadas y también como cabalgadura, tanto por ricos como por pobres. Tanto el asno como la mula son consideradas cabalgaduras más seguras que el caballo. El asno blanco se consideraba como animal digno de personas importantes (ver Jc 5,10). Un escrito del siglo XIII a.C. indica que no era propio de gente real andar a caballo en vez de asno. El caballo se introdujo más tarde, principalmente como animal de guerra.

domingo, 28 de marzo de 2010

La muerte de Jesús:cuando el amor llega hasta el extremo.

Domingo de Ramos
Lectio: Domingo, Marzo 28, 2010


La muerte de Jesús:cuando el amor llega hasta el extremo.Lucas 22,14 - 23,56

1. Oración inicial
Espíritu Santo,derramado sobre el mundo por el ser divino que va a morir,condúcenos a contemplary a comprender la vía dolorosade nuestro Salvadory el amor con que la ha recorrido.Concédenos ojos y corazones de verdaderos creyentes,para que se nos reveleel misterio glorioso de su cruz.«Gracias a la cruz no andaremos ya errantes por el desierto,porque conocemos el camino verdadero;no nos quedaremos ya fuera de la casa de nuestro Dios, de nuestro rey,porque hemos encontrado la puerta;no temeremos ya las flechas encendidas del demonio,porque habremos descubierto una fuente de agua.Por medio de Él, no estaremos ya solos,porque habremos encontrado al esposo;no tendremos ya miedo del lobo,porque habremos encontrado al buen pastor.Gracias a la cruz no nos asustará ya la iniquidad de los poderosos,porque estaremos sentados a la mesa del rey» (Cf. S. Juan Crisóstomo).

2. Lectura
a) Clave para la lectura:
Contexto litúrgico: la antigua tradición de proclamar el Evangelio de la Pasión y Muerte de Jesucristo el domingo anterior a la Pascua se remonta a la época en la cual las celebraciones de la Semana Santa estaban reducidas al mínimo. La finalidad de tal lectura es la de llevar a los oyentes a la contemplación del misterio de muerte que prepara la Resurrección del Señor y que es, por lo tanto, la condición por la cual el creyente ha entrado en la “vida nueva” en Cristo. El uso de hacer esta larga lectura entre varios lectores sirve, no solamente para hacer menos monótona la proclamación o para facilitar una escucha atenta, sino para hacer que la participación de los oyentes sea más emotiva, como si se quisiera transmitir la sensación que ellos están presentes y son agentes de lo que se narra. Las dos lecturas que preceden al Evangelio de este domingo, contribuyen para dar una perspectiva interpretativa del texto: el Siervo de Yahvé es Jesús, el Cristo, Persona divina que, a través de la muerte ignominiosa que padece, llega a la gloria de Dios Padre y comunica su propia vida a los hombres que le escuchan y lo acogen.
Contexto evangélico: sabemos ya que el núcleo literario, en torno al cual se formaron los Evangelios, es el de la narración de la Pascua del Señor: Pasión, Muerte y Resurrección. Estamos, pues, frente a un texto bastante antiguo y unitario en su composición literaria, aunque se haya formado gradualmente. Su importancia es, de todos modos, capital: se narra el acontecimiento fundamental de la fe cristiana, aquél con el que cada creyente debe confrontarse y conformarse constantemente (aún cuando el texto que se ofrece en este domingo acaba en la sepultura de Jesús).Lucas, como siempre, se nos revela narrador eficaz y detallado, atento a las detalles particulares y capaz de hacer ver al lector los sentimientos y movimientos interiores de sus personajes principales, sobre todo, de Jesús. El dolor terrible e injusto que padece se nos muestra a través del filtro de su actitud inalterable de misericordia hacia todos los hombres, aunque estos sean sus perseguidores y asesinos; algunos de ellos quedan tocados e impresionados por este modo suyo de afrontar el sufrimiento y la muerte, de tal manera que dan signos de creer en Él: el tormento de la Pasión viene suavizado con la potencia del amor divino de Jesús. En el contexto del tercer Evangelio, Jesús va solamente una vez a la Ciudad Santa: la vez decisiva para la historia humana del Cristo y para la historia de la salvación. Toda la narración evangélica lucana es como una larga preparación para los acontecimientos de aquellos últimos días, Jesús los pasa en Jerusalén predicando y haciendo gestos, a veces de tono grandioso (por ej.: la expulsión de los mercaderes del Templo, 19,45-48), otras veces, misteriosos o un poco provocadores (por ej.: la respuesta acerca del tributo debido al César, 20,19-26). No por casualidad, el evangelista concentra en estos últimos días acontecimientos y palabras que los otros sinópticos ponen en otras fases de la vida pública del Señor. Todo esto se desarrolla mientras el complot de los jefes del Pueblo se intensifica y se hace cada vez más concreto, hasta que a Judas se le ofrece una ocasión propicia e inesperada (22,2-6). El tercer evangelista, para indicar esta última y definitiva etapa de la vida del Señor, utiliza varios términos en el curso de su obra: es una “partida” o un “éxodo” (9,31), es una “asunción” (9,51) y es un “cumplimiento” (13,32). Así pues, Lucas da a entender a sus lectores, anticipadamente, cómo interpretar la terrible y escandalosa muerte del Cristo al cual han confiado su propia vida: Él realiza un paso doloroso y difícil de entender, pero “necesario” en la economía de la salvación (9,22; 13,33; 17,35; 22,37) para llevar a buen éxito (“cumplimiento”) su itinerario hacia la gloria (Cf. 24,26; 17,25). Tal itinerario de Jesús es paradigma de áquel que cada discípulo suyo debe llevar a cabo (Hch 14,22).
b) Una división del texto para ayudar a la lectura:
La narración de la última cena: desde 22,7 a 22,38;La oración de Jesús en el huerto de Getsemaní: desde 22,39 a 22,46;El arresto y el proceso hebraico: desde 22,47 a 22,71El proceso civil delante de Pilato y Herodes: desde 23,1 a 23,25La condena, la crucifixión y la muerte: desde 23,26 a 23,49Los acontecimientos sucesivos a la muerte: desde 23,50 hasta 23,56.
c) El texto:

La cena pascual
14 Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles 15 y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; 16 porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.»17 Tomó luego una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; 18 porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»19 Tomó luego pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» 20 De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros.21 «Mirad, la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. 22 Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!» 23 Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello.24 Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor. 25 Él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; 26 pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. 27 Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.28 «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; 29 yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, 30 para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.31 «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; 32 pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» 33 Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte.» 34 Pero él contestó: «Te digo, Pedro, que antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces.»35 Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.» 36 Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome, y lo mismo alforja, y el que no tenga, que venda su manto y se compre una espada.37 Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: Ha sido contado entre los malhechores. Porque lo que se refiere a mí toca a su fin.» 38 Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» Él les dijo: «Basta.»
En el monte de los Olivos
39 Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos; los discípulos le siguieron. 40 Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación.»41 Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba 42 diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» 43 Entonces se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. 44 Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.45 Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; 46 y les dijo: «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación.»
Prendimiento de Jesús
47 Estaba todavía hablando cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. 48 Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» 49 Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?» 50 Y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. 51 Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó.52 Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? 53 Estaba yo todos los días en el Templo con vosotros y no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.»54 Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. 55 Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos.56 Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Éste también estaba con él.» 57 Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!» 58 Poco después le vio otro y dijo: «Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «¡Hombre, no lo soy!» 59 Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es Galileo.» 60 Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel mismo momento, cuando aún estaba hablando, cantó un gallo. 61 El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces» 62 y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.63 Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban. 64 Y, cubriéndole con un velo, le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?» 65 Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.66 En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hicieron venir a su Sanedrín 67 y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo.» Él respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. 68 Si os pregunto, no me responderéis. 69 De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.» 70 Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» 71 Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»

Jesús ante Pilato
1 Se levantaron todos ellos y le llevaron ante Pilato. 2 Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo rey.» 3 Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Él le respondió: «Sí, tú lo dices.» 4 Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «Ningún delito encuentro en este hombre.» 5 Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo con sus enseñanzas por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí.» 6 Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era Galileo. 7 Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.8 Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba que hiciera algún signo en su presencia. 9 Le hizo numerosas preguntas, pero él no respondió nada. 10 Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. 11 Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.12 Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.13 Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo 14 y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en él ninguno de los delitos de que le acusáis. 15 Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. 16 Así que le daré un escarmiento y le soltaré.» [17] 18 Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!» 19 Éste había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato.20 Pilato les habló de nuevo, con la intención de librar a Jesús, 21 pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!» 22 Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le daré un escarmiento y le soltaré.» 23 Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y arreciaban en sus gritos.24 Pilato sentenció que se cumpliera su demanda. 25 Soltó, pues, al que habían pedido, al que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su deseo.
Camino del Calvario
26 Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. 27 Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él.28 Jesús se volvió a ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. 29 Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! 30 Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Sepultadnos! 31 Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?» 32 Llevaban además a otros dos malhechores para ejecutarlos con él.33 Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34 Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando suertes.35 Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» 36 También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre 37 y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!» 38 Había encima de él una inscripción: «Este es el rey de los judíos.»39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» 40 Pero el otro le increpó: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? 41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» 43 Jesús le dijo: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»44 Era ya cerca de la hora sexta cuando se oscureció el sol y toda la tierra quedó en tinieblas hasta la hora nona. 45 El velo del Santuario se rasgó por medio 46 y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró.
Después de la muerte de Jesús
47 Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» 48 Y toda la muchedumbre que había acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho.49 Todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo estas cosas.50 Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre bueno y justo, 51 que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. 52 Se presentó a Pilato, le pidió el cuerpo de Jesús 53 y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía. 54 Era el día de la Preparación y apuntaba el sábado.55 Las mujeres que habían venido con él desde Galilea fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo.56 Luego regresaron y prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.
3. Momento de silencio orante
para que la Palabra de Dios entre en nosotros e ilumine nuestra vida.
4. Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) Al final de esta larga lectura, ¿qué sensación prevalece en mí: descanso como fin de la fatiga, admiración por Jesús, dolor por su dolor, alegría por la salvación obtenida, o qué otra cosa?b) Vuelvo a leer el texto, poniendo atención en cómo han actuado los distintos “poderosos”: sacerdotes, escribas y fariseos, Pilato, Herodes. ¿Qué pienso de ellos? ¿Cómo creo que hubiera podido pensar, actuar, hablar y decidir yo en su lugar?c) Leo otra vez la Pasión: pongo atención, esta vez, en cómo han actuado los “pequeños”: discípulos, gente, los particulares, mujeres, soldados y otros. ¿Qué pienso de ellos? ¿Cómo creo que hubiera actuado, pensado y hablado yo en su lugar?d) Finalmente, repaso mi modo de actuar en la vida diaria. ¿A cuál de los personajes, principales o secundarios, logro asemejarme? ¿A cuál, sin embargo, desearía asemejarme más?
5. Una clave para la lectura
para los que deseen profundizar en el tema.Deteniéndome en algunos puntos-claves:
22,14: Cuando llegó la hora se sentó a la mesa y sus discípulos con Él: no obstante que escriba para una comunidad de cristianos provenientes, en su mayoría, del paganismo, Lucas subraya que la última cena de Jesús está encuadrada dentro de los ritos del Pesah hebraico. Poco antes ha descrito los preparativos (vv. 7-13).
22,15: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer : es una llamada a 12,50: “Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (cfr. también Jn 12,32). Lucas nos ofrece un rayo de luz sobre la dimensión interior de Jesús, mientras se dispone a padecer y morir: lo que le empuja es, como siempre para Él, la opción radical de aceptar la voluntad del Padre (Cf. 2,49), pero se vislumbra, incluso, en estas palabras un deseo humanísimo de fraternidad, de compartir y de amistad.
22,17: Tomó luego una copa, dio gracias: no estamos todavía en el cáliz eucarístico propiamente dicho, sino en la primera de las cuatro copas de vino que se tomaban en el transcurso de la cena pascual.
22,18: A partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios: segunda indicación expresa a la muerte que ya está próxima. Se vuelven a tomar los anuncios de la Pasión (9,22.44; 12,50; 18,31-32) y, como aquellos, hacen una llamada implícitamente a la resurrección. El tono, de todos modos, dada la seriedad del momento, contiene los acentos de esperanza y de espera escatológica, con la certeza de que el Padre no lo abandonará a la muerte. Jesús es consciente de lo que tiene que afrontar, pero se nos muestra profundamente sereno, interiormente libre, seguro del propio destino y de los últimos resultados de cuanto está para sucederle.
22,19-20: la narración de la institución de la Eucaristía contiene muchas afinidades con la narración de Pablo (1Cor 11,23-25) y tiene un carácter muy marcado sacrificial: Jesús está en un estado de oblación y no ofrece cosas, sino a sí mismo, en beneficio del que crea en Él.
22,21: La mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa : Jesús admite a comer y, a la comunión con Él, a Judas, aún cuando es consciente de que este discípulo está para traicionarlo definitivamente. El contraste es estridente y querido por el evangelista, como otras veces en el curso de esta narración.
22,28: Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas : al contrario que Judas, los otros discípulos “han perseverado con Jesús en las pruebas”, porque han permanecido junto a Él, al menos hasta este momento. El Señor, pues, reconoce que han alcanzado un alto grado de comunión con Él, de tal modo, que merecen un honor especial en la gloria del Padre (v. 29). Es, pues, Jesús el que establece un paralelo estrecho entre la comunión constante de sus discípulos (los de entonces como los de hoy) con su sufrimiento y la comunión final eterna de su gloria (“comer y beber”, v. 30).
22,31-37: ¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca: este pequeño trozo parece tomado de otro contexto. La indicación de Jesús a Satanás y a su acción en sus discípulos, evoca todo lo que el evangelista había ya señalado sobre las causas de la traición de Judas (22,3) y hace un paralelo con la perspectiva lucana de la Pasión como de un último asalto de Satanás en relación a Jesús (Cf. 4,13; 22,53). Pedro es defendido de las insidias del tentador por la oración del mismo Jesús y por el hecho de haber elegido ser discípulo del Señor, porque tiene una misión especial en relación con sus hermanos en la fe (v. 32b). Jesús se adelanta a ponerlo en guardia: a él, como a los otros discípulos, la Pasión de Jesús será una dura lucha contra Satanás y a tantas emboscadas que, bajo distintas formas, tiende a los discípulos que estarán con Jesús en las distintas etapas de su Pasión (vv. 35-36) a causa de la terrible prueba a la que Él se verá sometido (v. 37); en estas última palabras se cita expresamente el texto de Isaías sobre el “Siervo doliente” (Is 53,12), con el cual es identificado abiertamente Jesús.
22,33-34: Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte. Pero él contestó: «Te digo, Pedro, que antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces»: Pedro es un hombre de carácter generoso, un poco impetuoso, como demuestra su declaración, que hace que Jesús le declare la previsión de su negación. Como en los versículos 24-27 los jefes de la comunidad eran colocados frente a la propia responsabilidad de “siervos” de la fe de los hermanos que les eran confiados, ahora se les pide el deber de la prudencia y de la vigilancia sobre ellos mismos, sobre su propia debilidad.
22,39-46: la narración de la agonía-espiritual en Getsemaní sigue muy de cerca la de Marcos (14,32-42), menos en algunas particularidades, especialmente en lo referente a la teofanía consoladora mediante la presencia del ángel del cielo (v. 43). Jesús intensifica su propia oración, mientras se acerca el momento más difícil e insidioso de la propia vida.Getsemaní, como señala Lucas, era el lugar “acostumbrado” (v. 37) en el que pernoctaba Jesús en Jerusalén (21,37).
22,47-53: con el arresto, comienza la verdadera y propia Pasión de Jesús. Esta narración del pasaje presenta los acontecimientos siguientes como “la hora de las tinieblas” (v. 53) y muestra a Jesús como áquel que vence y vencerá sobre la violencia mediante la paciencia y la capacidad de amar, incluso, a sus perseguidores (v. 51); resaltan, sin embargo, las palabras tristes, pero amorosas, que Jesús dirige a Judas: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» (v. 48).
22,54-71: El proceso judío no tiene ninguna evolución durante el curso de la noche. Del Jesús prisionero no se refiere nada hasta la mañana. Esta ausencia de noticias acerca de lo que sucede a Jesús después del arresto hasta el comienzo del proceso es típico de Lucas.
22,60-62: Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel mismo momento, cuando aún estaba hablando, cantó un gallo. El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces» y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente: el cruce de miradas, ocurrido en la agitación de aquella noche interminable, señala la toma de conciencia de Pedro: a pesar de las jactanciosas declaraciones de fidelidad, se realizó lo que Jesús le dijo poco antes. En aquella mirada Pedro experimenta en primera persona la misericordia del Señor de la cuál había oído hablar a Jesús: no esconde la realidad del propio pecado, sino la cura trayendo al hombre a la conciencia plena de la propia realidad y del amor personal de Dios por él.
22,70-71: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»: el proceso judío comienza propiamente con las primeras luces del día (v. 66) y se centra en la búsqueda de pruebas (las verdaderas, en Lucas, pero cfr. Mc 14,55-59) en base a las cuales condenar a muerte a Jesús. Según Lucas, pues, los jefes judíos no recurren a falsos testimonios, sino – aún en su aversión feroz contra Jesús – se portaron con una cierta corrección jurídica hacia Él. Jesús, respondiendo afirmativamente a la pregunta “¿eres tú el Hijo de Dios?”, se muestra plenamente consciente de su propia dignidad divina. En virtud de la misma, su sufrimiento, su muerte y su resurrección, son testimonios elocuentes del Padre y de su voluntad benéfica hacia la humanidad. De este modo, sin embargo, él “firma” la propia condena de muerte: es un blasfemo que profana el Nombre y la realidad de Yahvé, porque se declara explícitamente “hijo” de Él.
23,3-5: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Él le respondió: «Sí, tú lo dices.»… Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo con sus enseñanzas”: estamos en el paso del proceso judío al romano: los jefes judíos entregan el condenado al gobernador para que lleve a cabo su propia condena y para ofrecerle una motivación aceptable para él, “domestican” los motivos de su condena, mostrándola bajo el punto de vista político. Jesús, por eso, es presentado como soliviantador del pueblo y usurpador del título real de Israel (que entonces solamente era ya un recuerdo y un honor).El instrumento mediante el cuál Jesús habría cometido su delito, en este caso, es su predicación: ¡aquella palabra de paz y misericordia que había esparcido a manos llenas, ahora la utilizan contra Él! Jesús confirma la acusación, pero la realeza que buscaba no era aquella de la que le acusaban, sino que era uno de los destellos de su naturaleza divina. Pero esto, ni Pilato, ni los demás, son capaces de entenderlo.
23,6-12: Lo envió a Herodes: Pilato, habiendo intuido, tal vez, que se trataba de involucrarlo en un “juego sucio”, trata de deshacerse del prisionero, aduciendo el respeto a la jurisdicción: Jesús pertenece a un distrito que no está, en aquel momento histórico, bajo la responsabilidad de los romanos, sino que depende de Herodes Antipas. Éste es presentado en los Evangelios como un personaje ambiguo: admira y al mismo tiempo detesta a Juan Bautista a causa de los reproches del profeta contra su situación matrimonial irregular y casi incestuosa, después lo hace prisionero y lo mata para no quedar mal delante de sus huéspedes (3,19-20; Mc 6,17-29). Después, trata de conocer a Jesús por pura curiosidad, puesto que había oído su fama como obrador de milagros, incoa un proceso contra Él (v. 10), lo interroga en persona, pero después – ante su obstinado silencio (v. 9) - lo abandona a las befas de los soldados, como había ocurrido al final del proceso religioso (22,63-65) y como sucederá cuando Jesús sea crucificado (vv. 35-38). Acaba por volver a mandarlo a Pilato.Lucas concluye este episodio con una anotación interesante: el gesto de Pilato inaugura una nueva amistad entre él y Herodes. Sobre la limpieza de los motivos de tal amistad, las circunstancias hablan claramente.
23,13-25: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero…no he hallado en él ninguno de los delitos de que le acusáis: como había anticipado en el primer encuentro con Jesús (v.4) y como repetirá de inmediato (v. 22), Pilato declara que es inocente. Trata de convencer a los jefes del pueblo y dejar irse a Jesús, pero aquellos han decidido ya su muerte (vv. 18.21.23) e insisten en que sea condenado a muerte.¿En qué ha consistido el interrogatorio efectuado por el gobernador? Bien poco, a juzgar por las pocas frases de Lucas (v. 3). Y, sin embargo, Jesús ha respondido positivamente a Pilato declarándose “¡rey de los judíos!" A este punto, es evidente que Pilato no lo considera un hombre peligroso a nivel político, ni para el orden público, quizás porque el tono de la declaración de Jesús no dejaba dudas al respecto. Es bastante evidente el intento del evangelista, que trata de atenuar la responsabilidad del gobernador romano. Éste, sin embargo, es conocido por las fuentes históricas como un “hombre inflexible por naturaleza y, además de su arrogancia, duro, capaz sólo de conclusiones, de violencias, rapiñas, brutalidades, torturas, ejecuciones sin proceso y crueldades espantosas e ilimitadas» (Filón di Alejandría) y «que le gustaba provocar a la nación que le estaba encomendada, recurriendo ya sea a desaires como a duras represiones” (Flavio Josefo).
23,16.22: Así que le daré un escarmiento y le soltaré…: el hecho de haber sido declarado inocente, no lo libraba de un duro “castigo”, infligido solamente para no dejar frustrada las expectativas de los jefes judíos.
23,16.18.25: ¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!…Soltó, pues, al que habían pedido, al que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su deseo: al final, Pilato cede totalmente a las insistencias de los jefes y del pueblo, aún cuando no pronuncia una condena formal respecto a Jesús.Barrabás, verdadero delincuente y agitador político, se convierte así en el primer hombre salvado (al menos en aquel momento) por el sacrificio de Jesús.
23,26-27: Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él: Simón y la mujeres, más que testigos privilegiados de la Pasión, son, en Lucas, modelos del discipulado, personas que muestran al lector cómo seguir, de hecho, al Señor. Gracias a ellos y a la muchedumbre, Él no estará solo mientras que se acerca a la muerte, sino que está rodeando de hombres y mujeres que le están emotivamente cercanos, aún cuando tengan necesidad de convertirse, cosa a la que Él no cesa de llamarlos, no obstante, su situación terrible (vv. 28-31). Simón de Cirene fue “obligado”, pero Lucas no lo muestra como rechazando ayudar al Señor (cfr. Mc 15,20-21).La “gran muchedumbre” es, incluso, partícipe viva de todo lo que le sucede a Jesús. Esto crea un contraste estridente, pues poco antes ha pretendido la condena de Jesús.
23,34: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen: Lucas pone de evidencia la preocupación principal del Señor crucificado que, aún cuando está en un sufrimiento físico atroz causado por la obra de la crucifixión, ora por ellos al Padre: no le interesa su propia condición o las causas históricas que la han producido, sino solamente la salvación de todos los hombres. Como Él, lo hará el mártir Esteban (Hch 7,60), para demostrar el carácter paradigmático de la vida y muerte de Jesús para la existencia de todo cristiano. Para subrayar esta orientación clara de Jesús, Lucas omite el grito angustioso que narran los otros sinópticos: "¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”
23,33.39-43: Crucificaron allí a él y a los malhechores… Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino…Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso : el episodio del diálogo con uno de sus compañeros de condena es emblemático en el modo en el que Lucas comprende la muerte de Jesús: un acto de auto donación realizado por amor y en el amor de llevar la salvación al mayor número de hombres, de cualquier condición y en cualquier situación que se encuentren. ”Hoy” (v. 43): el ladrón había hablado de futuro, pero Jesús le responde usando el verbo en presente: la salvación que Él da actúa inmediatamente, los “últimos tiempos” comienzan con este acontecimiento salvífico. ”Estarás conmigo” (v. 43): expresión que indica la plena comunión que hay entre Dios y aquellos que acoge junto a Él en la eternidad (Cf. 1Tess 4,17). Según algunos escritos tardo-judaicos, el Mesías debía, de hecho, “abrir las puertas del Paraíso”.
23,44-46: Era ya cerca de la hora sexta…y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró: las últimas palabras de Jesús, por su índole, parecen que están en contraste con el fuerte grito que le precede. Llegado al extremo de su vida humana, Jesús realiza un acto supremo de confianza en el Padre, por cuya voluntad Él había llegado a tanto. En estas palabras se pueden vislumbrar una referencia a la resurrección: el Padre le volverá a dar esta vida que Él ahora le entrega (cfr. Sal 16,10; Hch 2,27; 13,35). Lucas narra muy detalladamente los últimos momentos de Jesús: no le interesa detenerse en particulares que ofrecerían satisfacción a una curiosidad macabra, la misma que atraía y atrae a tantos espectadores de ejecuciones capitales en todas las plazas del mundo.
23,47-48: Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» Y toda la muchedumbre…al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho: la eficacia salvífica del sacrificio de Jesús actúa casi inmediatamente, con la sola evidencia de los hechos ocurridos: los paganos (como el centurión que estaba al mando del pelotón encargado de la ejecución) y los Judíos (la gente) comienzan a cambiar. El centurión “glorifica a Dios” y parece estar a un paso de hacerse cristiano. Las muchedumbres judías, sin darse cruenta de ello, se alejan cumpliendo gestos de arrepentimiento, como Jesús pidió a las mujeres de Jerusalén (v. 38).
23,49: Todos sus conocidos…se mantenían a distancia: a una distancia prudente ya que conocían las disposiciones romanas que prohibían excesivos gestos de luto por los condenados a la cruz (la pena: padecer la misma condena), el grupo de los discípulos asistían atónitos a toda la escena. Lucas no hace referencia de sus emociones o actitudes: tal vez, el dolor y la violencia los tenían aturdidos hasta el punto de hacerlos incapaces de cualquier reacción visible. De modo semejante, las mujeres del grupo no participan de algún modo en la operación con la cual José de Arimatea entierra a Jesús: se limitan a observarlo (v. 55).
23,53: Después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca: Jesús padeció verdaderamente el suplicio. Es verdaderamente un muerto, como tantos otros hombres, antes y después de él, en la cruz, en un cuerpo de carne común. Este acontecimiento, sin el cuál no habría salvación, ni vida eterna para ningún hombre, se verificó por el mismo hecho que hubo que sepultarlo; tan es verdad, que Lucas se extiende en algunos particulares en relación al rápido rito de sepultura realizado por José (vv. 52-54).
23,56: Y el sábado descansaron según el precepto: así como el Creador descansó en el día séptimo de la creación, consagrando de esta manera el sábado (Gn 2,2-3), ahora el Señor realiza su sábado en la tumba.Ninguno de los suyos parece que fuera capaz ya de esperar algo: las palabras de Jesús sobre la resurrección se han olvidado aparentemente. Las mujeres se limitan a preparar los óleos para hacer más digna la sepultura de su Maestro.
El evangelio de este “domingo de Pasión” acaba aquí, omitiendo la narración del descubrimiento del sepulcro vacío (24,1-12) y haciéndonos gustar el sabor agridulce del sacrificio del Cordero de Dios. Se nos deja en una atmósfera doliente y en suspenso y quedamos sumergidos en ella, aún cuando conocemos el resultado final de la narración evangélica. Esta muerte terrible del Rabí de Nazaret no pierde su significado con la resurrección, sino que adquiere un valor del todo nuevo e inesperado, que no prescinde de su dimensión de muerte sacrificial, libremente aceptada, con una finalidad “excesivamente” alta en relación a nuestra capacidades humanas de comprender: es un misterio en estado puro.

6. Isaías 50,4-10
El Señor Yahvé me ha dado lengua dócil,que sabe decir al cansado palabras de aliento.Temprano, temprano despierta mi oídopara escuchar, igual que los discípulos.El Señor Yahvé me ha abierto el oído.Y yo no me resistí,ni me hice atrás.Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban,mis mejillas a los que mesaban mi barba.Mi rostro no hurtéa los insultos y salivazos.Pues que Yahvé habría de ayudarmepara que no fuese insultado,por eso puse mi cara como el pedernal,a sabiendas de que no quedaría avergonzado.Cerca está el que me justifica:¿quién disputará conmigo?Presentémonos juntos:¿quién es mi demandante?¡que se llegue a mí!He aquí que el Señor Yahvé me ayuda:¿quién me condenará?Pues todos ellos como un vestido se gastarán,la polilla se los comerá.El que de entre vosotros tema a Yahvéoiga la voz de su Siervo.El que anda a oscurasy carece de claridadconfíe en el nombre de Yahvéy apóyese en su Dios.
7. Oración final
de la liturgia eucarística de este domingo:
Dios omnipotente y eterno, que has dado como modelo a los hombres a Cristo tu Hijo, nuestro Salvador, hecho hombre y humillado hasta la muerte de cruz, haz que tengamos siempre presente la gran enseñanza de su Pasión para poder participar en la gloria de su Resurrección. Por Cristo, nuestro Señor.