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Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas

sábado, 8 de mayo de 2010

SANTO ROSARIO

Ustedes no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 18-21
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

"Si el mundo los odia, recuerden que primero me odió a mí. Si pertenecieran al mundo, el mundo los amaría como cosa propia; pero como no pertenecen al mundo, porque yo los elegí y los saqué de él, por eso el mundo los odia. Recuerden lo que les dije: "Ningún siervo es superior a su señor". Igual que me han perseguido a mí, los perseguirán a ustedes; y en la medida en que pongan en práctica mi enseñanza, también pondrán en práctica la de ustedes. Los tratarán así por mi causa, porque no conocen al que me envió".

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.


† Meditación diaria
Pascua. 5ª semana. Sábado

SANTO ROSARIO

— En el Rosario, Nuestra Señora nos enseña a contemplar la vida de su Hijo.
— El Rosario en familia. Es “arma poderosa”.
— Las distracciones en el Rosario.


I. El amor a la Virgen se manifiesta en nuestra vida de formas muy diversas. En el Santo Rosario, la oración mariana más recomendada durante siglos por la Iglesia, la piedad nos muestra un resumen de las principales verdades de la fe cristiana; a través de la consideración de cada uno de los misterios, Nuestra Señora nos enseña a contemplar la vida de su Hijo. Ella, íntimamente unida a Jesús, ocupa en ocasiones el primer lugar; otras, es Cristo mismo quien atrae en primer término nuestra atención. María nos habla siempre del Señor: de la alegría de su Nacimiento, de su muerte en la Cruz, de su Resurrección y Ascensión gloriosa.
El Rosario es la oración preferida de Nuestra Madre, y “con la consideración de los misterios, la repetición del Padrenuestro y del Avemaría, las alabanzas a la Beatísima Trinidad y la constante invocación a la Madre de Dios, es un continuo acto de fe, de esperanza y amor, de adoración y reparación”1.
Según su etimología, el Rosario “es una corona de rosas, costumbre encantadora que en todos los pueblos representa una ofrenda de amor y un símbolo de alegría”2. “Es el modo más excelente de oración meditada, constituida a manera de mística corona en donde la salutación angélica, la oración dominical y la doxología a la Augusta Trinidad se entrelazan con la consideración de los más altos misterios de nuestra fe: en él, por medio de muchas escenas, la mente contempla el drama de la Encarnación y de la Redención de Nuestro Señor”3.
En esta plegaria mariana se funden la oración vocal y la meditación de los misterios cristianos, que es como el alma del Rosario. Esta meditación pausada hace posible que, con las mismas palabras, cada uno exprese su oración personal. Ayuda a rezarlo bien “el meterse, como un personaje más”, dentro de las escenas que se consideran. Así, “viviremos la vida de Jesús, María y José.
“Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad... Asistiremos a su Pasión y Muerte... Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección... En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús”4.
Con la consideración de los misterios, la oración vocal –el Padrenuestro y las Avemarías– queda vivificada; la vida interior se enriquece con un hondo contenido, que es fuente de oración y de contemplación a lo largo del día. Poco a poco nos identifica con los sentimientos de Cristo y nos permite vivir en un clima de intensa piedad: gozamos con Cristo gozoso, nos dolemos con Cristo paciente, vivimos anticipadamente en la esperanza la gloria de Cristo resucitado. “Aunque sea en planos de realidad esencialmente diversos –decía Pablo VI– (la liturgia y el Rosario), tienen por objeto los mismos acontecimientos salvíficos llevados a cabo por Cristo. La primera hace presentes (...) los misterios más grandes de nuestra redención; la segunda, con el piadoso afecto de la contemplación, vuelve a evocar los mismos misterios en la mente de quien ora y estimula su voluntad a sacar de ellos normas de vida”5.

II. El Concilio Vaticano II pide “a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen (...); que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos”6. Y bien sabemos con qué insistencia ha recomendado la Iglesia el rezo del Santo Rosario. Concretamente, es “una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar”7, y en muchos casos será un objetivo de vida cristiana para muchas familias. En ocasiones bastará comenzar con el rezo de un misterio solamente, aprovechando quizá ocasiones tan singulares como es el mes de mayo, la visita a un santuario o ermita de la Virgen... Mucho se tiene ganado si se empieza a enseñarlo a los hijos desde que son pequeños.
El Rosario en familia es una fuente de bienes para todos, pues atrae la misericordia del Señor sobre el hogar. “Tanto el rezo del Ángelus como el del Rosario –decía Juan Pablo II– deben ser para todo cristiano y aún más para las familias cristianas como un oasis espiritual en el curso de la jornada, para tomar valor y confianza”8. Y pocos días más tarde volvía a insistir el Santo Padre: “conservad celosamente ese tierno y confiado amor a la Virgen, que os caracteriza. No lo dejéis nunca enfriar (...). Sed fieles a los ejercicios de piedad mariana tradicionales en la Iglesia: la oración del Ángelus, el mes de María y, de modo muy especial, el Rosario. Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el Rosario en familia”9.
Hoy podemos examinar en nuestra oración si acudimos al Santo Rosario como “arma poderosa”10 para conseguir de la Virgen aquellas gracias y favores que tanto necesitamos, si lo rezamos con la necesaria atención, si procuramos ahondar en su riquísimo contenido, particularmente deteniéndonos y meditando durante unos momentos cada uno de los misterios, si procuramos que nuestros familiares y amigos comiencen a rezarlo y así traten y amen más a nuestra Madre del Cielo.

III. A veces, cuando los cristianos tratamos de difundir el rezo del Santo Rosario como una forma de tratar a la Virgen cada día, nos encontramos con personas, incluso de buena voluntad, que se excusan diciendo que se distraen con frecuencia en él y que “para rezarlo mal es mejor no rezarlo”, o algo similar. Enseñaba el Papa Juan XXIII que “el peor de los rosarios es el que no se reza”. Nosotros podemos decir a nuestros amigos que, en vez de dejarlo, es más grato a la Virgen procurar rezarlo lo mejor que podamos, aunque tengamos distracciones. También puede ocurrir que –como escribe San Alfonso Mª de Ligorio– “si tú tienes muchas distracciones durante la oración, puede ser que al diablo le moleste mucho esa oración”11.
Algunos han comparado el Rosario a una canción: la canción de la Virgen. Por eso, aunque alguna vez no tengamos del todo presente “la letra”, la melodía nos llevará, casi sin darnos cuenta, a tener puesto el pensamiento y el corazón en Nuestra Señora.
Las distracciones involuntarias no anulan los frutos del Rosario, ni de otra oración vocal, con tal de que se luche por evitarlas. Santo Tomás señala que en la oración vocal puede ponerse una triple atención: la correcta pronunciación de todas las palabras de que consta, el fijarse más en el sentido de esas palabras y el poner especial empeño en el fin de la oración, es decir, en Dios y en aquello por lo que se ora. Esta última es la atención más importante y necesaria, y pueden tenerla incluso personas de pocas letras o que no entienden bien el sentido de las palabras que pronuncian, y “puede ser tan intensa que arrebate la mente a Dios”12.
Si nos esforzamos, cada vez podemos rezar mejor el Santo Rosario: cuidando la pronunciación, las pausas, la atención, deteniéndonos unos instantes para considerar el misterio que iniciamos, ofreciendo quizá esas diez Avemarías por una intención concreta (la Iglesia Universal, el Romano Pontífice, las intenciones del obispo de la diócesis, la familia, las vocaciones sacerdotales, el apostolado, la paz y la justicia en determinado país, un asunto que nos preocupa...), tratando de que esas “rosas” ofrecidas a la Virgen no estén ajadas o marchitas por la rutina o por dejar paso a distracciones más o menos voluntarias... Evitar todas las distracciones será muy difícil; en ocasiones, prácticamente imposible, pero la Virgen también lo sabe y acepta nuestro deseo y nuestro esfuerzo.
Para rezarlo con devoción, convendrá reservarle una hora oportuna. “Un triste medio de no rezar el Rosario: dejarlo para última hora.
“Al momento de acostarse se recita, por lo menos, de mala manera y sin meditar los misterios. Así, difícilmente se evita la rutina, que ahoga la verdadera piedad, la única piedad”13. “Siempre retrasas el Rosario para luego, y acabas por omitirlo a causa del sueño. —Si no dispones de otros ratos, recítalo por la calle y sin que nadie lo note. Además, te ayudará a tener presencia de Dios”14.
El Rosario tiene la ventaja de que puede rezarse en cualquier parte: en la iglesia, en la calle, en el coche..., solo o en familia, mientras se espera en la sala de visitas del médico, o en la cola para retirar unos impresos. Pocos cristianos podrán decir con sinceridad que no encuentran tiempo para rezar “la oración más querida y recomendada por la Iglesia”.
Un día, el Señor nos mostrará las consecuencias de haber rezado, con devoción, aunque con algunas distracciones también, el Santo Rosario: desastres que se evitaron por especial intercesión de la Virgen, ayudas a personas queridas, conversiones, gracias ordinarias y extraordinarias para nosotros y para otros, y los muchos que se beneficiaron de esta oración y a quienes ni siquiera conocíamos.
Esta oración tan eficaz y grata a la Virgen será en muchos momentos de nuestra vida el cauce más eficaz para pedir, para dar gracias. También para reparar por nuestros pecados: ““Virgen Inmaculada, bien sé que soy un pobre miserable, que no hago más que aumentar todos los días el número de mis pecados...”. Me has dicho que así hablabas con Nuestra Madre, el otro día.
“Y te aconsejé, seguro, que rezaras el Santo Rosario: ¡bendita monotonía de avemarías que purifica la monotonía de tus pecados!”15.


1 San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Rialp, 24ª ed., Madrid 1979, Al lector, p. 11. — 2 Pío XII, Alocución, 16-X-1940. — 3 Juan XXIII, Enc. Grata recordatio, 26-lX-1959. — 4 San Josemaría Escrivá, loc. cit., p. 15. — 5 Pablo VI, Enc. Marialis cultus, 46. — 6 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 67. — 7 Pablo VI, loc. cit., 54. — 8 Juan Pablo II, Ángelus en Otranto, 5-X-1980. — 9 ídem, Homilía, 12-X-1980. — 10 San Josemaría Escrivá, loc. cit., p. 9. — 11 San Alfonso Mª de Ligorio, Tratado de la oración. — 12 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 83, a. 3. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 476. — 14 Ibídem, n. 478. — 15 Ibídem, n. 475.

viernes, 7 de mayo de 2010

A vosotros os llamo amigos.


EL VALOR DE LA AMISTAD

Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 12-17
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"Mi mandamiento es éste: Amense unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. En adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre. No me eligieron ustedes a mí: fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero. Así, el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Lo que yo les mando es esto: que se amen unos a otros".
Palabra del Señor.Gloria a ti, Señor Jesús.


† Meditación diaria
Pascua. 5ª semana. Viernes
EL VALOR DE LA AMISTAD

— Jesús, “el amigo que nunca traiciona”. En Él aprendemos el verdadero sentido de la amistad.
— La amistad es un gran bien humano que podemos sobrenaturalizar. Cualidades de la verdadera amistad.
— Apostolado con los amigos.


I. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos (...). Ya no os llamo siervos (...), a vosotros os llamo amigos1, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa.
Jesús es nuestro Amigo. En Él encontraron los Apóstoles su mejor amistad. Era alguien que les quería, con quien podían comunicar sus penas y alegrías, a quien podían preguntar con entera confianza. Sabían bien lo que deseaba expresar cuando les decía: amaos los unos a los otros... como Yo os he amado2. Las hermanas de Lázaro no encuentran mejor título que el de la amistad para solicitar su presencia: tu amigo está enfermo3, le mandan decir. Es el mayor argumento que tienen a mano.
Jesús buscó y facilitó la amistad a todos aquellos que encontró por los caminos de Palestina. Aprovechaba siempre el diálogo para llegar al fondo de las almas y llenarlas de amor. Y además de su infinito amor por todos los hombres, manifestó su amistad con personas bien determinadas: los Apóstoles, José de Arimatea, Nicodemo, Lázaro y su familia... Al mismo Judas no le negó el honroso título de amigo en el mismo momento en que este le entregaba en manos de sus enemigos. Estimaba mucho la amistad de sus amigos; a Pedro le preguntará después de las negaciones: ¿me amas?4, ¿eres mi amigo?, ¿puedo confiar en ti? Y le entrega su Iglesia: Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas.
“Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva”5. Él, que ha compartido nuestra vida, quiere compartir también nuestras cargas: Yo os aliviaré6, nos dice a todos. Es el mismo que desea ardientemente que compartamos su gloria por toda la eternidad.
Jesucristo es el Amigo que nunca traiciona7, que cuando vamos a verle, a hablarle, está siempre disponible, que nos espera con el mismo calor de bienvenida, aunque por nuestra parte haya habido olvido y frialdad. Él ayuda siempre, anima siempre, consuela en toda ocasión.
La amistad con el Señor, que nace y se acrecienta en la oración y en la digna recepción de los sacramentos, nos hace entender mejor el significado de la amistad humana, que la Sagrada Escritura califica como un tesoro: Un amigo fiel –dice el Eclesiastés– es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable8. Los Apóstoles aprendieron de Cristo el verdadero sentido de la amistad. Y los Hechos de los Apóstoles nos muestran cómo San Pablo tuvo muchos amigos, a quienes quería entrañablemente, los echa de menos cuando están ausentes y se llena de alegría cuando tiene noticias de ellos9. La antigüedad cristiana nos ha dejado testimonios de grandes amistades entre los primeros hermanos en la fe.
II. El trato diario y la amistad con Jesucristo nos llevan a una actitud abierta, comprensiva, que aumenta la capacidad de tener amigos. La oración afina el alma y la hace especialmente apta para comprender a los demás, aumenta la generosidad, el optimismo, la cordialidad en la convivencia, la gratitud..., virtudes que facilitan al cristiano el camino de la amistad.
La amistad verdadera es desinteresada, pues más consiste en dar que en recibir; no busca el provecho propio, sino el del amigo: “El amigo verdadero no puede tener, para su amigo, dos caras: la amistad, si ha de ser leal y sincera, exige renuncias, rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y sincero en la medida en que, de acuerdo con la prudencia sobrenatural, piensa generosamente en los demás, con personal sacrificio. Del amigo se espera la correspondencia al clima de confianza, que se establece con la verdadera amistad; se espera el reconocimiento de lo que somos y, cuando sea necesaria, también la defensa clara y sin paliativos”10.
Para que haya verdadera amistad es necesario que exista correspondencia, es preciso que el afecto y la benevolencia sean mutuos11. Si es verdadera, la amistad tiende siempre a hacerse más fuerte: no se deja corromper por la envidia, no se enfría por las sospechas, crece en la dificultad12, “hasta sentir al amigo como otro yo, por lo que dice San Agustín: Bien dijo de su amigo el que le llamó la mitad de su alma”13. Entonces se comparten con naturalidad las alegrías y las penas.
La amistad es un bien humano y, a su vez, ocasión para desarrollar muchas virtudes humanas, porque crea “una armonía de sentimientos y gustos que prescinde del amor de los sentidos, pero, en cambio, desarrolla hasta grados muy elevados, e incluso hasta el heroísmo, la dedicación del amigo al amigo. Creemos –enseñaba Pablo VI– que los encuentros (...) dan ocasión a almas nobles y virtuosas para gozar de esta relación humana y cristiana que se llama amistad. Lo cual supone y desarrolla la generosidad, el desinterés, la simpatía, la solidaridad y, especialmente, la posibilidad de mutuos sacrificios”14.
El buen amigo no abandona en las dificultades, no traiciona; nunca habla mal del amigo, ni permite que, ausente, sea criticado, porque sale en su defensa. Amistad es sinceridad, confianza, compartir penas y alegrías, animar, consolar, ayudar con el ejemplo.
III. A lo largo de los siglos, la amistad ha sido un camino por el que muchos hombres y mujeres se han acercado –se están acercando– a Dios y han alcanzado el Cielo. Es un sendero natural y sencillo, que elimina muchos obstáculos y dificultades. El Señor tiene en cuenta con frecuencia este medio para darse a conocer. Los primeros que le conocieron fueron a comunicar esta buena nueva a quienes amaban. Andrés trajo a Pedro, su hermano; Felipe, a su amigo Natanael; Juan seguramente llevó al Señor a su hermano Santiago...
Así se difundió la fe en Cristo en la primera cristiandad: a través de los hermanos, de padres a hijos, de los hijos a los padres, del siervo a su señor y a la inversa, del amigo al amigo. La amistad es una base excepcional para dar a conocer a Cristo, porque es el medio natural para comunicar sentimientos, compartir penas y alegrías de quienes están junto a nosotros por razones de familia, de trabajo, de aficiones...
Es propio de la amistad dar al amigo lo mejor que se posee. Nuestro más alto valor, sin comparación posible, es el haber encontrado a Cristo. No tendríamos verdadera amistad si no comunicáramos el inmenso don de nuestra fe cristiana. Nuestros amigos deben encontrar en nosotros, los cristianos que quieren seguir de cerca a Jesús, apoyo y fortaleza y un sentido sobrenatural para su vida. La seguridad de encontrar comprensión, interés, atención les moverá a abrir su corazón confiadamente, con la seguridad de que se les quiere, de que se está dispuesto a ayudarles. Y esto, mientras realizamos nuestras tareas normales de todos los días, procurando ser ejemplares en la profesión o en el estudio, fomentando siempre la amistad, estando abiertos al trato y al afecto con todos, impulsados por la caridad.
La amistad nos lleva a iniciar a nuestros amigos en una verdadera vida cristiana si están lejos de la Iglesia, o a que reemprendan el camino que un mal día abandonaron, si dejaron de practicar la fe que recibieron. Con paciencia y constancia, sin prisa, sin pausa, se irán acercando al Señor, que les espera. En ocasiones podremos hacer junto con ellos un rato de oración, una obra de misericordia visitando a un enfermo o a una persona necesitada, les pediremos que nos acompañen a hacer una visita a Jesús sacramentado... Cuando sea oportuno les hablaremos del sacramento de la misericordia divina, la Confesión, y les ayudaremos a prepararse para recibirlo. ¡Cuántas confidencias al abrigo de la amistad son caminos abiertos al apostolado por el Espíritu Santo! “Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es “apostolado de la confidencia”“15.
La amistad todo lo puede con la ayuda de la gracia; ayuda que debemos implorar del Señor con oración y mortificación. Como nunca les hemos ocultado nuestra fe en Cristo, les parecerá natural que les hablemos con frecuencia de lo más esencial de nuestra vida, lo mismo que ellos nos hablan de los asuntos que consideran de más importancia.
El Señor desea que tengamos muchos amigos porque es infinito su amor por los hombres y nuestra amistad es un instrumento para llegar a ellos. ¡Cuántas personas con las que cada día nos relacionamos están esperando, aun sin saberlo, que les llegue la luz de Cristo! ¡Qué alegría la nuestra cada vez que un amigo nuestro se hace amigo del Amigo!
Jesús, que pasó haciendo el bien16, y que se ganó el corazón de tantas personas, es nuestro Modelo. Así hemos de pasar nosotros por la familia, el trabajo, los vecinos, los amigos. Hoy es un día oportuno para que nos preguntemos si las personas que habitualmente se relacionan con nosotros se sienten movidas por nuestro ejemplo y nuestra palabra a estar más cerca del Señor, si nos preocupa su alma, si se puede decir con verdad que, como Jesús, estamos pasando por su vida haciendo el bien.

1 Jn 15, 13-15. — 2 Jn 13, 34; 15, 12. — 3 Jn 11, 3. — 4 Jn 21, 16. — 5 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 116. — 6 Mt 11, 28. — 7 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 88. — 8 Ecl 6, 14. — 9 Cfr. 2 Cor 2, 13. — 10 San Josemaría Escrivá, Carta, 11-III-1940, citado por J. Cardona en Gran Enciclopedia Rialp, voz Amistad II. — 11 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q. 23, a. 1. — 12 Cfr. Beato Elredo, Trat. sobre la amistad espiritual, 3. — 13 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 28, a. 1. — 14 Pablo VI, Alocución, 26-VII-1978. — 15 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 973. — 16 Hech 10, 38.

jueves, 6 de mayo de 2010

Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor.



Dios de poder y de misericordia, cuya gracia convierte al pecador en justo y da felicidad al afligido, conserva en nosotros el don de tu amor, para que podamos perseverar con fortaleza en la fe que nos ha justificado.

OFRECER LAS OBRAS DEL DíA



Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen.

† Lectura del santo Evangelio según san Juan (15, 9-11)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
“Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”.
Palabra del Señor.Gloria a ti, Señor Jesús.


† Meditación diaria
Pascua. 5ª semana. Jueves

OFRECER LAS OBRAS DEL DíA

— El ofrecimiento de obras dirige a Dios nuestro día desde los comienzos. Nuestra primera oración.
— Cómo hacerlo. El “minuto heroico”.
— El ofrecimiento de obras y la Santa Misa. Ofrecer nuestra tarea al Señor muchas veces al día.


I. Para ordenar nuestra vida, el Señor nos ha dado los días y las noches. El día habla al día y la noche comunica sus pensamientos a la noche1. Y cada nuevo día, al despedirse el día pasado, nos recuerda que hemos de continuar nuestros trabajos interrumpidos y renovar nuestros proyectos y nuestras esperanzas. “El hombre sale a trabajar hasta el anochecer: entonces llega la noche y, con una amable sonrisa, (Dios) nos manda dejar todos nuestros juguetes, con los cuales nos alborotamos tanto nosotros (...), nos cierra los libros, nos esconde las distracciones, extiende un gran manto negro sobre nuestra vida...; cuando la oscuridad se cierra a nuestro alrededor, vivimos un ensayo general de la muerte; el alma y el cuerpo se dan las buenas noches... Luego llega la mañana y con la mañana el renacimiento”2.
Cada día comienza, en cierto modo, con un nacimiento y acaba con una muerte; cada día es como una vida en miniatura. Al final, nuestro paso por el mundo habrá sido santo y agradable a Dios si hemos procurado que cada jornada fuera grata a Dios, desde que despunta el sol hasta su ocaso. También la noche, porque del mismo modo la hemos ofrecido al Señor. El hoy es lo único de que disponemos para santificarlo. El día habla al día; el día de ayer susurra al de hoy, y nos dice de parte del Señor: Comienza bien. “Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti”3. El día de ayer ha desaparecido para siempre, con todas sus posibilidades y con todos sus peligros. De él solo han quedado motivos de contrición por las cosas que no hicimos bien, y motivos de gratitud por las innumerables gracias, beneficios y cuidados que recibimos de Dios. El “mañana” está aún en las manos del Señor.
Lo que debemos santificar es el día de hoy. ¿Y cómo vamos a empezarlo si no es ofreciéndoselo a Dios? Solo quienes no conocen a Dios y los cristianos tibios comienzan sus días de cualquier manera. El ofrecimiento de obras por la mañana es un acto de piedad que orienta bien el día, que lo dirige a Dios desde sus comienzos, de la misma manera que la brújula señala al Norte. El ofrecimiento de obras nos dispone desde el primer momento para escuchar y atender las innumerables inspiraciones y mociones del Espíritu Santo en este día, que ya no se repetirá nunca más. Hoy si oís su voz no queráis endurecer vuestros corazones4. Y en cada jornada nos habla Dios.
Le decimos al Señor que le queremos servir en el día de hoy, que le queremos tener presente. “Renovad cada mañana, con un serviam! decidido –¡te serviré, Señor!–, el propósito de no ceder, de no caer en la pereza o en la desidia, de afrontar los quehaceres con más esperanza, con más optimismo, bien persuadidos de que si en alguna escaramuza salimos vencidos podremos superar ese bache con un acto de amor sincero”5.
Nuestras obras llegarán antes a Dios si hacemos el ofrecimiento a través de su Madre, que es también Madre nuestra. “Aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa”6.
II. La costumbre de ofrecer el día a Dios también la vivían los primeros cristianos: “apenas despertar, antes de enfrentarse de nuevo con el trasiego de la vida, antes de concebir en su corazón cualquier impresión, antes incluso de acordarse del cuidado de sus intereses familiares, consagran al Señor el nacimiento y principio de sus pensamientos”7.
San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a ofrecer todo su día a Dios. Recomendaba a los primeros cristianos de Corinto: Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios8. Y a los colosenses: Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él9.
Muchos buenos cristianos tienen el hábito adquirido de dirigir su primer pensamiento a Dios. Y enseguida el “minuto heroico”, que es una buena ayuda para hacer bien el ofrecimiento de obras y comenzar bien el día. “Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y... ¡arriba! —El minuto heroico: ahí tienes una mortificación que fortalece tu voluntad y no debilita tu naturaleza”10. “Si, con la ayuda de Dios, te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de la jornada.
“¡Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza!”11.
Aunque no hay por qué adaptarse a una fórmula concreta, es conveniente tener un modo habitual de hacer esta práctica de piedad, tan útil para que marche bien toda la jornada. Unos recitan alguna oración sencilla aprendida de pequeños... o de mayores. Es muy conocida esta oración a la Virgen, que sirve a la vez de ofrecimiento de obras y de consagración personal diaria a Nuestra Señora: ¡Oh Señora mía! ¡Oh madre mía! Yo me ofrezco del todo a Vos, y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, ¡oh Madre de bondad!, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén.
Aparte del ofrecimiento de obras, cada cual verá lo que estima oportuno añadir a sus oraciones al levantarse: alguna oración más a la Virgen, a San José, al Ángel de la Guarda. Es un momento también oportuno para traer a la memoria los propósitos de lucha que se concretaron en el examen de conciencia del día anterior, renovando el deseo y pidiendo a Dios la gracia para cumplirlos.
Señor, Dios todopoderoso, que nos has hecho llegar al comienzo de este día: sálvanos hoy con tu poder, para que no caigamos en ningún pecado; sino que nuestras palabras, pensamientos y acciones sigan el camino de tus mandatos12.
III. Hemos de dirigirnos al Señor cada día pidiéndole ayuda para tenerle siempre presente; y no solo en los momentos expresamente dedicados a hablar con Él, sino también en las normales actividades diarias, pues queremos que además de estar bien realizadas sean oración grata a Dios. Por eso podemos decir con la Iglesia: Te pedimos, Señor, que prevengas nuestras acciones y nos ayudes a proseguirlas, para que todo nuestro trabajo empiece en Ti y por Ti alcance su fin13.
En la Santa Misa encontramos el momento más oportuno para renovar el ofrecimiento de nuestra vida y de las obras del día. Cuando el sacerdote ofrece el pan y el vino, nosotros ofrecemos cuanto somos y poseemos, y todo aquello que nos proponemos hacer en esa jornada que comienza. En la patena ponemos la memoria, la inteligencia, la voluntad... Además, familia, trabajo, alegrías, dolor, preocupaciones... Y las jaculatorias y actos de desagravio, las comuniones espirituales, las pequeñas mortificaciones, los actos de amor con que esperamos llenar el día. Siempre resultarán pobres y pequeños estos dones que ofrecemos, pero al unirse a la oblación de Cristo en la Misa se hacen inconmensurables y eternos. “Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechas en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (Cfr. 1 Pdr 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor”14.
En el altar, junto al pan y al vino, hemos dejado cuanto somos y poseemos: ilusiones, amores, trabajos, preocupaciones... Y en el momento de la Consagración se lo entregamos definitivamente a Dios. Ahora, ya nada de eso es solo nuestro, y por tanto –como quien lo ha recibido en depósito y administración– deberemos utilizarlo para el fin al que lo hemos destinado: para la gloria de Dios y para hacer el bien a quienes están cerca de nosotros.
El haber ofrecido todas nuestras obras a Dios nos ayudará a hacerlas mejor, a trabajar con más eficacia, a estar más alegres en la vida de familia aunque estemos cansados, a ser mejores ciudadanos, a vivir mejor la convivencia con todos. El ofrecimiento de nuestras obras podemos repetirlo, aunque solo sea con el pensamiento, muchas veces a lo largo del día; por ejemplo, cuando iniciamos una nueva actividad, o cuando lo que estamos haciendo nos resulte particularmente dificultoso. El Señor también acepta nuestro cansancio, que así adquiere un valor redentor.
Vivamos cada día como si fuera el único que tenemos para ofrecer a Dios, procurando hacer las cosas bien, rectificando cuando las hemos hecho mal. Y un día será el último y también se lo habremos ofrecido a Dios nuestro Padre. Entonces, si hemos procurado vivir ofreciendo continuamente a Dios nuestra vida, oiremos a Jesús que nos dice, como al buen ladrón: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso15.



1 Sal 18, 3. — 2 R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, 2ª ed., Madrid 1962, pp. 45-46. — 3 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 253. — 4 Sal 94, 7-8. — 5 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 217. — 6 San Bernardo, Hom. en la Natividad de la B. Virgen María, 18. — 7 Casiano, Colaciones, 21. — 8 1 Cor 10, 31. — 9 Col 3, 17. — 10 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 206. — 11 Ibídem, n. 191. — 12 Liturgia de las Horas. Laudes. — 13 Ibídem, Oración de Laudes. Lunes 1ª semana. — 14 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 34. — 15 Lc 23, 43.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Maria, Flor de cada día.


MARÍA REINA DEL MUNDO Y DE LA PAZ

LA VID Y LOS SARMIENTOS

Permanezcan en mí y yo en ustedes, dice el Señor; el que permanece en mí da fruto abundante.

† Lectura del santo Evangelio según san Juan (15, 1-8)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.
Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.
Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”.
Palabra del Señor.Gloria a ti, Señor Jesús.


† Meditación diaria
Pascua. 5ª semana. Miércoles

LA VID Y LOS SARMIENTOS

— Jesucristo es la vid verdadera. La vida divina en el alma.
— “Jesús nos poda para que demos más fruto”. Sentido del dolor y de la mortificación. La Confesión frecuente.
— Unión con Cristo. El apostolado, “sobreabundancia de la vida interior”. El sarmiento seco.


I. Yo soy la verdadera vid, y vosotros los sarmientos; el que permanece en mí, y yo en él, ése da fruto abundante, leemos en el Evangelio de la Misa1.
El pueblo elegido había sido comparado con frecuencia, por su ingratitud, a una viña; así, se habla de la ruina y restauración de la viña arrancada de Egipto y plantada en otra tierra2; en otra ocasión, Isaías expresa la queja del Señor porque su viña, después de incontables cuidados, esperando que le daría uvas le dio agrazones, uvas amargas3. También Jesús utilizó la imagen de la viña para significar el rechazo de los judíos al Mesías y la llamada a los gentiles4.
Pero aquí el Señor emplea la imagen de la vid y de los sarmientos en un sentido totalmente nuevo. Cristo es la verdadera vid, que comunica su propia vida a los sarmientos. Es la vida de la gracia que fluye de Cristo y se comunica a todos los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. Sin esa savia nueva no producen ningún fruto porque están muertos, secos.
Es una vida de tan alto valor, que Jesús derramó hasta la última gota de su sangre para que nosotros pudiésemos recibirla. Todas sus palabras, acciones y milagros nos introducen progresivamente en esta nueva vida, enseñándonos cómo nace y crece en nosotros, cómo muere y cómo se nos restituye si la hemos perdido5. Yo he venido, nos dice, para que tengan vida y la tengan en abundancia6. Permaneced en mí y yo en vosotros7.
¡Nos hace partícipes de la misma vida de Dios! El hombre, en el momento del Bautismo, es transformado en lo más profundo de su ser, de tal modo que se trata de una nueva generación, que nos hace hijos de Dios, hermanos de Cristo, miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. Esta vida es eterna, si no la perdemos por el pecado mortal. La muerte ya no tiene verdadero poder sobre quien la posea, que no morirá para siempre, cambiará de casa8, para ir a morar definitivamente en el Cielo. Jesús quiere que sus hermanos participen de lo que Él tiene en plenitud. “La vida que de la Trinidad adorable se había derramado en su santa Humanidad se desborda de nuevo, se extiende y se propaga. De la cabeza desciende a los miembros (...). La cepa y los sarmientos forman un mismo ser, se nutren y obran juntamente, produciendo los mismos frutos porque están alimentados por la misma savia”9.
Esto os escribo, nos dice San Juan después de habernos narrado incontables maravillas, para que conozcáis que tenéis la vida eterna10. Esta vida nueva la recibimos o se fortalece de modo particular a través de los sacramentos, que el Señor quiso instituir para que de una manera sencilla y asequible pudiera llegar la Redención a todos los hombres. En estos siete signos eficaces de la gracia encontramos a Cristo, el manantial de todas las gracias. “Allí nos habla Él, nos perdona, nos conforta; allí nos santifica, allí nos da el beso de la reconciliación y de la amistad; allí nos da sus propios méritos y su propio poder; allí se nos da Él mismo”11.
II. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto12.
El cristiano que rompe con los canales por los que le llega la gracia –la oración y los sacramentos– se queda sin alimento para su alma, y “esta acaba muriendo a manos del pecado mortal, porque sus reservas se agotan y llega un momento en que ni siquiera es necesaria una fuerte tentación para caer: se cae él solo porque carece de fuerzas para mantenerse de pie. Se muere porque se le acaba la vida. Pero si los canales de la gracia no están expeditos porque una montaña de desgana, negligencia, pereza, comodidad, respetos humanos, influencias del ambiente, prisas y otros quehaceres (...) los obstruye, entonces la vida del alma va languideciendo y uno malvive hasta que acaba por morir. Y, desde luego, su esterilidad es total, porque no da fruto alguno”13.
La voluntad del Señor, sin embargo, es que demos fruto y lo demos en abundancia14. Por eso poda al sarmiento para que dé más fruto. Y dice Jesús a continuación: Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado15. El Señor ha utilizado el mismo verbo para hablar de la poda de los sarmientos y de la limpieza de sus discípulos. Al pie de la letra habría que traducir: “A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto”16.
Hemos de decirle con sinceridad al Señor que estamos dispuestos a dejar que arranque todo lo que en nosotros es un obstáculo a su acción: defectos del carácter, apegamientos a nuestro criterio o a los bienes materiales, respetos humanos, detalles de comodidad o de sensualidad... Aunque nos cueste, estamos decididos a dejarnos limpiar de todo ese peso muerto, porque queremos dar más fruto de santidad y de apostolado.
El Señor nos limpia y purifica de muchas maneras. En ocasiones permitiendo fracasos, enfermedades, difamaciones... “¿No has oído de labios del Maestro la parábola de la vid y los sarmientos? —Consuélate: te exige, porque eres sarmiento que da fruto... Y te poda, “ut fructum plus afferas” —para que des más fruto.
“¡Claro!: duele ese cortar, ese arrancar. Pero, luego, ¡qué lozanía en los frutos, qué madurez en las obras!”17.
También ha querido el Señor que tengamos muy a mano el sacramento de la Penitencia, para que purifiquemos nuestras frecuentes faltas y pecados. La recepción frecuente de este sacramento, con verdadero dolor de los pecados, está muy relacionada con esa limpieza de alma necesaria para todo apostolado.
III. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí18.
En el trato personal con Jesucristo nos disponemos y aprendemos a ser eficaces, a comprender, a estar alegres, a querer de verdad a los demás y a llevarlos más cerca de Dios; a ser buenos cristianos, en definitiva. “Por tanto –comenta San Agustín–, todos nosotros, unidos a Cristo nuestra Cabeza, somos fuertes, pero separados de nuestra Cabeza no valemos para nada (...). Porque unidos a nuestra cabeza somos vid; sin nuestra cabeza (...) somos sarmientos cortados, destinados no al uso de los agricultores, sino al fuego. De aquí que Cristo diga en el Evangelio: Sin mí no podéis hacer nada. ¡Oh Señor! Sin ti nada, contigo todo (...). Sin nosotros Él puede mucho o, mejor, todo; nosotros sin Él nada”19.
Son muy diversos los frutos que el Señor espera de nosotros. Pero todo sería inútil, como el intentar recoger buenos racimos de un sarmiento que quedó desgajado de la cepa, si no tenemos vida de oración, si no estamos unidos al Señor. “Mirad esos sarmientos repletos, porque participan de la savia del tronco: solo así se han podido convertir en pulpa dulce y madura, que colmará de alegría la vista y el corazón de la gente (Cfr. Sal 103, 15), aquellos minúsculos brotes de unos meses antes. En el suelo quedan quizá unos palitroques sueltos, medio enterrados. Eran sarmientos también, pero secos, agostados. Son el símbolo más gráfico de la esterilidad”20.
La vida de unión con el Señor trasciende el ámbito personal y se manifiesta en el modo de trabajar, en el trato con los demás, en las atenciones con la familia..., en todo. De esa unidad con el Señor brota la riqueza apostólica, pues “el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de la vida interior”21. Ya que Cristo es “la fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital que tengan con Cristo. Lo afirma el Señor: El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Esta vida de unión íntima con Cristo en la Iglesia se nutre con los auxilios espirituales comunes a todos los fieles... Los laicos deben servirse de estos auxilios de tal forma que, al cumplir debidamente sus obligaciones en medio del mundo, en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Cristo de su vida privada, sino que crezcan intensamente en esa unión, realizando sus tareas en conformidad con la Voluntad de Dios”22.
En todas las facetas de la vida pasa lo mismo: “nadie da lo que no tiene”. Solo del árbol bueno se pueden recoger frutos buenos. “Los sarmientos de la vid son de lo más despreciable si no están unidos a la cepa; y de lo más noble si lo están (...). Si se cortan no sirven de nada, ni para el viñador ni para el carpintero. Para los sarmientos una de dos: o la vid o el fuego. Si no están en la vid, van al fuego; para no ir al fuego, que estén unidos a la vid”23.
¿Estamos dando los frutos que el Señor esperaba de nosotros? A través de nuestro trato, ¿se han acercado nuestros amigos a Dios? ¿Hemos facilitado que alguno de ellos se encamine al sacramento de la Confesión? ¿Damos frutos de paz y de alegría en medio de quienes más tratamos cada día? Son preguntas que nos podrían ayudar a concretar algún propósito antes de terminar nuestra oración. Y lo hacemos junto a María, que nos dice: Como vid eché hermosos sarmientos, y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos24. El que me halla a mí, halla la vida y alcanzará el favor de Yahvé25. Ella es el camino corto por el que llegamos a Jesús, que nos llena de su vida divina.
1 Jn 15, 1-8. — 2 Cfr. Sal 79. — 3 Cfr. Is 5, 1-5. — 4 Cfr. Mt 21, 33-34. — 5 Cfr. P. M. de la Croix, Testimonio espiritual del Evangelio de San Juan, Rialp, Madrid 1966, p. 141. — 6 Jn 10, 10. — 7 Jn 15, 4. — 8 Cfr. Misal Romano, Prefacio de difuntos I. — 9 M. V. Bernadot, De la Eucaristía a la Trinidad, Palabra, Madrid 1976, pp. 12-13. — 10 1 Jn 5, 13. — 11 E. Boylan, El amor supremo, Rialp, 3ª ed., Madrid 1963, p. 210. — 12 Jn 15, 2. — 13 F. Suárez, La vid y los sarmientos, Rialp, 2ª ed., Madrid 1980, pp. 41-42. — 14 Cfr. Jn 15, 8. — 15 Jn 15, 3. — 16 Cfr. nota a Jn 15, 2, en Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983. — 17 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 701. — 18 Jn 15, 4-6. — 19 San Agustín, Comentario al Salmo 30, II, 1, 4. — 20 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 254. — 21 Ibídem, 239. — 22 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4. — 23 San Agustín, Trat. Evangelio de San Juan, 81, 3. — 24 Eclo 24, 17.— 25 Prov 8, 35.