Páginas

A d o n a i

Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas

jueves, 8 de julio de 2010

MISIÓN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 7-15
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"Vayan y proclamen que está llegando el Reino de los cielos. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos, expulsen a los demonios; gratis lo han recibido, entréguenlo también gratis.
No lleven oro ni plata ni dinero en el bolsillo; ni morral para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero tiene derecho a su sustento.
Cuando lleguen a cualquier pueblo, averigüen quién hay en él digno de recibirlos y quédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar en la casa, saluden, y si lo merecen, la paz de su saludo permanecerá con ellos; si no, regresará a ustedes. Si no los reciben ni escuchan su mensaje, salgan de esa casa o de ese pueblo y sacúdanse el polvo de los pies.
Les aseguro que el día del juicio será más llevadero para Sodoma y Gomorra que para ese pueblo".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
14ª Semana. Jueves

MISIÓN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

— La Iglesia anuncia el mensaje de Cristo y realiza su obra en el mundo.
— La misión de la Iglesia es de orden sobrenatural, pero no se desentiende de las tareas que afectan a la dignidad humana.
— Los cristianos manifiestan su unidad de vida en la promoción de obras de justicia y de misericordia.


I. Jesús consuma la obra de la Redención con su Pasión, Muerte y Resurrección. Tras su Ascensión al Cielo, envía al Espíritu Santo, para que sus discípulos puedan anunciar el Evangelio y hacer a todos partícipes de la salvación. Los Apóstoles son, así, los obreros enviados a la mies por su dueño, los siervos enviados para llamar a los invitados a las bodas, y a los que encomienda llenar la sala del banquete1.
Pero además de esta misión, los Apóstoles representan a Cristo mismo y al Padre: el que a vosotros oye a Mí me oye, y el que a vosotros desecha a Mí me desecha, y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me envió2. La misión de los Apóstoles quedará unida íntimamente a la misión de Jesús: como el Padre me envió, así también os envío Yo3. Precisamente será a través de ellos como la misión de Cristo se hará extensiva a todas las naciones y a todos los tiempos. La Iglesia, fundada por Cristo y edificada sobre los Apóstoles, sigue anunciando el mismo mensaje del Señor y realiza su obra en el mundo4.
El Evangelio de la Misa de hoy5 narra cómo Jesús urge a los Doce, a quienes acaba de elegir, para que salgan a cumplir su nueva tarea. Este primer cometido es preparación y figura del envío definitivo, que tendrá lugar después de la Resurrección. Entonces les dirá: Id..., predicad el Evangelio, haced discípulos a todas las naciones. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo6. Hasta la llegada de Jesús, los Profetas habían anunciado al pueblo escogido del Antiguo Testamento los bienes mesiánicos, a veces en imágenes acomodadas a su mentalidad todavía poco madura para entender la realidad que estaba ya próxima. Ahora –en esta primera misión apostólica–, Jesús envía a sus Apóstoles para que anuncien que el Reino de Dios prometido es inminente, poniendo de manifiesto sus aspectos espirituales. El Señor les concreta lo que han de predicar: el Reino de los Cielos está cerca. Nada les dice de la liberación del yugo romano que padecía la nación, o del sistema social y político en el que han de vivir, o de otras cuestiones exclusivamente terrenas. Ni vino Cristo para esto, ni para esto han sido ellos elegidos. Vivirán para dar testimonio de Cristo, difundir su doctrina y hacer partícipes de su salvación a todos los hombres. Este mismo camino siguió San Pablo. “Si le preguntamos qué cosas solía tratar en la predicación, él mismo las compendia así: nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este, crucificado (1 Cor 2, 2). Hacer que los hombres conociesen más y más a Jesucristo, con un conocimiento que no se parase solo en la fe, sino que se tradujera en las obras de la vida, esto es en lo que se esforzó con todo el empeño de su corazón el Apóstol”7.
La Iglesia, continuadora en el tiempo de la obra de Jesucristo, tiene la misma misión sobrenatural que su Divino Fundador transmitió a los Apóstoles. “Para esto ha nacido la Iglesia: para, dilatando el Reino de Cristo por toda la tierra, hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, y, por medio de ellos, orientar verdaderamente todo el mundo hacia Cristo”8. Su misión trasciende los movimientos sociales, las ideologías, las reivindicaciones de grupos...; al mismo tiempo, desde una nueva perspectiva y solicitud, está hondamente interesada por todos los problemas humanos, y trata de orientarlos al fin sobrenatural y verdaderamente humano del hombre.

II. Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar. La misión de nuestra Madre la Iglesia es dar a los hombres el tesoro más sublime que podemos imaginar, conducirlos a su destino sobrenatural y eterno a través principalmente de la predicación y de los sacramentos: “este, y no otro, es el fin de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una. Para eso el Padre envió al Hijo, y yo os envío también a vosotros (Jn 20, 21). De ahí el mandato de dar a conocer la doctrina y de bautizar, para que en el alma habite, por la gracia, la Trinidad Beatísima”9. El mismo Jesús nos anunció: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia10. No se refería el Señor a una vida terrena cómoda y sin dificultades, sino a la vida eterna. Vino a liberarnos principalmente de aquello que nos impide alcanzar la vida definitiva: el pecado, que es el único mal absoluto. Así nos da también la posibilidad de superar las múltiples consecuencias del pecado en este mundo: la angustia, las injusticias, la soledad..., o de llevarlas por Dios con alegría cuando no se pueden evitar, convirtiendo el dolor en sufrimiento fecundo que conquista la eternidad.
La Iglesia no toma partido por opciones temporales determinadas, como no lo hizo su Maestro. Quienes, sin fe, le vieron casi solo en la cruz, pudieron pensar que había fracasado, “precisamente por no optar por una de las soluciones humanas: ni judíos ni romanos le siguieron. Pero no; fue precisamente lo contrario: judíos y romanos, griegos y bárbaros, libres y esclavos, hombres y mujeres, sanos y enfermos, todos van siguiendo a ese Dios hecho hombre, que nos ha liberado del pecado, para encaminarnos a un destino eterno, donde únicamente se cumplirá la verdadera realización, libertad y plenitud del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, y cuya aspiración más profunda rebasa cualquier tarea pasajera, por noble que sea”11.
La Iglesia tiene como misión llevar a sus hijos a Dios, a su destino eterno. Pero no se desentiende de las tareas humanas; por su misma misión espiritual, mueve a sus hijos y a todos los hombres a que tomen conciencia de la raíz de donde provienen todos los males, y urge a que pongan remedio a tantas injusticias, a las deplorables condiciones en que viven muchos hombres, que constituyen una ofensa al Creador y a la dignidad humana. La esperanza en el Cielo “no debilita el compromiso en orden al progreso de la ciudad terrena, sino por el contrario le da sentido y fuerza. Conviene ciertamente distinguir bien entre progreso terreno y crecimiento del Reino, ya que no son del mismo orden. No obstante, esta distinción no supone una separación, pues la vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que confirma su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para desarrollar su vida temporal”12.
Nosotros somos corredentores con Cristo, y hemos de preguntarnos si llevamos a nuestros familiares y amigos el don más preciado que tenemos: la fe en Cristo; y junto a este bien incomparable, nos sentimos movidos, charitas enim Christi urget nos13, nos urge la caridad de Cristo, a promover a nuestro alrededor un mundo más justo y mas humano.

III. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos...
Desde el comienzo de la Iglesia, los fieles cristianos llevaban la fe por todas partes, y también desde aquellos primeros momentos una multitud de cristianos “han dedicado sus fuerzas y sus vidas a la liberación de toda forma de opresión y a la promoción de la dignidad humana. La experiencia de los santos y el ejemplo de tantas obras de servicio al prójimo constituyen un estímulo y una luz para las iniciativas liberadoras que se imponen hoy”14, quizá con más urgencia que en otras épocas.
La fe en Cristo nos mueve a sentirnos solidarios de los demás hombres en sus problemas y carencias, en su ignorancia y falta de recursos económicos. Esta solidaridad no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas”, sino “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”15. La fe nos lleva a sentir un hondo respeto por las personas, por toda persona, a no permanecer jamás indiferentes ante las necesidades de los demás: curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios... Seguir a Cristo se manifestará en obras de justicia y de misericordia, en el interés por conocer los principios de la doctrina social de la Iglesia y en llevarlos a cabo en primer lugar en nuestro propio ámbito, donde se desarrolla nuestra vida.
De cada uno de nosotros se debería poder decir al final de la vida que, como Jesucristo, pasó haciendo el bien16: en la familia, en los compañeros de trabajo, en los amigos, en aquellos que encontramos en el camino por cualquier motivo. “Los discípulos de Jesucristo hemos de ser sembradores de fraternidad en todo momento y en todas las circunstancias de la vida. Cuando un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes del Reino. Es preciso que los cristianos sepamos poner en nuestras relaciones cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello del amor cristiano, que es sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre, generosidad, solidaridad y alegría”17.

1 Cfr. Mt 9, 38; Jn 4, 38; Mt 22, 3. — 2 Lc 10, 16. — 3 Jn 20, 21. — 4 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 3. — 5 Mt 10, 7, 15 — 6 Cfr. Mc 16, 15; Mt 28, 18-20. — 7 Benedicto XV, Enc. Humani generis Redemptionem, 15-VI-1917. — 8 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 2. — 9 San Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, Palabra, Madrid 1986, p. 49 — 10 Jn 10, 10. — 11 J. M. Casciaro, Jesucristo y la sociedad política, Palabra, 3ª ed., Madrid 1973, p. 114 — 12 S. C. para la doctrina de la fe, Instr. Libertad cristiana y liberación, 22-II-1986, 60. — 13 2 Cor 5, 14. — 14 S. C. para la doctrina de la fe, o. c., 57. — 15 Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 3-XII-1987, 38. — 16 Cfr. Hech 10, 38 — 17 Conferencia Episcopal Española, Instr. Past. Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, 111.

miércoles, 7 de julio de 2010

ID A JOSE

Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 1-7
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús llamó a sus discípulos y les dio poder para expulsar espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son: primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago, el hijo de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de impuestos; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con las siguientes instrucciones:
"No transiten por regiones de paganos ni entren en los pueblos de Samaria. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Vayan y proclamen que está llegando el Reino de los cielos".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
14ª Semana. Miércoles

ID A JOSÉ

— José, hijo de Jacob, figura de San José, Esposo virginal de María.
— Patrocinio de San José sobre la Iglesia universal y sobre cada uno de nosotros. Acudir a él en las necesidades.
— Ite ad Ioseph... Id a José.


I. Muchos cristianos a lo largo de los siglos, conscientes de la misión excepcional de San José en la vida de Jesús y de María, han buscado en la historia del pueblo hebreo hechos e imágenes que prefiguran al esposo virginal de María, pues el Antiguo Testamento anuncia al Nuevo. Numerosos Padres de la Iglesia han visto un anuncio profético en el personaje del mismo nombre, hijo del Patriarca Jacob. El Papa Pío IX, al proclamar a San José patrono de la Iglesia universal, recogía estos testimonios antiguos. También la Liturgia muestra este mismo paralelismo. No solo tenían el mismo nombre, sino que también es posible encontrar en ellos virtudes y actitudes, en una vida entretejida de pruebas y alegrías, de grandes coincidencias.

José, hijo de Jacob, y el esposo virginal de María, por una serie de circunstancias providenciales, fueron a Egipto: el primero, perseguido por sus hermanos y entregado por envidia que prefigura la traición que se habría de cometer con Cristo; el segundo, huyendo de Herodes para salvar a Aquel que traía la salvación al mundo1.

José, hijo de Jacob, recibió de Dios el don de interpretar los sueños del faraón, siendo advertido así de lo que sucedería más tarde. El nuevo José recibió también en sueños los mensajes de Dios. A aquel –señala San Bernardo– le fue dada la inteligencia de los misterios de los sueños; este mereció conocer y participar de los misterios soberanos2.

Parece como si los sueños del primero, aunque verificados en su persona, hubieran tenido su plena realización en el segundo. Tuvo también José un sueño que contó a sus hermanos... Díjoles... Estábamos nosotros en el campo atando gavillas y vi que se levantaba mi gavilla y se tenía de pie, y las vuestras la rodeaban y se inclinaban ante la mía, adorándola... Tuvo José otro sueño, que contó también a sus hermanos, diciendo: ...He visto que el sol, la luna y once estrellas me adoraban...3. Estos sueños se cumplieron cuando Jacob, su padre, se trasladó a Egipto con toda su familia y se prosternó efectivamente ante José, convertido en virrey del país. Pero, a la vez, podemos pensar que su sueño prefiguraba el misterio de la casa de Nazaret, en la que Jesús, Sol de justicia, y María, alabada en la Liturgia como una brillante Luna blanca y bella, se someterían a la autoridad del jefe de familia, y cuando tantos cristianos acudiesen a él con devoción a solicitar toda clase de ayudas.

El primer José obtuvo la confianza y el favor del faraón y se convirtió en intendente de los graneros de Egipto, y cuando el hambre asolaba los pueblos vecinos y acudían al faraón en demanda de trigo para subsistir, este les decía: Id a José y haced lo que él os diga4. Cuando el hambre cubrió toda la tierra, José abrió los graneros y repartió raciones a los egipcios... Y de todos los países venían a comprar a José, porque el hambre arreciaba en todas partes.

Y ahora que también el hambre asola la tierra –hambre principalmente de doctrina, de piedad, de amor–, la Iglesia nos recomienda: Id a José. Ante tantas necesidades que personalmente padecemos, nos dice: acudid al Santo Patriarca de Nazaret.

Tenemos en nuestra vida momentos de grandes indecisiones, de incertidumbres, de necesidades urgentes. ¡Id a José!, nos dice Jesús: el que en la vida tuvo la misión tan grande de cuidar de Mí y de mi Madre en nuestras necesidades corporales, el que amparó nuestras vidas en tantos momentos difíciles, continuará cuidando de Mí en mis miembros, que son todos los hombres necesitados. Id a José, él os dará todo cuanto os sea necesario.

II. Este es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia5. Son palabras que la Liturgia aplica a San José: padre fiel y solícito, que atiende con prontitud las necesidades de esa gran familia del Señor, que es la Iglesia.

A Jesús le es muy grato que tratemos y pidamos ayuda al que tanto amó Él en la tierra y ahora en el Cielo, del que tantas cosas aprendió, con quien conversó desde que pudo pronunciar las primeras palabras.

José gobernó la casa de Nazaret con autoridad de padre, y la Sagrada Familia no solo simboliza la Iglesia sino que en cierto modo la contenía, como la semilla al árbol, como la fuente al río. La santa casa de Nazaret llevaba las premisas de la Iglesia naciente. Es esta la razón por la que el santo Patriarca «considera particularmente confiada a sí la multitud de los cristianos que componen la Iglesia, es decir, esta inmensa familia esparcida por toda la tierra, sobre la que –por ser Esposo de María y Padre de Jesucristo– posee, por así decir, una autoridad de padre. Por tanto, es cosa natural y dignísima del bienaventurado José que, así como una vez sostuvo todas las necesidades de la familia de Nazaret y la rodeó santamente de su protección, así ahora cubra con su celestial protección y defensa a la Iglesia de Jesucristo»6.

Este patrocinio del santo Patriarca sobre la Iglesia universal es principalmente de orden espiritual; pero se extiende también al orden temporal, como la del otro José, hijo de Jacob, llamado por el rey de Egipto «salvador del mundo».

A él han acudido los santos y los buenos cristianos de todos los tiempos. Santa Teresa relata la gran devoción que tenía a San José y la experiencia de su patrocinio: «No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, ansí del cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que ansí como le fue sujeto en tierra –que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar– ansí en el cielo hace cuanto le pide (...).

»Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso santo a mí y a otras personas (...). Solo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción; en especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas, que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos»7.

III. A San José debemos acudir pidiendo que ampare y proteja a la Iglesia, pues es su defensor y protector. Le pedimos su ayuda en las necesidades de la familia, en las espirituales y en las materiales: Sancte Ioseph, ora pro eis, ora pro me... Ruega por ellos, ruega por mí.

Para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, como para los de cualquier época, constituye San José una figura entrañable, venerable, cuya vocación y dignidad admiramos, y cuya fidelidad en servicio de Jesús y de María agradecemos; «por San José vamos directamente a María, y por María, a la fuente de toda santidad, Jesucristo»8. Él nos enseña a tratar a Jesús con piedad, con respeto y amor: Oh, feliz varón, bienaventurado José –le decimos con una antigua oración de la Iglesia–, a quien fue dado no solo ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo..., enséñanos a recibirlo con amor y reverencia en la Sagrada Comunión, danos una mayor finura de alma. «San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos.

»Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria»9.

San José nos proporciona, además, un modelo, cuya enseñanza callada podemos y debemos empeñarnos en seguir. «José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de Él con abnegación alegre. ¿No será esta una buena razón para que consideremos a este varón justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza, como Maestro de vida interior? La vida interior no es otra cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con Él. Y José sabrá decirnos muchas cosas sobre Jesús. Por eso, no dejéis nunca su devoción, ite ad Ioseph, como ha dicho la tradición cristiana con una frase tomada del Antiguo Testamento (Gen 41, 55).

»Maestro de vida interior, trabajador empeñado en su tarea, servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús: este es José. Ite ad Ioseph. Con San José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret»10.

1 Cfr. M. Gasnier, Los silencios de José, Palabra, 7ª ed., Madrid 2002, pp. 12-13. — 2 Cfr. San Bernardo, Homilía sobre la Virgen Madre, 2. — 3 Cfr. Gen 37, 5-10. — 4 Primera lectura. Año I. Gen 41, 55. — 5 Misal Romano, Misa de la Solemnidad de San José, Antífona de entrada. Lc 12, 42. — 6 León XIII, Enc. Quamquam pluries, 15-VIII-1889. — 7 Santa Teresa, Vida 6. — 8 Benedicto XV, Motu proprio Bonum sane et salutare, 25-VII-1920. — 9 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 553 — 10 ídem, Es Cristo que pasa, 56.

martes, 6 de julio de 2010

LUCHA ASCÉTICA

Siembran vientos y cosechan tempestades

Lectura del libro del profeta Oseas 8, 4-7.11-13

Esto dice el Señor:
"Han puesto reyes sin mi aprobación, han establecido príncipes sin saberlo yo. Con su plata y su oro se han hecho ídolos, para su propia ruina. Me repugna tu becerro, Samaria; mi ira se enciende contra ellos. ¿Hasta cuándo estarán sin purificarse?
Viene de Israel, lo ha hecho un artesano. ¡Eso no es Dios! Será, pues, hecho astillas el becerro de Samaria. Siembran vientos y cosechan tempestades: su grano no dará espigas, ni la espiga, harina; y si la da, extranjeros la devorarán.
Efraín ha multiplicado los altares, pero han sido sólo para pecar. Aunque les escriba miles de leyes, las consideran como de un extraño. Les gusta ofrecerme sacrificios y comer la carne inmolada. Pero el Señor no los acepta, sino que recordará sus culpas, les tomará cuentas de sus pecados y tendrán que regresar a Egipto".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

La cosecha es mucha y los trabajadores pocos
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 9, 32b-38
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo presentaron a Jesús un hombre mudo poseído por un demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo comenzó a hablar. Y la gente decía maravillada:
"Jamás se ha visto nada igual en Israel".
Pero los fariseos decían:
"Expulsa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios".
Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en la sinagogas judías, anunciando la buena noticia del reino y sanando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y desorientados como ovejas son pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
"La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen por tanto al dueño de la cosecha que envíe obreros a recogerla".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
14ª Semana. Martes

LUCHA ASCÉTICA

— Muchos combates se libran cada día en el corazón del hombre. Ayuda constante del Señor.
— Para seguir a Cristo es necesario el esfuerzo diario, alegre y humilde.
— Recomenzar muchas veces. Acudir a la Virgen Nuestra Madre.

I. La lucha misteriosa de Jacob con un ángel con figura de hombre a orillas del río Yaboc señala un cambio radical en la vida del Patriarca. Hasta aquí Jacob había llevado una conducta demasiado humana, apoyado solo en medios puramente naturales. A partir de este momento confiará sobre todo en Dios, que reafirma en él la Alianza con el pueblo elegido.
Pudo Jacob vencer en el combate solamente por la fuerza que Dios le comunicó, y la lección de esta hazaña era que no le había de faltar la bendición y la protección divina en las dificultades venideras1. Así lo expresa el libro de la Sabiduría: Le concedió la palma en duro combate para enseñarle que la piedad prevalece contra todo2.
Para los Santos Padres, esta escena del Antiguo Testamento es imagen del combate espiritual que ha de sostener el cristiano ante fuerzas muy superiores a él, y contra sus propias pasiones y tendencias, inclinadas al mal después del pecado de origen: no es nuestra lucha la sangre y la carne -advierte San Pablo-, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo, contra los espíritus malos de los aires3. Son los ángeles rebeldes, vencidos ya por Cristo, pero que no dejarán de incitar al mal hasta el fin de la vida del hombre. Todos los días hay combates en nuestro corazón, enseña San Agustín. Cada hombre en su alma lucha contra un ejército. Los enemigos son la soberbia, la avaricia, la gula, la sensualidad, la pereza... Y es difícil –añade el santo– que estos ataques no nos produzcan alguna herida4. Sin embargo, tenemos la seguridad de la victoria si echamos mano de los recursos que el Señor nos ha dado: la oración, la mortificación, la sinceridad plena en la dirección espiritual, la ayuda de nuestro Ángel Custodio y, sobre todo, de nuestra Madre Santa María. Además, “si Aquel que ha entregado su vida por nosotros es el juez de esta lucha, ¿qué orgullo y qué confianza no tendremos?
“En los juegos olímpicos, el árbitro permanece en medio de los dos adversarios, sin favorecer ni al uno ni al otro, esperando el desenlace. Si el árbitro se coloca entre los dos contendientes, es porque su actitud es neutral. En el combate que nos enfrenta al diablo, Cristo no permanece indiferente: está por entero de nuestra parte. ¿Cómo puede ser esto? Veis que nada más entrar en la liza –son palabras de San Juan Crisóstomo a unos cristianos en el día de su bautismo– nos ha ungido, mientras que encadenaba al otro. Nos ha ungido con el óleo de la alegría y a él le ha atado con lazos irrompibles para paralizar sus asaltos. Si yo tengo un tropiezo, Él me tiende la mano, me levanta de mi caída, y me vuelve a poner de pie”5.
Por muchas que sean las tentaciones, las dificultades, las tribulaciones, Cristo es nuestra seguridad. ¡Él no nos deja!, ¡Él no es neutral!, está siempre de nuestra parte. Todos podemos decir con San Pablo: Omnia possum in eo qui me confortat... Todo lo puedo en Cristo que me conforta, que me da las ayudas necesarias si acudo a Él, a los medios que tiene establecidos.

II. Caminaba un montañero hacia un refugio de alta montaña. El sendero subía más y más, y en ocasiones resultaba difícil dar un paso; el frío azotaba su cara, pero el lugar era impresionante por el gran silencio que allí reinaba y por la belleza del paisaje.
El refugio, sencillo y tosco, resultó muy acogedor. Muy pronto observó que, sobre la chimenea, estaba escrito algo con lo que se identificó plenamente: “Mi puesto está en la cumbre”. Allí está también nuestro sitio: en la cumbre, junto a Cristo, en un deseo continuo de aspirar a la santidad en el lugar donde estamos y a pesar de conocer bien el barro del que estamos hechos, las flaquezas y los retrocesos. Pero sabemos también que el Señor nos pide el esfuerzo pequeño y diario, la lucha sin tregua contra las pasiones que tienden a tirarnos para abajo, el no pactar con los defectos, con los errores. Lo que nos hará perseverar en este combate es el amor, el amor profundo a Cristo, a quien buscamos incesantemente6.
La lucha ascética del cristiano ha de ser positiva, alegre, constante, con “espíritu deportivo”. “La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos. El que quiere ser santo sabe desenvolverse de tal manera que, mientras hace una cosa que le mortifica, omite –si no es ofensa a Dios– otra que también le cuesta y da gracias al Señor por esta comodidad. Si los cristianos actuáramos de otro modo, correríamos el riesgo de volvernos tiesos, sin vida, como una muñeca de trapo.
“La santidad no tiene la rigidez del cartón: sabe sonreír, ceder, esperar. Es vida: vida sobrenatural”7.
En la lucha interior encontraremos también fracasos. Muchos de ellos tendrán poca importancia; otros sí la tendrán, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más al Señor. Y si hubiéramos roto en pedazos lo más preciado de nuestra vida, Dios sabrá recomponerla si somos humildes. Él perdona y ayuda siempre, cuando acudimos con el corazón contrito. Hemos de aprender a recomenzar muchas veces; con una alegría nueva, con una humildad nueva, pues incluso si se ha ofendido mucho a Dios y se ha hecho mucho daño a los demás, se puede estar después muy cerca del Señor en esta vida y luego en la otra, si existe verdadero arrepentimiento, si se lleva una vida acompañada de penitencia. Humildad, sinceridad, arrepentimiento..., y volver a empezar.
Dios cuenta con nuestra fragilidad y perdona siempre, pero es preciso ser sinceros, arrepentirse, levantarse. Hay una alegría incomparable en el Cielo cada vez que recomenzamos. Y a lo largo de nuestro caminar tendremos que hacerlo en muchas ocasiones, porque siempre habrá faltas, deficiencias, fragilidades, pecados. Que no nos falte nunca la sinceridad de reconocerlo y de abrir el alma al Señor en el Sagrario y en la dirección espiritual.

III. La lucha diaria del cristiano se concretará de ordinario en cosas pequeñas: en fortaleza para cumplir delicadamente los actos de piedad con el Señor, sin abandonarlos por cualquier otra cosa que se nos presente, sin dejarnos llevar por el estado de ánimo de ese día o de ese momento; en el modo de vivir la caridad, corrigiendo formas destempladas del carácter (del mal carácter), esforzándonos por tener detalles de cordialidad, de buen humor, de delicadeza con los demás; en realizar acabadamente el trabajo que hemos ofrecido a Dios, sin chapuzas, con perfección; en poner los medios para recibir la formación que necesitamos...
Victorias y derrotas, caer y levantarse, recomenzar siempre..., esto es lo que pide el Señor a todos. Esta lucha supone un amor vigilante, un deseo eficaz de buscarle a lo largo del día. Este esfuerzo alegre es el polo opuesto a la tibieza, que es dejadez, falta de interés en buscar a Dios, pereza y tristeza en nuestras obligaciones para con Él y para con los demás.
En este combate siempre contamos con la ayuda de nuestra Madre Santa María, que sigue paso a paso nuestro caminar hacia su Hijo. En la Liturgia de las Horas, la Iglesia recomienda todos los días a los sacerdotes esta Antífona de la Virgen: Salve, Madre soberana del Redentor, Puerta del Cielo siempre abierta, Estrella del mar; socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse...8. Este pueblo que cae y lucha por levantarse somos nosotros todos. Y este cambio que se produce cada vez que comenzamos –aunque sea en aspectos que parecen de poca importancia: en el examen particular, en los consejos recibidos en la dirección espiritual, en los propósitos del examen de conciencia– es el más grande que podemos imaginar. ¡Cuánto más cuando se trata de pasar de la muerte del pecado a la vida de la gracia! “La humanidad ha hecho admirables descubrimientos y ha alcanzado resultados prodigiosos en el campo de la ciencia y de la técnica, ha llevado a cabo grandes obras en la vía del progreso y de la civilización, y en épocas recientes se diría que ha conseguido acelerar el curso de la historia. Pero el cambio fundamental, cambio que se puede definir “original”, acompaña siempre el camino del hombre y, a través de los diversos acontecimientos históricos acompaña a todos y a cada uno. Es el cambio entre el “caer” y el “levantarse”, entre la muerte y la vida”9.
Cada vez que recomenzamos, que nos decidimos a luchar una vez más, nos llega la ayuda de Santa María, Medianera de todas las gracias. A Ella hemos de acudir con pleno abandono cuando las tentaciones arrecien. “¡Madre mía! Las madres de la tierra miran con mayor predilección al hijo más débil, al más enfermo, al más corto, al pobre lisiado...
“—¡Señora!, yo sé que tú eres más Madre que todas las madres juntas... —Y, como yo soy tu hijo... Y, como yo soy débil, y enfermo... y lisiado... y feo...”10.

1 Primera lectura. Año I. Gen 32, 22-32. — 2 Sab 10, 12. — 3 Ef 6, 12. — 4 San Agustín, Comentario al Salmo 99. — 5 San Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, 3, 9-10. — 6 Tanquerey, Compendio de teología ascética y mística, n. 193 ss. — 7 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 156. — 8 Liturgia de las horas, Antífona Alma Redemptoris Mater. — 9 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, 52. — 10 San Josemaría Escrivá, o. c., n. 234.

lunes, 5 de julio de 2010

ENCONTRAR A CRISTO EN LA IGLESIA

Mi hija acaba de morir; pero ven tú y volverá a vivir

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 9, 18-26
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, mientras Jesús les hablaba, llegó un personaje importante y se postró ante él diciendo:

"Mi hija acaba de morir; pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, vivirá".

Jesús se levantó y, acompañado de sus discípulos, lo siguió. Entonces, una mujer que tenía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó el borde de su manto, pues pensaba: "Con sólo tocar su vestido quedaré sana".

Jesús se dio la vuelta y, al verla, dijo:"Animo, hija, tu fe te ha salvado".Y la mujer quedó sana desde aquel momento. Al llegar Jesús a la casa del personaje y ver a los que tocaban música fúnebre y a los que lloraban, dijo:"Váyanse de aquí, que la niña no ha muerto; está dormida".Pero ellos se burlaron de él. Cuando desalojaron a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. Y la noticia se supo por toda aquella región.

Palabra del Señor.Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria

ENCONTRAR A CRISTO EN LA IGLESIA

— No es posible amar, seguir o escuchar a Cristo, sin amar, seguir o escuchar a la Iglesia.
— En Ella, participamos de la Vida de Cristo.
— Fe, esperanza y amor a la Iglesia.


I. Todos buscan a Jesús. Todos lo necesitan, y Él siempre está dispuesto a compadecerse de cuantos se le acercan con fe. Su Humanidad Santísima era como el canal por el que discurrían todas las gracias, mientras permaneciera entre los hombres. Por eso, toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.
La mujer de la que habla el Evangelio de la Misa1 también se sintió movida a acercarse a Cristo. A sus sufrimientos físicos –ya doce años– se añadía la vergüenza de sentirse impura según la ley. En el pueblo judío se consideraba impura no solamente la mujer afectada de una enfermedad de este tipo, sino todo lo que ella tocaba. Por eso, para no ser notada por la gente, se acercó a Jesús por detrás y tocó tan solo su manto. “Tocó delicadamente el ruedo del manto, se acercó con fe, creyó y supo que había sido sanada...”2.
Estas curaciones, los milagros, las expulsiones de los demonios que Cristo realizó mientras vivía en la tierra, eran una prueba de que la Redención era ya una realidad, no una mera esperanza. Estas gentes que se acercan hasta el Maestro son como un anticipo de la devoción de los cristianos a la Santísima Humanidad de Cristo. Después, cuando estaba próximo a marcharse al Cielo, junto al Padre, sabiendo que siempre andaríamos necesitados de Él, dispuso los medios para que, en cualquier tiempo y lugar, pudiéramos recibir la infinita riqueza de la Redención: fundó la Iglesia, bien visible y localizable. Con ella ocurre algo parecido a lo que buscaban aquellas gentes en el Hijo de María. Estar en la Iglesia es estar con Jesús, unirse a este redil es unirse a Jesús, pertenecer a esa sociedad es ser miembro de su Cuerpo. Solo en ella encontramos a Cristo, al mismo Cristo, aquel que esperaba el pueblo elegido.
Quienes pretenden ir a Cristo dejando a un lado a su Iglesia, o incluso maltratándola, podrían un día llevarse la misma sorpresa de San Pablo en el camino de Damasco: Yo soy Jesús, a quien tú persigues3. Y “no dice –resalta San Beda–: ¿por qué persigues a mis miembros?, sino ¿por qué me persigues?, porque Él todavía padece afrentas en su Cuerpo, que es la Iglesia”4. Pablo no supo hasta ese momento que perseguir a la Iglesia era perseguir al mismo Jesús. Más tarde, cuando hable sobre Ella, lo hará describiéndola como el Cuerpo de Cristo5, o simplemente como Cristo6; y a los fieles como sus miembros7.
No es posible amar, seguir o escuchar a Cristo, sin amar, seguir o escuchar a la Iglesia, porque Ella es la presencia, sacramental y misteriosa a la vez, de Nuestro Señor, que prolonga su misión salvífica en el mundo hasta el final de los tiempos.

II. Nadie puede decir que ama a Dios si no escoge el camino –Jesús– establecido por el mismo Dios: Este es mi Hijo amado (...), escuchadle8. Y resulta ilógica la pretensión de ser amigos de Cristo despreciando su palabra y sus deseos.
Aquellas gentes que llegan de todas partes encuentran en Jesús a alguien que, con autoridad, les habla de Dios –Él mismo es la Palabra divina hecha carne–: encuentran a Jesús Maestro. Y ahora quedamos vinculados a Él cuando aceptamos la doctrina de la Iglesia: El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha, a Mí me desecha9.
Jesús es, además, nuestro Redentor. Es el Sacerdote, poseedor del único sacerdocio, que se ofreció a sí mismo como propiciación por los pecados. Cristo no se apropió la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que se lo otorgó el que le dijo: Tú eres mi hijo...10. A Jesús-Sacerdote y Víctima, que honra a Dios Padre y nos santifica a nosotros, nos unimos en cuanto participamos en la vida de la Iglesia; de sus sacramentos en particular, que son como canales divinos por los que fluye la gracia hasta llegar a las almas. Cada vez que los recibimos nos ponemos en contacto con Cristo mismo, fuente de toda gracia. A través de los sacramentos, los méritos infinitos que Cristo nos ganó alcanzan a los hombres de todas las épocas y son, para todos, firme esperanza de vida eterna. En la Sagrada Eucaristía, que Cristo mandó celebrar a la Iglesia, renovamos su oblación e inmolación: Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en conmemoración mía11; y solo la Sagrada Eucaristía nos garantiza esa Vida que Él nos ha ganado: si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que Yo le daré es mi carne, vida del mundo...12.
La condición para participar en este sacrificio y banquete radica en otro de los sacramentos, que Cristo confirió a su Iglesia, el Bautismo: Id, pues; enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo13. El que creyere y fuere bautizado se salvará...14. Y Si nuestros pecados nos han apartado de Dios, también la Iglesia es el medio para restituir nuestra condición de miembros vivos del Señor: a quien perdonareis los pecados -dice a sus Apóstoles- les serán perdonados; a quienes se los retuviereis les serán retenidos15. Nuestro Señor estableció que esta vinculación profundísima con Él se realizara a través de esos signos visibles de la vida sacramental de su Iglesia. En los sacramentos también encontramos a Cristo.
Y aunque alguna vez se dieran disensiones dentro de la Iglesia, no nos sería difícil encontrar a Cristo. Las mayorías o las minorías poco significan cuando se trata de encontrar a Jesús: en el Calvario solo estaba su Madre con unas pocas mujeres y un adolescente, ¡pero allí, a pocos metros, estaba Jesús! En la Iglesia también sabemos dónde está el Señor: Yo te daré -declaró a Pedro- las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos16. Y ni siquiera las negaciones de Simón fueron suficientes para revocar estos poderes. El Señor, una vez resucitado, los confirmó de modo solemne: Apacienta mis corderos (...). Apacienta mis ovejas17. La Iglesia está donde están Pedro y sus sucesores, los obispos en comunión con él.

III. En la Iglesia vemos a Jesús, al mismo Jesús a quien las multitudes querían tocar porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos. Y pertenece a la Iglesia quien a través de su doctrina, de sus sacramentos y de su régimen, se vincula a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey. Con la Iglesia, en cierto modo, mantenemos las mismas relaciones que con el Señor: fe, esperanza y caridad.
En primer lugar fe, que significa creer lo que en tantas ocasiones no es evidente. También los contemporáneos de Jesús veían a un hombre que trabajaba, se fatigaba, necesitaba de alimento, sentía dolor, frío, miedo..., pero aquel Hombre era Dios. En la Iglesia conocemos a gentes santas, que muchas veces pasan en la oscuridad de una vida corriente, pero vemos también a hombres débiles, como nosotros, mezquinos, perezosos, interesados... Pero si han sido bautizados y permanecen en gracia, a pesar de todos los defectos están en Cristo, participan de su misma vida. Y si son pecadores, también la Iglesia los acoge en su seno, como a miembros más necesitados.
Nuestra actitud ante la Iglesia ha de ser también de esperanza. Cristo mismo aseguró: Sobre esta piedra edificaré Yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella18. Será siempre la roca firme donde buscar seguridad ante los bandazos que va dando el mundo. Ella no falla, porque en Ella encontramos siempre a Cristo.
Y si a Dios le debemos caridad, amor, este debe ser nuestro mismo sentir ante nuestra Madre la Iglesia, pues “no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre”19. Es la madre que nos comunica la vida: esa vida de Cristo por la que somos hijos del Padre. Y a una madre se la quiere. Solo los malos hijos permanecen indiferentes, a veces hostiles, hacia quien les dio el ser. Nosotros tenemos una buena madre: por eso nos duelen tanto las heridas que le producen los de fuera y los de dentro, y las enfermedades que pueden sufrir otros miembros. Por eso, como buenos hijos, procuramos no airear las miserias humanas –pasadas o presentes– de tales o cuales cristianos, constituidos o no en autoridad: no de la Iglesia, que es Santa, y tan misericordiosa que ni a los pecadores niega su solicitud maternal. ¿Cómo hablar de Ella con frialdad, con dureza o con desgarro? ¿Cómo se puede permanecer “imparcial” ante una madre? No lo somos, ni queremos serlo. Lo suyo es lo nuestro, y no se nos puede pedir una postura de neutralidad, propia de un juez frente a un reo, pero no de un hijo en relación a su madre.
Somos de Cristo cuando somos de la Iglesia: en Ella nos hacemos miembros de su Cuerpo, que concibió, gestó y alumbró Nuestra Señora. Por eso, María Santísima es “Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores”20. La última joya que la piedad filial ha engarzado en las letanías de Nuestra Señora, el más reciente piropo a la Madre de Cristo, es apenas un sinónimo: Madre de la Iglesia.


1 Mt 9, 20-22. — 2 San Ambrosio, Comentario al Evangelio de San Lucas, VI, 56. — 3 Hech 9, 5. — 4 San Beda, Comentario a los Hechos de los Apóstoles, in loc. — 5 1 Cor 12, 27. — 6 1 Cor 1, 13. — 7 Rom 12, 5. — 8 Mt 17 5. — 9 Lc 10, 16. — 10 Heb 5, 5. — 11 Lc 22, 19. — 12 Lc 6, 51. — 13 Mt 28, 19. — 14 Mc 16, 16. — 15 Jn 20, 23. — 16 Mt 16, 19. — 17 Jn 21, 15-17 — 18 Mt 16, 18. — 19 San Cipriano, Sobre la unidad, 6, 8.— 20 Pablo VI, Alocución 21-XI-1964.

domingo, 4 de julio de 2010

Aclamad al Señor, tierra entera.

14º Domingo del tiempo ordinario
Lectio: Domingo, Julio 4, 2010

El envío de los 72 discípulos
Reconstruir la vida comunitaria
Lucas 10,1-12.17-20

1.Oración inicial
Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura
a) Clave de lectura:
La predicación de Jesús atrae a mucha gente (Mc 3,7-8). En torno a Él comienza a nacer una pequeña comunidad. Primero, dos personas (Mc 1,16-18); después otras dos (Mc 1,19-20); después, doce (Mc 3,13-19); y ahora, en nuestro texto, más de setenta y dos personas (Lc 10,1). La comunidad va creciendo. Una de las cosas en las que Jesús mayormente insiste es la vida comunitaria. Él mismo ha dado el ejemplo. No quiere ya trabajar solo. Lo primero que hace al comienzo de su predicación en Galilea es llamar a la gente para que esté con Él y le ayude en su misión (Mc 1,16-20; 3,14). El ambiente de fraternidad que nace alrededor de Jesús es un ensayo del Reino, una prueba de la nueva experiencia de Dios como Padre. Y por tanto si Dios es Padre y Madre, entonces somos todos una familia, hermanos y hermanas. Así nace la comunidad, la nueva familia (cf. Mc 3,34-35). El Evangelio de este domingo nos señala normas prácticas para orientar a los setenta y dos discípulos en el anuncio de la Buena Nueva del Reino y en la reconstrucción de la vida comunitaria.
Anunciar la Buena Nueva del Reino y reconstruir la comunidad son dos caras de la misma medalla. La una sin la otra no existe y no se entiende. En el curso de la lectura del texto trata de descubrir este lazo que hay entre la vida en comunidad y el anuncio del Reino de Dios.
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Lucas 10,1: La Misión
Lucas 10,2-3: La Corresponsabilidad
Lucas 10, 4-6: La Hospitalidad
Lucas 10,7: El compartir
Lucas 10,8: La comunión en torno a la mesa
Lucas 10,9a: La acogida de los excluidos
Lucas 10,9b: La venida del Reino
Lucas 10,10-12: Sacudir el polvo de las sandalias
Lucas 10,17-20: El nombre escrito en el cielo
c) Texto:
1 Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir.2 Y les dijo:«La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. 3 Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. 4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. 5En la casa en que entréis, decid primero: `Paz a esta casa.' 6 Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros.7Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. 8En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; 9curad los enfermos que haya en ella, y decidles: `El Reino de Dios está cerca de vosotros.' 10 En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: 11 `Sacudimos sobre vosotros hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies. Sabed, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca.' 12 Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad.17 Regresaron los setenta y dos, y dijeron alegres: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.» 18 Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. 19 Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; 20 pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.»

3. Un momento de silencio orante
para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es punto de este texto que más te ha gustado o que ha llamado más tu atención?b)¿Cuáles son, una por una, las cosas que Jesús ordena hacer y cuáles ordena evitar?c)¿Qué quiere aclarar Jesús con cada una de estas recomendaciones tan diferentes de la cultura de hoy?d) ¿Cómo realizar hoy lo que el Señor pide: “no llevéis alforja”, “no vayáis de casa en casa”, “no saludad a ninguno por el camino”, “sacudir el polvo de las sandalias”?e) ¿Por qué todas estas formas de comportarse recomendados por el Señor son una señal de la venida del Reino de Dios?f) Jesús pide prestar atención a lo que es más importante y dice:”Vuestros nombres están escritos en los cielos” ¿Qué significa esto para nosotros?

5. Para los que desean profundizar en el tema
a) Contexto literario e histórico
Un poco antes de nuestro texto, en Lucas 9,51, empieza la segunda etapa de la actividad de Jesús, a saber, un largo camino a Jerusalén (Lc 9,51 a 19,29). La primera etapa tuvo lugar en Galilea y comenzó con la presentación del programa de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,14-21). En la segunda etapa, entra en Samaría, envía mensajeros delante de Él (Lc 9,52), y consigue nuevos discípulos (Lc 9,57-62). La segunda etapa comienza con la designación de otros 72 discípulos y con la presentación del programa que debe orientarlos en la acción misionera (Lc 10,1-16). Lucas sugiere así que estos nuevos discípulos no son ya galileos, sino samaritanos, el territorio de los excluidos. El objetivo de la misión que los discípulos reciben es la reconstrucción de la vida comunitaria. En tiempos de Jesús existían varios movimientos que, como Jesús, intentaban un nuevo modo de vivir y convivir: Fariseos, esenios, zelotas, Juan Bautista y otros. Muchos de ellos formaban una comunidad de discípulos (Jn 1,35; Lc 11,1; Act 19, 3) y tenían sus misioneros (Mc 23,15). Pero había una gran diferencia. Las comunidades de los fariseos, por ejemplo, vivían separados de las gentes. Las comunidades que seguían a Jesús vivían en medio de la gente. La propuesta de Jesús para los 72 discípulos rescata los antiguos valores comunitarios que se estaban perdiendo, como por ejemplo, la hospitalidad, la acogida, el compartir, la comunión alrededor de la mesas, la acogida de los marginados. Jesús intenta renovar y reorganizar las comunidades, de modo que sean de nuevo una expresión de la Alianza, una expresión del Reino de Dios.
b) Comentario del texto:
Lucas 10,1: La MisiónJesús envía a los discípulos a lugares donde precisamente Él debe ir. El discípulo es el altavoz de Jesús. No es el dueño de la Buena Noticia. Jesús los envía de dos en dos. Así favorece la ayuda mutua, y así la misión no es individual, sino comunitaria. Dos personas representan mejor a la comunidad.
Lucas 10,2-3: La corresponsabilidadEl primer deber es el de orar para que Dios envíe operarios. Todos los discípulos de Jesús deben sentirse responsables de la misión. Por esto deben orar al Padre, por la continuidad de la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos. La misión es una tarea difícil y peligrosa. Y el sistema en el que vivían y en el que todavía vivimos era y continúa siendo contrario a la reorganización de la gente en comunidades vivas. Quien, como Jesús, anuncia el amor de una sociedad organizada a partir del egoísmo individual y colectivo, será cordero en medio de lobos, será crucificado.
Lucas 10,4-6: La hospitalidadLos discípulos de Jesús no pueden llevar nada, ni bolsa, ni sandalias. Sólo deben llevar la paz. Esto significa que deben confiar en la hospitalidad de la gente. Así el discípulo que va sin nada llevando apenas la paz, muestra que tiene confianza en la gente. Piensa que será recibido y la gente se siente respetada y confirmada. Por medio de esta práctica los discípulos criticaban las leyes de la exclusión y rescataban los antiguos valores de la convivencia comunitaria del pueblo de Dios. No saludar a ninguno por el camino significa que no se debe perder tiempo con las cosas que pertenecen a la misión. Es posible que sea una evocación del episodio de la muerte del hijo de la sunamita, donde Eliseo dice a su criado: “¡Parte! Si alguno te saluda, no le responda!” (2Re 4,29), porque se trataba de un caso de muerte. ¡Anunciar la Buena Nueva de Dios es un caso de vida o muerte!
Lucas 10,7: El compartirLos discípulos no deben andar de casa en casa, sino permanecer en la misma casa. Esto es, deben convivir de modo estable, participar en la vida y en trabajo de la gente del lugar y vivir de aquello que reciben en cambio, porque el operario merece su salario. Esto significa que deben tener confianza en el compartir. Y así, por medio de esta nueva práctica, ellos rescatan una de las más antiguas tradiciones del pueblo de Dios, criticando una cultura de acumulación que marcaba la política del Imperio Romano y anunciaban un nuevo modelo de convivencia humana.
Lucas 10,8: La comunión en torno a la mesaLos discípulos deben comer lo que la gente les ofrece. Cuando los fariseos iban de misión, iban preparados. Portaban alforjas y dinero para poder procurarse la propia comida. Sostenían que no podían confiar en la comida de la gente, porque no siempre era ritualmente “pura”. Así las observancias de la Ley sobre la pureza legal, en vez de ayudar a superar las divisiones, debilitaban el vivir los valores comunitarios. Los discípulos de Jesús no debían separarse de las gentes, sino al contrario, debían aceptar lacomunión en torno a la mesa. En el contacto de la gente, no podían tener miedo de perder la pureza legal. El valor comunitario de la convivencia fraterna prevalece sobre las normas rituales. Obrando así, criticaban las leyes de la pureza que estaban en vigor, y anunciaban un nuevo acceso a la pureza, a la intimidad con Dios.
Lucas 10,9a: La acogida a los excluidosLos discípulos deben ocuparse de los enfermos, curar los leprosos y echar los demonios (cf. Mt 10,8). Esto significa que deben acoger para el interior de la comunidad a los que de ella fueron excluidos. La práctica de la solidaridad critica la sociedad que excluye una persona del resto de la comunidad. Y así se recupera la antigua tradición profética del goêl. Desde los tiempos más antiguos o la fuerza del clan o de la comunidad se revelaba en la defensa de los valores de la persona, de la familia y de la posesión de la tierra, y concretamente se manifestaba cada “siete veces siete años” en la celebración del año jubilar (Lv 25,8-55; Dt 15,1-18).
Lucas 10,9b: La venida del ReinoHospitalidad, compartir, comunión en torno a la mesa, acogida de los marginados (goêl) eran las cuatro columnas que debían sostener la vida comunitaria. Pero a causa de la situación difícil de la pobreza, de la falta de trabajo, de la persecución o de la represión por parte de los romanos, estas columnas se habían roto. Jesús quiere reconstruirlas y afirma que si se vuelve a estas cuatro exigencias, los discípulos pueden anunciar a los cuatro vientos: ¡El Reino de los cielos está aquí! Anunciar el Reino no es en primer lugar enseñar verdades o doctrinas, sino llevar a las personas a un nuevo modo de vivir y convivir, a un nuevo modo de pensar y obrar, partiendo de la Buena Nueva que Jesús nos anuncia: Dios es Padre, y, por tanto, nosotros somos hermanos y hermanas los unos de los otros.
Lucas 10,10-12: Sacudir el polvo de las sandalias¿Cómo entender esta amenaza tan severa? Jesús no ha venido a traer una cosa totalmente nueva. Ha venido a rescatar los valores comunitarios del pasado: la hospitalidad, el compartir, la comunión en torno a la mesa, la acogida a los marginados. Esto explica la severidad contra aquellos que rechazan el mensaje. Pero ellos no rechazan una cosa nueva, sino su pasado, la propia cultura y sabiduría. El programa de Jesús a los 72 discípulos tenía la finalidad de excavar en la memoria, de rescatar los valores comunitarios de la más antigua tradición, de reconstruir la comunidad y de renovar la alianza, de rehacer la vida y así hacer de modo que Dios se convierta de nuevo en la gran Buena Noticia para la vida humana.
Lucas 10,17-20: El nombre escrito en el cieloLos discípulos vuelven de la misión y se reúnen con Jesús para evaluar todo lo que han hecho. Comienzan a contar. Informan con mucha alegría que, usando el nombre de Jesús, han conseguido expulsar a los demonios. Jesús les ayuda en el discernimiento. Si ellos han conseguido echar a los demonios, ha sido precisamente porque Jesús les ha dado poder. Estando con Jesús no les podrá suceder a ellos nada malo. Y Jesús dice que la cosa más importante no es expulsar a los demonios, sino tener sus nombres escrito en el cielo. Tener el propio nombre escrito en el cielo quiere decir la certeza de ser conocidos y amados del Padre. Poco antes Santiago y Juan habían pedido hacer caer fuego del cielo para matar a los samaritanos (Lc 9,54). Ahora, por el anuncio de la Buena Nueva, Satanás cae del cielo (Lc 10,18) y los nombres de los discípulos samaritanos entran en el cielo. En aquel tiempo muchos pensaban que lo que era samaritano era cosa del demonio, cosa de Satanás (Jn 8,48), ¡Jesús lo cambia todo!
c) Ampliando conocimientos
Las pequeñas comunidades que se van formando, tanto en Galilea como en Samaria, son en primer lugar “ ensayo del Reino”. La comunidad en torno a Jesús es como el rostro de Dios, transformado en Buena Nueva para la gente, sobre todo para los pobres. ¿Es así nuestra comunidad? He aquí algunas señas de la comunidad que se formó en torno a Jesús. Son rasgos del rostro de Dios que se revelan en ella. Sirven de espejo para la revisión de nuestra comunidad:i) “Uno sólo es el Maestro y vosotros todos sois hermanos” (Mt 23,8). La base de la comunidad no es el saber, ni siquiera el poder, sino la igualdad entre todos: hermanos y hermanas. Es lafraternidad.ii) Jesús insiste en igualdad entre hombre y mujer (Mt 19,7-12) y da órdenes tanto a los hombres como a las mujeres (Mt 28,10; Mc 16,9-10; Jn 20,17). Todos ellos “siguen” a Jesús, desde la Galilea (Mc 15,41; Lc 8,2-3).iii) Había una caja común que se compartía con los pobres (Jn 13,29). Este compartir debe alcanzar al alma y al corazón (Act 1,14; 4,32). Debe llegar hasta el punto que no haya secretos entre ellos (Jn 15,15).iv) El poder es servicio. “Quién quiera ser el primero de entre vosotros, será el siervo de todos” (Mc 10,44). Jesús da el ejemplo (Jn 13,15). “No he venido para ser servido, sino para servir” (Mt 20,28). “Estoy en medio de vosotros como quien sirve” (Lc 22,27). “¡Siervos inútiles somos!” (Lc 17,10).v) A causa de los muchos conflictos y divisiones, Jesús insiste para que la comunidad sea un lugar de perdón y de reconciliación. No de condena recíproca (Mt 18,21-22; Lc 17,3-4). El poder de perdonar le fue dado a Pedro (Mt 16,19), a los apóstoles (Jn 20,23) y a las comunidades (Mt 18,18). El perdón de Dios pasa por la comunidad.vi) Rezaban juntos en el templo (Jn 2,13; 7,14; 10,22-23). A veces Jesús forma grupos menores (Lc 9,28; Mt 26,36-37). Rezan antes de comer (Mc 6,41; Lc 24,30) y frecuentan las sinagogas (Lc 4,16).vii) Alegría que ninguno puede quitar (Jn 16,20-22). “Dichosos vosotros”. Vuestro nombre está escrito en el cielo (Lc 10,20). Sus ojos verán las promesas (Lc 10,23-24). ¡El Reino es vuestro! (Lc 6,20). La comunidad en torno a Jesús sirve de modelo a nuestros primeros cristianos después de la resurrección (Act 2,42-47). La comunidad es como el rostro de Dios transformado en Buena Nueva para la gente.

6. Oración del Salmo 146 (145)
El Rostro de Dios confirmado por Jesús
¡Aleluya!¡Alaba, alma mía, a Yahvé!A Yahvé, mientras viva, alabaré,mientras exista tañeré para mi Dios.
No pongáis la confianza en los nobles,en un ser humano, incapaz de salvar;exhala su aliento, retorna a su barro,ese mismo día se acaban sus planes.
Feliz quien se apoya en el Dios de Jacob,quien tiene su esperanza en Yahvé, su Dios,que hizo el cielo y la tierra,el mar y cuanto hay en ellos;que guarda por siempre su lealtad,que hace justicia a los oprimidos,que da pan a los hambrientos.
Yahvé libera a los condenados.Yahvé abre los ojos a los ciegos,Yahvé endereza a los encorvados,Yahvé protege al forastero,sostiene al huérfano y a la viuda.Yahvé ama a los honrados,y tuerce el camino del malvado.
Yahvé reina para siempre,tu Dios, Sión, de edad en edad.

7. Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 3 de julio de 2010

SANTO TOMÁS, APÓSTOL*

¡Señor mío y Dios mío!

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 24-29
Gloria a ti, Señor.

Tomás, uno del grupo de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los otros discípulos:
"Hemos visto al Señor".
Tomás les contestó:
"Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y si no meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré".
Ocho días después, se encontraban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
"La paz esté con ustedes".
Después dijo a Tomás:
"Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente".
Tomás respondió:
"¡Señor mío y Dios mío!"
Jesús añadió:
"¿Has creído porque me has visto? Dichosos los que han creído sin haber visto".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.


3 de julio


SANTO TOMÁS, APÓSTOL*
Fiesta

— En ausencia de Tomás.
— Su incredulidad.
— Su fe.


I. Cuando Jesús, llamado por las hermanas de Lázaro enfermo, se disponía a ir a Judea, donde le esperaban asechanzas y odio por parte de los judíos, dijo Tomás a los demás discípulos: Vayamos nosotros también y muramos con Él1. El Señor aceptaría con gratitud este gesto valiente y generoso del Apóstol. Son las primeras palabras de él recogidas por San Juan.

Más tarde, durante el discurso de despedida en la Última Cena, Tomás hizo una pregunta al Maestro por la que le debemos estar reconocidos, ya que dio lugar a que Jesús nos legara una de las grandes definiciones de Sí mismo. Preguntó el discípulo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? Jesús respondió con estas palabras tantas veces meditadas: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por Mí2.

La misma tarde del domingo en que resucitó se apareció Jesús a sus discípulos. Se presentó en medio de ellos sin necesidad de abrir las puertas, ya que su Cuerpo había sido glorificado; pero para deshacer la posible impresión de que era solo un espíritu, les mostró las manos y el costado. A los discípulos no les quedó duda alguna de que era Jesús mismo y de que verdaderamente había resucitado. Les saludó por dos veces con la fórmula usual entre los judíos, con el acento propio que tantas veces pondría en estas mismas palabras. Los Apóstoles, poco propensos a admitir lo que excedía los cauces de su experiencia y de su razón, no podían albergar ya duda alguna al ver a Cristo, al que ellos conocían bien, hablando como en otras ocasiones. Con su conversación amigable y cordial quedaban disipados el temor y la vergüenza que tendrían por haber abandonado al Amigo cuando más necesidad tenía de ellos. De esta forma, se creó de nuevo el ambiente de intimidad, en el que Jesús va a comunicar sus poderes trascendentales3. Pero Tomás no estaba con ellos. Es el único que falta. ¿Por qué no estaba allí? ¿Fue solo una casualidad? Quizá San Juan, el Evangelista que nos narra con todo detalle esta escena, calla por delicadeza que Tomás, después de haber visto a Cristo en la cruz, no solo había sufrido como los demás, sino que se encontraba alejado del grupo y sumido en una particular desesperanza4.

Por los relatos de San Mateo y de San Marcos sabemos que los Apóstoles recibieron la indicación de Jesús de marcharse enseguida a Galilea, donde le verían glorioso. ¿Por qué aguardaron ocho días más en Jerusalén, cuando ya nada les retenía allí? Es muy posible que no quisieran marcharse sin Tomás, al que buscaron enseguida e intentaron convencer de mil formas distintas de que el Maestro había resucitado y les esperaba una vez más junto al mar de Tiberíades. Al encontrarle, le dijeron con una alegría incontenible: ¡Hemos visto al Señor!5. Se lo repitieron una y otra vez, con acentos distintos. Intentaron en este tiempo recuperarlo para Cristo por todos los medios. Es seguro que el Señor, que siempre nos busca a cada uno como Buen Pastor, aprobaría esta demora. ¡Cómo agradecería Tomás más tarde todos estos intentos, y que a pesar de su tozudez no le dejaran solo en Jerusalén! Es una lección que nos puede servir hoy a nosotros para que examinemos cómo es la calidad de nuestra fraternidad y de nuestra fortaleza con aquellos cristianos, nuestros hermanos, que en un momento dado pueden caer en el desaliento y en la soledad. No podemos abandonarlos.

II. Trae tu mano y toca la señal de los clavos: y no seas incrédulo, sino creyente6.
El desaliento y la incredulidad de Tomás no eran fácilmente vencibles. Ante la insistencia de los demás Apóstoles, él respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos y mi mano en su costado, no creeré7. Estas palabras parecen una respuesta definitiva, inconmovible. Es una réplica dura a la solicitud de los amigos. Sin duda la alegría de los demás ¡qué inmenso gozo llenaría su alma! le abrió una ventana a la esperanza. Por eso vuelve y ya no se separa de ellos. Esta oscura tozudez de Tomás contrasta con la grandeza de Jesús y con su amor por todos. El Señor no permite que ninguno de los suyos se pierda; ya había rogado por sus discípulos en la Última Cena, y su oración es siempre eficaz8. Él mismo interviene ante Tomás. San Juan lo relata así: A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos. ¡Al menos han conseguido que permanezca unido a ellos! Y estando cerradas las puertas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea con vosotros. Se dirigió entonces amablemente a Tomás, y le dijo: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente9.

Es un motivo de esperanza para nosotros considerar que el Señor no nos dejará nunca, si nosotros no le abandonamos, porque también ha rogado por nosotros10. Tampoco nos desampararán los que Dios ha puesto a nuestro lado. Si alguna vez estamos a oscuras, cualquiera que sea nuestra situación interior, podremos apoyarnos en la fe de los demás, en su ejemplaridad y en la fortaleza de su caridad. Nosotros tenemos el deber de “arropar” y cuidar a quienes de alguna manera el Señor nos ha encomendado o comparten con nosotros la misma fe y los mismos ideales, si alguna vez pasaran por un mal momento. La responsabilidad de la fidelidad de los demás será siempre un buen soporte de la propia fidelidad. “Todo iría mejor y seríamos más felices si nos propusiéramos conocer siempre mejor –para poder amar más– esas verdades y esas personas a las que nos hemos vinculado con lazos de responsabilidad permanente. Reflexionar sobre los propios deberes, sobre las circunstancias que afectan la vida y la paz de otros, meditar en las consecuencias de nuestra conducta, evaluar el daño que puede causar la deserción, es la primera garantía de fidelidad. A la que debemos siempre agregar una consideración sobrenatural: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas (1 Cor 10, 13)”11. Nunca nos fallará el Señor. No fallemos nosotros a nuestros hermanos. No olvidemos que todos nosotros también podemos pasar por una etapa de ceguera y de desaliento. Nadie en la familia y entre los amigos es irrecuperable para Dios, porque contamos con la poderosa ayuda de la caridad y de la oración, que adquiere entonces manifestaciones tan diversas, y de la gracia.

III. Cuando Tomás vio y oyó a Jesús expresó en pocas palabras lo que sentía en su corazón: ¡Señor mío y Dios mío!, exclama conmovido hasta lo más hondo de su ser. Es a la vez un acto de fe, de entrega y de amor. Confiesa abiertamente que Jesús es Dios y le reconoce como su Señor. Jesús le contestó: Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin ver creyeron12. Y comenta el Papa Juan Pablo II: “Esta es la fe que nosotros debemos renovar, siguiendo la estela de incontables generaciones cristianas que a lo largo de dos mil años han confesado a Cristo, Señor invisible, llegando incluso al martirio. Debemos hacer nuestras, como las hicieron suyas antes otros muchos, las palabras de Pedro en su primera Carta: Vosotros no lo visteis, pero lo amáis; ahora, creyendo en Él sin verlo, sentís un gozo indecible. Esta es la auténtica fe: entrega absoluta a cosas que no se ven, pero que son capaces de colmar y ennoblecer toda una vida”13.

Desde aquel momento, Tomás fue un hombre distinto, gracias en buena parte a la caridad fraterna que tuvieron con él los demás Apóstoles. Su fidelidad al Maestro, que parecía imposible en aquellos días de oscuridad, fue para siempre firme e incondicional. Sus palabras nos han servido quizá para hacer muchas veces un acto de fe ¡Señor mío y Dios mío! ¡Mi Señor y mi Dios!- al pasar delante de un Sagrario o en el momento de la Consagración en la Santa Misa. Su figura es hoy para nosotros motivo de confianza en el Señor, que nunca nos dejará, y motivo de esperanza si alguna vez aquellos que tenemos más cerca por voluntad divina pasan momentos de desconcierto en su fidelidad a Dios. Nuestro aliento en esa situación y la gracia del Señor harán milagros.

Con la Liturgia pedimos hoy al Señor: ...concédenos celebrar con alegría la fiesta de tu Apóstol
Santo Tomás; que él nos ayude con su protección para que tengamos en nosotros vida abundante por la fe en Jesucristo, tu Hijo, a quien tu Apóstol reconoció como su Señor y su Dios.

La Virgen, que tan cerca de los Apóstoles estaba en aquellos días, seguiría atenta la evolución del alma de Tomás. Quizá fue Ella la que impidió que el Apóstol se alejara definitivamente. Nosotros le confiamos hoy nuestra fidelidad al Señor y la de aquellos que de alguna manera Dios ha puesto a nuestro cuidado. ¡Virgen fiel... ruega por ellos... ruega por mí!

1 Jn 11, 16. — 2 Jn 14, 5-6. — 3 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, 2ª ed., Pamplona 1985, nota a Jn 20, 19-20. — 4 Cfr. O. Hophan, Los Apóstoles, Palabra, Madrid 1982, p. 216. — 5 Jn 2, 25. — 6 Antífona de comunión, Cfr. Jn 20, 27. — 7 Jn 20, 25. — 8 Cfr. Jn 17, 9. — 9 Jn 20, 26-27. — 10 Cfr. Jn 17, 20. — 11 J. Abad. Fidelidad, Palabra, Madrid 1987, pp. 66-67. — 12 Jn 20, 29, — 13 Juan Pablo II, Homilía 9-IV-1983.


* Tomás es conocido entre los demás Apóstoles por su incredulidad ante Jesús resucitado, que se desvaneció ante la aparición de Cristo. Su falta de fe da ocasión al Señor para invitarnos a afianzar la nuestra, que tiene su piloto sólido en el hecho histórico de la Resurrección de Cristo. Nada sabemos con certeza acerca de su vida, salvo las breves referencias que se contienen en los Evangelios. Según la Tradición evangelizó la India. Desde el siglo vi se celebra su fiesta el 3 de julio, fecha del traslado de su cuerpo a Edesa.

jueves, 1 de julio de 2010

EUCARISTÍA Y COMPROMISO

17 de junio de 2008
49 Congreso Eucarístico Internacional en Quebec
Conferencia presentada, con traducción simultánea, por el Señor D.José H. Prado Flores, Director y fundator de la Escuela de Evangelizacion San Andrés.