
miércoles, 21 de abril de 2010
FRUTOS DE LA CONTRADICCIóN
La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna† Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 35-40
Gloria a ti, Señor.
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a la gente:
"Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero ustedes, como ya les he dicho, no creen, a pesar de haber visto. Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí. Porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día. La voluntad de mi Padre es que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día".
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
† Meditación diaria
Pascua. 3ª semana. Miércoles
FRUTOS DE LA CONTRADICCIóN
— Espíritu apostólico de los primeros cristianos en medio de la persecución. Frutos de la tribulación y de las dificultades.
— Fortaleza ante circunstancias difíciles.
— La unión con Dios en los momentos más costosos.
I. Después del martirio de San Esteban se originó una persecución contra los cristianos de Jerusalén, lo que dio lugar a que se dispersaran por otras regiones1. La Providencia se sirvió de esta circunstancia para llevar la semilla de la fe a otros lugares que de otro modo hubieran tardado más en conocer a Cristo. Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio2. “Observad –hace notar San Juan Crisóstomo– cómo, en medio del infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla”3.
El Señor tiene planes más altos, y lo que parecía el fin de la Iglesia primitiva sirvió para su fortalecimiento y expansión. Los mismos perseguidores, que pretendían ahogar la semilla de la fe apenas nacida, fueron la causa indirecta de que muchos otros, a los que hubiera sido difícil llegar por vivir en lugares apartados, conocieran la doctrina de Jesucristo. El espíritu apostólico de los cristianos se pone de manifiesto tanto en las épocas de paz (que fueron la mayoría) como en tiempos de calumnias y de persecución. Jamás cesaron de pregonar la buena nueva que llevaban en el corazón, convencidos de que la doctrina de Jesucristo da la salvación eterna y, además, es la única que puede hacer este mundo más justo y más humano.
El fervor, la firmeza, la coherencia de su fe, su hombría de bien, el trato amable con el que aquellos cristianos de la primera hora trataban a cuantos se relacionaban con ellos, fueron, en incontables ocasiones, el primer impulso para que muchos se sintieran atraídos a la fe.
Pascua. 3ª semana. Miércoles
FRUTOS DE LA CONTRADICCIóN
— Espíritu apostólico de los primeros cristianos en medio de la persecución. Frutos de la tribulación y de las dificultades.
— Fortaleza ante circunstancias difíciles.
— La unión con Dios en los momentos más costosos.
I. Después del martirio de San Esteban se originó una persecución contra los cristianos de Jerusalén, lo que dio lugar a que se dispersaran por otras regiones1. La Providencia se sirvió de esta circunstancia para llevar la semilla de la fe a otros lugares que de otro modo hubieran tardado más en conocer a Cristo. Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio2. “Observad –hace notar San Juan Crisóstomo– cómo, en medio del infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla”3.
El Señor tiene planes más altos, y lo que parecía el fin de la Iglesia primitiva sirvió para su fortalecimiento y expansión. Los mismos perseguidores, que pretendían ahogar la semilla de la fe apenas nacida, fueron la causa indirecta de que muchos otros, a los que hubiera sido difícil llegar por vivir en lugares apartados, conocieran la doctrina de Jesucristo. El espíritu apostólico de los cristianos se pone de manifiesto tanto en las épocas de paz (que fueron la mayoría) como en tiempos de calumnias y de persecución. Jamás cesaron de pregonar la buena nueva que llevaban en el corazón, convencidos de que la doctrina de Jesucristo da la salvación eterna y, además, es la única que puede hacer este mundo más justo y más humano.
El fervor, la firmeza, la coherencia de su fe, su hombría de bien, el trato amable con el que aquellos cristianos de la primera hora trataban a cuantos se relacionaban con ellos, fueron, en incontables ocasiones, el primer impulso para que muchos se sintieran atraídos a la fe.
Aquellos primeros fieles recordarían sin duda –quizá oído de labios de los mismos Apóstoles– lo que el Señor había repetido en distintas ocasiones y de formas diferentes: si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a mí4. Y se llenarían de optimismo al saberse con más gracia para afrontar aquellas dificultades y tribulaciones, y con la seguridad de que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman5.
Los mismos Apóstoles, junto a las numerosas conversiones, encontraron desde un primer momento oposición y resistencia, pero no les importaba demasiado el ambiente, porque buscaban ante todo la salvación de las almas.
No tienen que sorprender las dificultades, de un signo u otro: Carísimos –nos advierte San Pedro–, cuando Dios os pruebe con el fuego de la tribulación, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria6. Y el Apóstol Santiago nos dice: Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados de diversas pruebas7. Son algo de lo que podemos sacar mucho bien. Estas pruebas y contradicciones pueden ser muy diferentes: unas provienen de un ambiente materialista y anticristiano que se opone a que Cristo reine en el mundo (calumnias, discriminación profesional, ambiente sectario anticristiano...); en otras ocasiones el Señor puede permitir enfermedades, un desastre económico, fracasos, falta de frutos en la tarea apostólica después de muchos esfuerzos, incomprensiones...
En cualquier caso, debemos entender en lo más íntimo de nuestra alma que el Señor está muy cerca de nosotros para ayudarnos, con más gracias, a madurar en las virtudes, y para que el apostolado dé su fruto. En esas ocasiones, Dios desea purificarnos como al oro en el crisol, de la misma manera que el fuego lo limpia de su escoria, haciéndolo más auténtico y preciado.
II. Todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y de anunciar el Evangelio de Cristo Jesús8. En esas circunstancias, cuando el ambiente se vuelve más sectario o se aleja más de Dios, deberemos sentir como una llamada del Señor a manifestar con nuestra palabra y con el ejemplo de nuestra vida que Cristo resucitado está entre nosotros, y que sin Él se desquician el mundo y el hombre. Cuando mayor sea la oscuridad, mayor es la urgencia de la luz. Deberemos luchar entonces contra corriente, apoyados en una viva oración personal, fortalecidos por la presencia de Jesucristo en el sagrario. Nuestra lucha interior por alejarnos de todo aburguesamiento debe ser más firme. Es uno de los frutos más grandes que debemos sacar de las contradicciones, sean las que fueren: la necesidad de estar más pendientes del Señor, de ser más generosos en la oración y en el espíritu de sacrificio.
La contradicción nos lleva a purificar bien la intención, realizando las cosas por Dios, sin buscar recompensas humanas.
Si por cobardía, por falta de fortaleza, por no pedir ayuda al Señor, se cediera ante la dificultad, el alma iría retrocediendo en su unión con Dios, se llenaría de tristeza y pondría de manifiesto una vida interior superficial y de poco amor a Dios. El demonio suele aprovechar esas ocasiones para redoblar sus ataques, y el alma puede entonces acercarse más a Dios –uniéndose a la Cruz– o separarse de Él, cayendo en un estado de tibieza, falto de amor y de vibración. Una misma dificultad –una enfermedad, una calumnia, un ambiente adverso...– tiene distinto efecto según las disposiciones del alma. No podemos olvidar que el bien sobrenatural que hemos de alcanzar es un bien arduo, difícil, que exige de nuestra parte una correspondencia decidida, llena de fortaleza. Fortaleza, que es virtud cardinal, angular, que aparta los obstáculos, los temores que podrían retraer la voluntad del seguimiento firme del Señor9. Él siempre da, en todo momento y en toda circunstancia, las gracias necesarias.
Ante las contradicciones del ambiente debemos estar serenos y alegres. Es el mismo gozo de los Apóstoles, que estaban llenos de alegría, porque habían sido dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús10. “No se dice que no sufrieron –señala San Juan Crisóstomo–, sino que el sufrimiento les causó alegría. Lo podemos ver por la libertad que acto seguido usaron: inmediatamente después de la flagelación se entregaron a la predicación con admirable ardor”11. “Te traen y te llevan... La fama, ¿qué importa?
“En todo caso, no sientas vergüenza ni pena por ti, sino por ellos: por los que te maltratan”12.
III. Cuando sentimos el peso de la Cruz, el Señor nos invita a ir a Él. “Venid, no para rendir cuentas... No temáis al oír hablar de yugo, porque es suave; no temáis si hablo de carga, porque es ligera”13. Y entonces, junto a Cristo, se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que puede haber de molesto y difícil en nuestras vidas. El sacrificio, el dolor junto a Cristo no es áspero ni agobiante, sino gustoso. “Todo lo duro... lo hace llevadero el amor (...). ¿Qué no hace el amor? Ved cómo trabajan los que aman: no sienten lo que padecen, aumentan sus esfuerzos según aumentan las dificultades”14.
La unión con Dios a través de las adversidades, de cualquier género que sean, es una gracia de Dios que está dispuesto a concedernos siempre; pero, como todas las gracias, exige el ejercicio de la propia libertad, nuestra correspondencia, el no desechar los medios que pone a nuestro alcance, de modo singular el saber abrir el alma en la dirección espiritual si en alguna ocasión la Cruz nos pareciera más pesada. “No es lo mismo un viento suave que el huracán. Con el primero, cualquiera resiste: es juego de niños, parodia de lucha.
“—Pequeñas contradicciones, escasez, apurillos... Los llevabas gustosamente, y vivías la interior alegría de pensar: ¡ahora sí que trabajo por Dios, porque tenemos Cruz!...
“Pero, pobre hijo mío: llegó el huracán, y sientes un bamboleo, un golpear que arrancaría árboles centenarios. Eso..., dentro y fuera. ¡Confía! No podrá desarraigar tu Fe y tu Amor, ni sacarte de tu camino..., si tú no te apartas de la “cabeza”, si sientes la unidad”15.
El Señor nos espera en el sagrario para animarnos y alentarnos siempre... y para decirnos que lo más pesado de la Cruz lo llevó Él, camino del Calvario. Junto a Él aprendemos a llevar con paz y serenidad aquello que nos resulta más costoso y difícil: “Aunque todo se hunda y se acabe, aunque los acontecimientos sucedan al revés de lo previsto, con tremenda adversidad, nada se gana turbándose. Además, recuerda la oración confiada del profeta: “el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Señor es nuestro Rey, Él es quien nos ha de salvar”.
“—Rézala devotamente, a diario, para acomodar tu conducta a los designios de la Providencia, que nos gobierna para nuestro bien”16.
De la persecución que padecieron aquellos primeros fieles en la fe surgieron nuevas conversiones en lugares inesperados. De las dificultades y contradicciones que el Señor permitirá en nuestra vida nacerán incontables frutos de apostolado, nuestro amor se hará fuerte y delicado, y nuestra alma saldrá más purificada de esas pruebas, si las hemos sabido llevar con serenidad y cerca de Cristo. Al terminar nuestra oración le decimos al Señor que queremos buscarle en todas las circunstancias –profesionales, de edad, salud, ambiente...–, favorables unas y otras adversas, y en medio de las dificultades interiores o exteriores que tengamos.
“A la hora del desprecio de la Cruz, la Virgen está allá, cerca de su Hijo, decidida a correr su misma suerte. —Perdamos el miedo a conducirnos como cristianos responsables, cuando no resulta cómodo en el ambiente donde nos desenvolvemos: Ella nos ayudará”17.
1 Hech 8, 1-8. — 2 Hech 8, 4. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 18. — 4 Jn 15, 18. — 5 Cfr. Rom 8, 28. — 6 1 Pdr 4, 12. — 7 Sant 1, 2. — 8 Hech 5, 42. — 9 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 122, a. 3. — 10 Hech 5, 41. — 11 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 14. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 241. — 13 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 37, 2. — 14 San Agustín, Sermón 96, 1. — 15 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 411. — 16 Ibídem, n. 844. — 17 Ibidem, n. 977.
Los mismos Apóstoles, junto a las numerosas conversiones, encontraron desde un primer momento oposición y resistencia, pero no les importaba demasiado el ambiente, porque buscaban ante todo la salvación de las almas.
No tienen que sorprender las dificultades, de un signo u otro: Carísimos –nos advierte San Pedro–, cuando Dios os pruebe con el fuego de la tribulación, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria6. Y el Apóstol Santiago nos dice: Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados de diversas pruebas7. Son algo de lo que podemos sacar mucho bien. Estas pruebas y contradicciones pueden ser muy diferentes: unas provienen de un ambiente materialista y anticristiano que se opone a que Cristo reine en el mundo (calumnias, discriminación profesional, ambiente sectario anticristiano...); en otras ocasiones el Señor puede permitir enfermedades, un desastre económico, fracasos, falta de frutos en la tarea apostólica después de muchos esfuerzos, incomprensiones...
En cualquier caso, debemos entender en lo más íntimo de nuestra alma que el Señor está muy cerca de nosotros para ayudarnos, con más gracias, a madurar en las virtudes, y para que el apostolado dé su fruto. En esas ocasiones, Dios desea purificarnos como al oro en el crisol, de la misma manera que el fuego lo limpia de su escoria, haciéndolo más auténtico y preciado.
II. Todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y de anunciar el Evangelio de Cristo Jesús8. En esas circunstancias, cuando el ambiente se vuelve más sectario o se aleja más de Dios, deberemos sentir como una llamada del Señor a manifestar con nuestra palabra y con el ejemplo de nuestra vida que Cristo resucitado está entre nosotros, y que sin Él se desquician el mundo y el hombre. Cuando mayor sea la oscuridad, mayor es la urgencia de la luz. Deberemos luchar entonces contra corriente, apoyados en una viva oración personal, fortalecidos por la presencia de Jesucristo en el sagrario. Nuestra lucha interior por alejarnos de todo aburguesamiento debe ser más firme. Es uno de los frutos más grandes que debemos sacar de las contradicciones, sean las que fueren: la necesidad de estar más pendientes del Señor, de ser más generosos en la oración y en el espíritu de sacrificio.
La contradicción nos lleva a purificar bien la intención, realizando las cosas por Dios, sin buscar recompensas humanas.
Si por cobardía, por falta de fortaleza, por no pedir ayuda al Señor, se cediera ante la dificultad, el alma iría retrocediendo en su unión con Dios, se llenaría de tristeza y pondría de manifiesto una vida interior superficial y de poco amor a Dios. El demonio suele aprovechar esas ocasiones para redoblar sus ataques, y el alma puede entonces acercarse más a Dios –uniéndose a la Cruz– o separarse de Él, cayendo en un estado de tibieza, falto de amor y de vibración. Una misma dificultad –una enfermedad, una calumnia, un ambiente adverso...– tiene distinto efecto según las disposiciones del alma. No podemos olvidar que el bien sobrenatural que hemos de alcanzar es un bien arduo, difícil, que exige de nuestra parte una correspondencia decidida, llena de fortaleza. Fortaleza, que es virtud cardinal, angular, que aparta los obstáculos, los temores que podrían retraer la voluntad del seguimiento firme del Señor9. Él siempre da, en todo momento y en toda circunstancia, las gracias necesarias.
Ante las contradicciones del ambiente debemos estar serenos y alegres. Es el mismo gozo de los Apóstoles, que estaban llenos de alegría, porque habían sido dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús10. “No se dice que no sufrieron –señala San Juan Crisóstomo–, sino que el sufrimiento les causó alegría. Lo podemos ver por la libertad que acto seguido usaron: inmediatamente después de la flagelación se entregaron a la predicación con admirable ardor”11. “Te traen y te llevan... La fama, ¿qué importa?
“En todo caso, no sientas vergüenza ni pena por ti, sino por ellos: por los que te maltratan”12.
III. Cuando sentimos el peso de la Cruz, el Señor nos invita a ir a Él. “Venid, no para rendir cuentas... No temáis al oír hablar de yugo, porque es suave; no temáis si hablo de carga, porque es ligera”13. Y entonces, junto a Cristo, se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que puede haber de molesto y difícil en nuestras vidas. El sacrificio, el dolor junto a Cristo no es áspero ni agobiante, sino gustoso. “Todo lo duro... lo hace llevadero el amor (...). ¿Qué no hace el amor? Ved cómo trabajan los que aman: no sienten lo que padecen, aumentan sus esfuerzos según aumentan las dificultades”14.
La unión con Dios a través de las adversidades, de cualquier género que sean, es una gracia de Dios que está dispuesto a concedernos siempre; pero, como todas las gracias, exige el ejercicio de la propia libertad, nuestra correspondencia, el no desechar los medios que pone a nuestro alcance, de modo singular el saber abrir el alma en la dirección espiritual si en alguna ocasión la Cruz nos pareciera más pesada. “No es lo mismo un viento suave que el huracán. Con el primero, cualquiera resiste: es juego de niños, parodia de lucha.
“—Pequeñas contradicciones, escasez, apurillos... Los llevabas gustosamente, y vivías la interior alegría de pensar: ¡ahora sí que trabajo por Dios, porque tenemos Cruz!...
“Pero, pobre hijo mío: llegó el huracán, y sientes un bamboleo, un golpear que arrancaría árboles centenarios. Eso..., dentro y fuera. ¡Confía! No podrá desarraigar tu Fe y tu Amor, ni sacarte de tu camino..., si tú no te apartas de la “cabeza”, si sientes la unidad”15.
El Señor nos espera en el sagrario para animarnos y alentarnos siempre... y para decirnos que lo más pesado de la Cruz lo llevó Él, camino del Calvario. Junto a Él aprendemos a llevar con paz y serenidad aquello que nos resulta más costoso y difícil: “Aunque todo se hunda y se acabe, aunque los acontecimientos sucedan al revés de lo previsto, con tremenda adversidad, nada se gana turbándose. Además, recuerda la oración confiada del profeta: “el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Señor es nuestro Rey, Él es quien nos ha de salvar”.
“—Rézala devotamente, a diario, para acomodar tu conducta a los designios de la Providencia, que nos gobierna para nuestro bien”16.
De la persecución que padecieron aquellos primeros fieles en la fe surgieron nuevas conversiones en lugares inesperados. De las dificultades y contradicciones que el Señor permitirá en nuestra vida nacerán incontables frutos de apostolado, nuestro amor se hará fuerte y delicado, y nuestra alma saldrá más purificada de esas pruebas, si las hemos sabido llevar con serenidad y cerca de Cristo. Al terminar nuestra oración le decimos al Señor que queremos buscarle en todas las circunstancias –profesionales, de edad, salud, ambiente...–, favorables unas y otras adversas, y en medio de las dificultades interiores o exteriores que tengamos.
“A la hora del desprecio de la Cruz, la Virgen está allá, cerca de su Hijo, decidida a correr su misma suerte. —Perdamos el miedo a conducirnos como cristianos responsables, cuando no resulta cómodo en el ambiente donde nos desenvolvemos: Ella nos ayudará”17.
1 Hech 8, 1-8. — 2 Hech 8, 4. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 18. — 4 Jn 15, 18. — 5 Cfr. Rom 8, 28. — 6 1 Pdr 4, 12. — 7 Sant 1, 2. — 8 Hech 5, 42. — 9 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 122, a. 3. — 10 Hech 5, 41. — 11 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 14. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 241. — 13 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 37, 2. — 14 San Agustín, Sermón 96, 1. — 15 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 411. — 16 Ibídem, n. 844. — 17 Ibidem, n. 977.
martes, 20 de abril de 2010
1º Aniversario Adoración Eucarística Perpetua Torrijos
Celebración del 1º Año de Adoración Eucarística Perpetua en Torrijos (Toledo) oficiado por D. Braulio Rodriguez Plaza, Arzobispo de Toledo y Primado de España el día 16 de Abril de 2010.
RECTITUD DE INTENCIóN
Es mi Padre quien da el verdadero pan† Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 30-35
Gloria a ti, Señor. En aquel tiempo, la gente preguntó a Jesús:
Gloria a ti, Señor. En aquel tiempo, la gente preguntó a Jesús:
"¿Qué señal puedes ofrecernos para que, al verla, te creamos? ¿Cuál es tu obra? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio a comer pan del cielo".
Jesús les respondió:
"Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo".
Entonces le dijeron:
"Señor, danos siempre de ese pan".
Jesús les contestó:
"Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed".
Palabra del Señor.Gloria a ti, Señor Jesús.
† Meditación diaria
Pascua. 3ª semana. Martes
Pascua. 3ª semana. Martes
RECTITUD DE INTENCIóN
— Pureza de intención y presencia de Dios. Actuar de cara a Dios.
— Vigilantes ante las alabanzas y elogios. “Para Dios toda la gloria”. Rectificar.
— Examinar los motivos que mueven nuestras acciones. Omisiones en el apostolado por falta de rectitud de intención.
— Vigilantes ante las alabanzas y elogios. “Para Dios toda la gloria”. Rectificar.
— Examinar los motivos que mueven nuestras acciones. Omisiones en el apostolado por falta de rectitud de intención.
I. La vida de los primeros fieles y su testimonio en el mundo nos dan a conocer su temple y valentía. No tenían como norma de conducta aquello que era más fácil o más cómodo o más popular, sino el cumplimiento acabado de la voluntad de Dios. “No hacían caso de los peligros de la muerte (...), ni de su pequeño número, ni de la multitud de sus contrarios, ni del poder, fuerza y sabiduría de sus enemigos; porque tenían fuerzas mayores que todo eso: el poder de Aquel que había muerto en la Cruz y había resucitado”1. Tenían la mirada fija en Cristo, que dio su vida por todos los hombres. No buscaban su gloria personal ni el aplauso de sus conciudadanos. Actuaban con rectitud de intención, con la mirada puesta en su Señor. Esto es lo que permite decir a San Esteban en el momento de su martirio: Señor, no les tengas en cuenta su pecado2, como leemos en la Misa de hoy.
La intención es recta cuando Cristo es el fin y el motivo de nuestras acciones. “La pureza de intenciones no es más que presencia de Dios: Dios nuestro Señor está presente en todas nuestras intenciones. ¡Qué libre estará nuestro corazón de todo impedimento terrenal, qué limpia será nuestra mirada y qué sobrenatural todo nuestro modo de obrar cuando Jesucristo reine de verdad en el mundo de nuestra intimidad y presida toda nuestra intención!”3.
Por el contrario, quien busca la aprobación ajena y el aplauso de los demás puede llegar a deformar la propia conciencia: Se puede entonces tomar como criterio de actuación “el qué dirán” y no la voluntad de Dios. La preocupación por la opinión de los demás podría transformarse en miedo al ambiente; se llegaría fácilmente entonces a neutralizar la actividad apostólica de los cristianos, quienes “han tomado sobre sí una tarea urgente que han de cumplir en la tierra”4: la evangelización del mundo.
En ocasiones, por no desentonar con el ambiente, se comienza con facilidad a no ser del todo coherente con los principios. Se cae en la tentación de inclinarse hacia el lado en que es más fácil recoger sonrisas y cumplidos, o, en el mejor de los casos, del lado de la mediocridad. Es lo que ocurrió con los fariseos. “Ella (la vanagloria y la cobardía) fue la que los apartó de Dios; ella les hizo buscar otro teatro para sus luchas, y esto los perdió. Porque como se procura agradar a los espectadores que cada uno tiene, según los espectadores, tales son los combates que se realizan”5. Por el contrario, el que busca de verdad a Cristo ha de saber que su conducta –sobre todo si su vida se desarrolla en un medio poco cristiano– será impopular y combatida en muchas ocasiones.
Debemos procurar, en primer lugar, en nuestras actuaciones, agradar a Cristo. Si aún buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo6. Y el mismo San Pablo replicaba así a algunos fieles de Corinto que criticaban su apostolado: En cuanto a mí, muy poco se me da ser juzgado por vosotros o por cualquier otro tribunal, que ni aun a mí mismo me juzgo... Quien me juzga es el Señor7.
Los juicios humanos son a menudo errados y poco fiables. Solo Dios puede juzgar nuestras acciones y también nuestras intenciones. “Entre las sorpresas que nos esperan en el día del juicio, no será la menor el silencio que el Señor guardará sobre aquellas de nuestras acciones que nos valieron los aplausos de nuestros semejantes (...). En cambio, puede suceder que haya inscrito en nuestro activo algunas acciones que nos hayan atraído críticas, censuras (...). Nuestro juez es el Señor. Y a Él es a quien hemos de agradar”8. Preguntémonos muchas veces al día: ¿hago en este momento lo que debo?, ¿busco la gloria de Dios, o la propia vanidad, el quedar bien? Si somos sinceros en esas ocasiones, tendremos luz para rectificar la intención, si fuera necesario, y dirigirla al Señor.
La intención es recta cuando Cristo es el fin y el motivo de nuestras acciones. “La pureza de intenciones no es más que presencia de Dios: Dios nuestro Señor está presente en todas nuestras intenciones. ¡Qué libre estará nuestro corazón de todo impedimento terrenal, qué limpia será nuestra mirada y qué sobrenatural todo nuestro modo de obrar cuando Jesucristo reine de verdad en el mundo de nuestra intimidad y presida toda nuestra intención!”3.
Por el contrario, quien busca la aprobación ajena y el aplauso de los demás puede llegar a deformar la propia conciencia: Se puede entonces tomar como criterio de actuación “el qué dirán” y no la voluntad de Dios. La preocupación por la opinión de los demás podría transformarse en miedo al ambiente; se llegaría fácilmente entonces a neutralizar la actividad apostólica de los cristianos, quienes “han tomado sobre sí una tarea urgente que han de cumplir en la tierra”4: la evangelización del mundo.
En ocasiones, por no desentonar con el ambiente, se comienza con facilidad a no ser del todo coherente con los principios. Se cae en la tentación de inclinarse hacia el lado en que es más fácil recoger sonrisas y cumplidos, o, en el mejor de los casos, del lado de la mediocridad. Es lo que ocurrió con los fariseos. “Ella (la vanagloria y la cobardía) fue la que los apartó de Dios; ella les hizo buscar otro teatro para sus luchas, y esto los perdió. Porque como se procura agradar a los espectadores que cada uno tiene, según los espectadores, tales son los combates que se realizan”5. Por el contrario, el que busca de verdad a Cristo ha de saber que su conducta –sobre todo si su vida se desarrolla en un medio poco cristiano– será impopular y combatida en muchas ocasiones.
Debemos procurar, en primer lugar, en nuestras actuaciones, agradar a Cristo. Si aún buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo6. Y el mismo San Pablo replicaba así a algunos fieles de Corinto que criticaban su apostolado: En cuanto a mí, muy poco se me da ser juzgado por vosotros o por cualquier otro tribunal, que ni aun a mí mismo me juzgo... Quien me juzga es el Señor7.
Los juicios humanos son a menudo errados y poco fiables. Solo Dios puede juzgar nuestras acciones y también nuestras intenciones. “Entre las sorpresas que nos esperan en el día del juicio, no será la menor el silencio que el Señor guardará sobre aquellas de nuestras acciones que nos valieron los aplausos de nuestros semejantes (...). En cambio, puede suceder que haya inscrito en nuestro activo algunas acciones que nos hayan atraído críticas, censuras (...). Nuestro juez es el Señor. Y a Él es a quien hemos de agradar”8. Preguntémonos muchas veces al día: ¿hago en este momento lo que debo?, ¿busco la gloria de Dios, o la propia vanidad, el quedar bien? Si somos sinceros en esas ocasiones, tendremos luz para rectificar la intención, si fuera necesario, y dirigirla al Señor.
II. Una mala intención destruye las mejores acciones; la obra puede estar bien hecha, incluso ser beneficiosa, pero, por estar corrompida en su fuente, pierde todo su valor a los ojos de Dios. La vanidad o el buscarse a uno mismo puede destruir, a veces totalmente, lo que podría haber sido una obra de santidad. Sin rectitud de intención equivocamos el camino.
En algunas ocasiones el recibir un pequeño elogio es un signo de amistad y puede ayudarnos en el camino del bien. Pero debemos dirigirlo con sencillez al Señor; además, una cosa es recibir un elogio, una señal de ser bien recibidos, y otra, el buscarlo. Y siempre hemos de estar atentos y vigilantes ante las alabanzas, pues “muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía (...), encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente (...). Y aquello que había de serle motivo de alabanza a Dios se le convierte en causa de separación”9.
El Señor señala en diversas ocasiones el pago de las buenas obras hechas sin rectitud de intención: ya recibieron su recompensa, dice refiriéndose a los fariseos que buscaban el ser alabados y considerados. Se ha obtenido lo que se había buscado: una mirada de aprobación, un gesto admirativo, una palabra elogiosa. Y de todo eso quedará solo humo en muy poco tiempo: nada para la eternidad. ¡Qué fracaso haber perdido tanto por tan poco! Dios recibe nuestras acciones –aunque sean pequeñas– si las hemos ofrecido con intención pura: hacedlo todo para la gloria de Dios10, nos aconseja San Pablo. Las dos pequeñas monedas que aquella pobre viuda echó en el cepillo del Templo11, se convirtieron en un gran tesoro en el Cielo.
El Señor contempla nuestra vida y tiene cada día la mano extendida para ver qué le ofrecemos: acepta aquello que verdaderamente hacemos por Él. De lo demás ya recibimos nuestra triste recompensa aquí abajo. “Pureza de intención. —Las sugestiones de la soberbia y los ímpetus de la carne los conocemos pronto... y peleas y, con la gracia, vences.
“Pero los motivos que te llevan a obrar, aun en las acciones más santas, no te parecen claros... y sientes una voz allá dentro que te hace ver razones humanas..., con tal sutileza, que se infiltra en tu alma la intranquilidad de pensar que no trabajas como debes hacerlo —por puro Amor, sola y exclusivamente por dar a Dios toda su gloria.
“Reacciona enseguida cada vez y di: “Señor, para mí nada quiero. —Todo para tu gloria y por Amor”“12.
Qué estupenda jaculatoria para repetirla muchas veces: “Señor, para mí nada quiero. —Todo para tu gloria y por Amor”. Nos ayudará a vivir el desprendimiento de tantas cosas y a rectificar la intención en muchas ocasiones.
En algunas ocasiones el recibir un pequeño elogio es un signo de amistad y puede ayudarnos en el camino del bien. Pero debemos dirigirlo con sencillez al Señor; además, una cosa es recibir un elogio, una señal de ser bien recibidos, y otra, el buscarlo. Y siempre hemos de estar atentos y vigilantes ante las alabanzas, pues “muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía (...), encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente (...). Y aquello que había de serle motivo de alabanza a Dios se le convierte en causa de separación”9.
El Señor señala en diversas ocasiones el pago de las buenas obras hechas sin rectitud de intención: ya recibieron su recompensa, dice refiriéndose a los fariseos que buscaban el ser alabados y considerados. Se ha obtenido lo que se había buscado: una mirada de aprobación, un gesto admirativo, una palabra elogiosa. Y de todo eso quedará solo humo en muy poco tiempo: nada para la eternidad. ¡Qué fracaso haber perdido tanto por tan poco! Dios recibe nuestras acciones –aunque sean pequeñas– si las hemos ofrecido con intención pura: hacedlo todo para la gloria de Dios10, nos aconseja San Pablo. Las dos pequeñas monedas que aquella pobre viuda echó en el cepillo del Templo11, se convirtieron en un gran tesoro en el Cielo.
El Señor contempla nuestra vida y tiene cada día la mano extendida para ver qué le ofrecemos: acepta aquello que verdaderamente hacemos por Él. De lo demás ya recibimos nuestra triste recompensa aquí abajo. “Pureza de intención. —Las sugestiones de la soberbia y los ímpetus de la carne los conocemos pronto... y peleas y, con la gracia, vences.
“Pero los motivos que te llevan a obrar, aun en las acciones más santas, no te parecen claros... y sientes una voz allá dentro que te hace ver razones humanas..., con tal sutileza, que se infiltra en tu alma la intranquilidad de pensar que no trabajas como debes hacerlo —por puro Amor, sola y exclusivamente por dar a Dios toda su gloria.
“Reacciona enseguida cada vez y di: “Señor, para mí nada quiero. —Todo para tu gloria y por Amor”“12.
Qué estupenda jaculatoria para repetirla muchas veces: “Señor, para mí nada quiero. —Todo para tu gloria y por Amor”. Nos ayudará a vivir el desprendimiento de tantas cosas y a rectificar la intención en muchas ocasiones.
III. Para ser personas de intención recta es conveniente examinar los motivos que mueven nuestras acciones: considerar en la presencia de Dios lo que nos induce a comportarnos de una manera o de otra, lo que nos lleva a reaccionar de este modo, si existen omisiones en nuestro apostolado por falsos respetos humanos, si nos amoldamos con facilidad a un ambiente poco cristiano, etcétera. A la luz de la fe podremos descubrir los puntos de cobardía o de vanagloria que puede haber en la conducta.
Nos indica el Señor una norma clara: cuando des limosna no lo vayas pregonando...13, no publicar lo que hacemos, no detenernos en lo que nos parece que hemos hecho bien. Ni en el momento de hacerlo, ni después: que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha. No dejar de hacer tampoco aquello que debemos.
Tenemos un testigo de excepción. Ninguno de nuestros actos pasa inadvertido ante nuestro Padre Dios. Nada le es indiferente, esto ya es recompensa suficiente, un gran motivo para rectificar la intención en el trabajo y en las obras de apostolado. “Una impaciente y desordenada preocupación por subir profesionalmente, puede disfrazar el amor propio so capa “de servir a las almas”. Con falsía –no quito una letra–, nos forjamos la justificación de que no debemos desaprovechar ciertas coyunturas, ciertas circunstancias favorables...
“Vuelve tus ojos a Jesús: Él es “el Camino”. También durante sus años escondidos surgieron coyunturas y circunstancias “muy favorables”, para anticipar su vida pública. A los doce años, por ejemplo, cuando los doctores de la ley se admiraron de sus preguntas y de sus respuestas... Pero Jesucristo cumple la Voluntad de su Padre, y espera: ¡obedece!
“—Sin perder esa santa ambición tuya de llevar el mundo entero a Dios, cuando se insinúen esas iniciativas –ansias quizá de deserción–, recuerda que también a ti te toca obedecer y ocuparte de esa tarea oscura, poco brillante, mientras el Señor no te pida otra cosa: Él tiene sus tiempos y sus sendas”14.
Vigilancia nos pide el Señor, porque si nos descuidamos, buscaremos la recompensa de aquí abajo, y dejaremos de hacer el bien por cobardía, por respetos humanos, por miedo a la opinión de los demás. No nos vaya a suceder “como la nave, que ha realizado muchos viajes, y ha escapado de muchas tempestades, pero en el mismo puerto choca contra una roca y se le caen por la borda todos los tesoros que guardaba; así, quien, después de muchos trabajos, no rechaza el deseo de alabanzas, naufraga en el mismo puerto”15.
Somos más libres cuando hacemos las cosas solamente por Dios. Así no estamos supeditados al “qué dirán” ni a la gratitud humana, que es siempre frágil. La rectitud de intención nos ayuda a realizar un apostolado más fecundo en cualquier ambiente y en cualquier circunstancia, nos señala el camino de la libertad anterior.
Nos indica el Señor una norma clara: cuando des limosna no lo vayas pregonando...13, no publicar lo que hacemos, no detenernos en lo que nos parece que hemos hecho bien. Ni en el momento de hacerlo, ni después: que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha. No dejar de hacer tampoco aquello que debemos.
Tenemos un testigo de excepción. Ninguno de nuestros actos pasa inadvertido ante nuestro Padre Dios. Nada le es indiferente, esto ya es recompensa suficiente, un gran motivo para rectificar la intención en el trabajo y en las obras de apostolado. “Una impaciente y desordenada preocupación por subir profesionalmente, puede disfrazar el amor propio so capa “de servir a las almas”. Con falsía –no quito una letra–, nos forjamos la justificación de que no debemos desaprovechar ciertas coyunturas, ciertas circunstancias favorables...
“Vuelve tus ojos a Jesús: Él es “el Camino”. También durante sus años escondidos surgieron coyunturas y circunstancias “muy favorables”, para anticipar su vida pública. A los doce años, por ejemplo, cuando los doctores de la ley se admiraron de sus preguntas y de sus respuestas... Pero Jesucristo cumple la Voluntad de su Padre, y espera: ¡obedece!
“—Sin perder esa santa ambición tuya de llevar el mundo entero a Dios, cuando se insinúen esas iniciativas –ansias quizá de deserción–, recuerda que también a ti te toca obedecer y ocuparte de esa tarea oscura, poco brillante, mientras el Señor no te pida otra cosa: Él tiene sus tiempos y sus sendas”14.
Vigilancia nos pide el Señor, porque si nos descuidamos, buscaremos la recompensa de aquí abajo, y dejaremos de hacer el bien por cobardía, por respetos humanos, por miedo a la opinión de los demás. No nos vaya a suceder “como la nave, que ha realizado muchos viajes, y ha escapado de muchas tempestades, pero en el mismo puerto choca contra una roca y se le caen por la borda todos los tesoros que guardaba; así, quien, después de muchos trabajos, no rechaza el deseo de alabanzas, naufraga en el mismo puerto”15.
Somos más libres cuando hacemos las cosas solamente por Dios. Así no estamos supeditados al “qué dirán” ni a la gratitud humana, que es siempre frágil. La rectitud de intención nos ayuda a realizar un apostolado más fecundo en cualquier ambiente y en cualquier circunstancia, nos señala el camino de la libertad anterior.
1 San Juan Crisóstomo, Hom. sobre San Mateo, 4. — 2 Hech 7, 59. — 3 S. Canals, Ascética meditada, p. 143. — 4 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 93. — 5 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 72. — 6 Gal 1, 10. — 7 1 Cor 4, 3-4. — 8 G. Chevrot, En lo secreto, p. 33. — 9 San Gregorio Magno, Moralia, 10, 47-48. — 10 1 Cor 10, 31. — 11 Mc 12, 42. — 12 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 783. — 13 Mt 6, 2-4. — 14 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 701. — 15 San Juan Crisóstomo, Hom. de perect. Evang.
lunes, 19 de abril de 2010
La Eucaristía alimenta la fe

Celebran un lustro de una capilla de adoración perpetua
19/04/2010
19/04/2010
El principal alimento de la fe lo tenemos en la palabra de Dios y en la Eucaristía, recordó el obispo Rafael Palma Capetillo, en la misa de acción de gracias que presidió ayer por el quinto aniversario de la capilla de adoración perpetua al Santísimo de la rectoría del Espíritu Santo, en Jardines de Mérida.
“La Eucaristía nos recuerda la presencia real de Dios y la promesa que estará hasta el final de los tiempos”, agregó.Monseñor Rafael Palma Capetillo reiteró que la Eucaristía da la fuerza para afrontar situaciones adversas.
La capilla de adoración perpetua de la rectoría del Espíritu Santo cumplió ayer cinco años. Fue fundada en el tiempo que estuvo al frente del templo católico el padre Fernando Castro Andrade, cuando el sacerdote aceptó la propuesta de tener un lugar para adorar al Santísimo todos los días, las 24 horas.
El obispo Palma Capetillo concelebró con los presbíteros Castro Andrade y Manuel Torres Heredia, rectores de las capillas de Santa Isabel y del Espíritu Santo, respectivamente.
En la homilía de la misa, el obispo auxiliar de Yucatán recordó que la capilla está abierta para todos, no sólo para las personas inscritas. “Nuestra oración tiene valor grande. Nuestros testimonios ayudan a otras personas para que sientan atraídas a la adoración perpetua”, señaló.También mencionó que el Papa Benedicto XVI ha pedido resaltar el nombre de la Eucaristía como el sacramento del amor.
Durante la misa, a un costado del altar se pusieron unas cuatro decenas de imágenes de Nuestra Señora Schoenstatt, que peregrinan por Mérida, una devoción que desde hace muchos años promueve el padre Castro Andrade.
Según comentó el obispo Palma, en la arquidiócesis hay 14 capillas de adoración:
Nuestra Señora de Fátima, María Inmaculada, el Señor de la Divina Misericordia, Espíritu Santo, San Martín de Porres, San Martín Caballero, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Santa María Goreti, Nuestra Señora de la Consolación y Santa Isabel, así como en Tixpeual, Kancab, Maxcanú y Kopomá.Luego de la misa de acción de gracias se realizó una convivencia en el atrio de la iglesia de Jardines de Mérida.
— Claudia Sierra Medina
Etiquetas:
Adoración Eucarística,
Adoracion Perpetua
NATURALIDAD CRISTIANA

† Meditación diaria
Pascua. 3ª semana. Lunes
Pascua. 3ª semana. Lunes
NATURALIDAD CRISTIANA
— Ser cristianos coherentes en todas las situaciones de nuestra vida.
— Apostolado en ambientes difíciles.
— Rectitud de intención.
— Apostolado en ambientes difíciles.
— Rectitud de intención.
I. El proceso contra Esteban desencadena una grave persecución contra la Iglesia. En la lectura de la Misa de hoy se narra su actividad apostólica y su martirio1: En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Contra él se utilizarán los mismos medios, y casi las mismas palabras, que se emplearon contra Jesús: Le hemos oído decir –aseguran los falsos testigos– que ese Jesús de Nazaret destruirá el templo y cambiará las tradiciones que recibimos de Moisés.
Esteban proclamó con valentía su fe en Jesús resucitado. Y es ejemplo para nosotros –aunque el Señor no nos pida el martirio– de vida cristiana coherente: con naturalidad y claridad, sin detenernos ante los falsos escándalos, ni ante el qué dirán. Debemos contar con ambientes en los que alguna vez nos mirarán torcidamente, porque no entienden un comportamiento cristiano, ni muchas de las amables exigencias de la doctrina de Cristo. Debemos imitar entonces al Señor y a quienes le fueron fieles, incluso hasta dar la vida por Él, si fuera necesario, actuando con serenidad, llevando una vida cristiana con todas sus consecuencias. Sin duda, sería más cómodo el adaptarse a esas situaciones y estilos de vida paganizados, pero ya no podríamos decir que queremos ser discípulos fieles de Jesús. Estas situaciones, en las que tendremos que echar mano de la firmeza de carácter y de la fortaleza en la fe, pueden darse en la Universidad, en el trabajo, en el lugar donde pasamos unos días de descanso con la familia, etcétera.
“En sus actuaciones públicas, los cristianos deben inspirarse en los criterios y objetivos evangélicos vividos e interpretados por la Iglesia. La legítima diversidad de opiniones en los asuntos temporales no debe impedir la necesaria coincidencia de los cristianos en defender y promover los valores y proyectos de vida derivados de la moral evangélica”2. El cristiano debe rechazar el miedo de parecer chocante si, por vivir como discípulo fiel del Señor, su conducta es mal interpretada o claramente rechazada. Quien ocultara su personalidad cristiana en medio de un ambiente de costumbres paganas, se doblegaría por respetos humanos, y sería merecedor de aquellas palabras de Jesús: Quien me niegue ante los hombres, Yo también le negaré ante mi Padre que está en los cielos3.
“¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios? –pregunta el Santo Cura de Ars–. Es el respeto humano”4. ¿Cómo es nuestro comportamiento con los amigos, en el trabajo, en una reunión social? ¿Mostramos con valentía y sencillez nuestra condición de hijos de Dios?
Esteban proclamó con valentía su fe en Jesús resucitado. Y es ejemplo para nosotros –aunque el Señor no nos pida el martirio– de vida cristiana coherente: con naturalidad y claridad, sin detenernos ante los falsos escándalos, ni ante el qué dirán. Debemos contar con ambientes en los que alguna vez nos mirarán torcidamente, porque no entienden un comportamiento cristiano, ni muchas de las amables exigencias de la doctrina de Cristo. Debemos imitar entonces al Señor y a quienes le fueron fieles, incluso hasta dar la vida por Él, si fuera necesario, actuando con serenidad, llevando una vida cristiana con todas sus consecuencias. Sin duda, sería más cómodo el adaptarse a esas situaciones y estilos de vida paganizados, pero ya no podríamos decir que queremos ser discípulos fieles de Jesús. Estas situaciones, en las que tendremos que echar mano de la firmeza de carácter y de la fortaleza en la fe, pueden darse en la Universidad, en el trabajo, en el lugar donde pasamos unos días de descanso con la familia, etcétera.
“En sus actuaciones públicas, los cristianos deben inspirarse en los criterios y objetivos evangélicos vividos e interpretados por la Iglesia. La legítima diversidad de opiniones en los asuntos temporales no debe impedir la necesaria coincidencia de los cristianos en defender y promover los valores y proyectos de vida derivados de la moral evangélica”2. El cristiano debe rechazar el miedo de parecer chocante si, por vivir como discípulo fiel del Señor, su conducta es mal interpretada o claramente rechazada. Quien ocultara su personalidad cristiana en medio de un ambiente de costumbres paganas, se doblegaría por respetos humanos, y sería merecedor de aquellas palabras de Jesús: Quien me niegue ante los hombres, Yo también le negaré ante mi Padre que está en los cielos3.
“¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios? –pregunta el Santo Cura de Ars–. Es el respeto humano”4. ¿Cómo es nuestro comportamiento con los amigos, en el trabajo, en una reunión social? ¿Mostramos con valentía y sencillez nuestra condición de hijos de Dios?
II. En ocasiones, parece de “buen tono” hablar con frialdad de las grandes verdades de la vida, o bien no hablar de ellas en absoluto. Y llaman fanático al que habla con entusiasmo de una causa noble –defensa de la vida desde la concepción, libertad de enseñanza...– o tratan de descalificar con diversos adjetivos al que tiene convicciones profundas sobre la vida y su destino final y trata de vivirlas.
Sin intemperancias, que son ajenas al ejemplo amable que nos dejó Jesucristo, trataremos de vivir, con la ayuda de la gracia, una vida llena de convicciones cristianas profundas y firmes. Sabemos bien, por ejemplo, que la indiferencia ante las maravillas de Dios es un gran mal, consecuencia de la tibieza o de una fe muerta o dormida, por mucho que se la quiera disfrazar de “objetividad”.
El cristiano, por el Bautismo, ha recibido la gracia que salva y da sentido a su caminar terreno. Ante un bien tan excelente es lógico que esté alegre y que procure comunicar su felicidad a quienes están a su lado por medio de un apostolado incesante.
Jesús siempre hizo el bien. Yo os pregunto –les decía Jesús en cierta ocasión a unos escribas y fariseos que le espiaban– ¿es lícito hacer el bien o hacer el mal? Y a continuación curó al enfermo de la mano seca. En todos los ambientes debemos hacer el bien, comunicar la alegría de haber conocido a Cristo; sentimos la necesidad de ganar almas para la Verdad, para el amor, para Cristo. “Y esto se llama, en correcto castellano, proselitismo. Aquí interviene también la manipulación de las palabras. El término proselitismo ha sido cargado por algunos con la albarda de intereses egoístas, de utilización de medios poco honrados para fascinar, coaccionar o enrolar engañosamente a los que se dirige. Tal actitud merece seria condena; pero lo condenable es el proselitismo sectario, engañador, mercenario, el que se aprovecha de la ignorancia ajena, de su miseria material, de su soledad afectiva.
“Pero ¿vamos, por eso, a renunciar los cristianos a la fecundidad apostólica, a la fraternidad comunicativa del genuino proselitismo?”5.
La certeza de las verdades de nuestra fe –solo el que está convencido convence– y el amor a Cristo nos llevará a una comunicación fecunda de lo que nosotros hemos encontrado, nos llevará a un leal proselitismo. Y esto en todos los ambientes.
Sin intemperancias, que son ajenas al ejemplo amable que nos dejó Jesucristo, trataremos de vivir, con la ayuda de la gracia, una vida llena de convicciones cristianas profundas y firmes. Sabemos bien, por ejemplo, que la indiferencia ante las maravillas de Dios es un gran mal, consecuencia de la tibieza o de una fe muerta o dormida, por mucho que se la quiera disfrazar de “objetividad”.
El cristiano, por el Bautismo, ha recibido la gracia que salva y da sentido a su caminar terreno. Ante un bien tan excelente es lógico que esté alegre y que procure comunicar su felicidad a quienes están a su lado por medio de un apostolado incesante.
Jesús siempre hizo el bien. Yo os pregunto –les decía Jesús en cierta ocasión a unos escribas y fariseos que le espiaban– ¿es lícito hacer el bien o hacer el mal? Y a continuación curó al enfermo de la mano seca. En todos los ambientes debemos hacer el bien, comunicar la alegría de haber conocido a Cristo; sentimos la necesidad de ganar almas para la Verdad, para el amor, para Cristo. “Y esto se llama, en correcto castellano, proselitismo. Aquí interviene también la manipulación de las palabras. El término proselitismo ha sido cargado por algunos con la albarda de intereses egoístas, de utilización de medios poco honrados para fascinar, coaccionar o enrolar engañosamente a los que se dirige. Tal actitud merece seria condena; pero lo condenable es el proselitismo sectario, engañador, mercenario, el que se aprovecha de la ignorancia ajena, de su miseria material, de su soledad afectiva.
“Pero ¿vamos, por eso, a renunciar los cristianos a la fecundidad apostólica, a la fraternidad comunicativa del genuino proselitismo?”5.
La certeza de las verdades de nuestra fe –solo el que está convencido convence– y el amor a Cristo nos llevará a una comunicación fecunda de lo que nosotros hemos encontrado, nos llevará a un leal proselitismo. Y esto en todos los ambientes.
III. El lugar donde buscamos la santidad es el trabajo, las relaciones con quienes comparten las mismas tareas que nosotros, el trato social, la familia.
Si encontramos obstáculos, incomprensiones o críticas injustas le pediremos al Señor su gracia para mantenernos serenos, tener paciencia y, ordinariamente, no dejar de hacer apostolado. El Señor no siempre se encontró con personas de buena fe al anunciar la Buena Nueva, y no por eso dejó de mostrar las maravillas del Reino de Dios. Los Apóstoles, en los comienzos de la Iglesia, y los primeros cristianos también, se encontraron con situaciones y ambientes que, al menos al principio, rechazaban de plano la doctrina salvadora que llevaban en su corazón y, sin embargo, convirtieron el mundo antiguo. “—No entiendo tu abulia. Si tropiezas con un grupo de compañeros un poco difícil –que quizá ha llegado a ser difícil por tu abandono–, te desentiendes de ellos, escurres el bulto, y piensas que son un peso muerto, un lastre que se opone a tus ilusiones apostólicas, que no te entenderán...
“¿Cómo quieres que te oigan si, aparte de quererles y servirles con tu oración y mortificación, no les hablas?...”6.
Por otra parte, ninguna situación es inamovible ni definitiva. El paso del tiempo acaba por dar la razón al que trabaja y trata a los demás con honradez, con rectitud de intención, sin buscar ventajas personales.
El dejarse llevar por los respetos humanos es propio de personas con una formación superficial, sin criterios claros, con un carácter poco firme. Con frecuencia esta actitud, tan poco atrayente también en lo humano, viene respaldada por la comodidad de no llevarse un pequeño mal rato, el miedo a poner en peligro un cargo, por ejemplo, o el deseo de no distinguirse de los demás.
Aunque los nobles se sientan a murmurar de mí –se lee en el Salmo responsorial7–, tu siervo medita tus leyes; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros.
Para vencer los respetos humanos necesitamos rectitud de intención, atendiendo más al parecer de Dios que al parecer de los demás; fortaleza para pasar con elegancia las pequeñas críticas, frecuentemente superficiales, cuando las haya; alegría para comunicar el tesoro que cada discípulo del Señor ha encontrado, y el buen ejemplo, del que nunca nos arrepentiremos, que es simple coherencia con la gracia, que el Señor ha puesto en nuestro corazón. Aun en los ambientes más difíciles podremos ganar almas para Cristo si deseamos de verdad hacer felices a esos amigos, compañeros o conocidos. “Antes de querer hacer santos a todos aquellos a quienes amamos es necesario que les hagamos felices y alegres, pues nada prepara mejor el alma para la gracia como la leticia y la alegría.
“Tú sabes ya (...) que cuando tienes entre las manos los corazones de aquellos a quienes quieres hacer mejores, si los has sabido atraer con la mansedumbre de Cristo, has recorrido ya la mitad de tu camino apostólico. Cuando te quieren y tienen confianza en ti, cuando están contentos, el campo está dispuesto para la siembra. Pues sus corazones están abiertos como una tierra fértil, para recibir el blanco trigo de tu palabra de apóstol o de educador.
“Si sabes hablar sin herir, sin ofender, aunque debas corregir o reprender, los corazones no se te cerrarán. La semilla caerá, sin duda, en tierra fértil y la cosecha será abundante. De otro modo tus palabras encontrarán, en vez de un corazón abierto, un muro macizo; tu simiente no caerá en tierra fértil, sino al margen del camino (...) de la indiferencia o de la falta de confianza; o en la piedra (...) de un ánimo mal dispuesto, o entre las espinas (...) de un corazón herido, resentido, lleno de rencor.
“No perdamos nunca de vista que el Señor ha prometido su eficacia a los rostros amables, a los modales afables y cordiales, a la palabra clara y persuasiva que dirige y forma sin herir (...). No debemos olvidar nunca que somos hombres que tratamos con otros hombres, aun cuando queramos hacer bien a las almas. No somos ángeles. Y, por tanto, nuestro aspecto, nuestra sonrisa, nuestros modales, son elementos que condicionan la eficacia de nuestro apostolado”8.
En la Santísima Virgen encontramos, como los Apóstoles, la fortaleza necesaria para hablar de Dios sin respetos humanos: “—Después de que el Maestro, mientras asciende a la diestra de Dios Padre, les ha dicho: “id y predicad a todas las gentes”, se han quedado los discípulos con paz. Pero aún tienen dudas: no saben qué hacer, y se reúnen con María, Reina de los Apóstoles, para convertirse en celosos pregoneros de la Verdad que salvará al mundo”9.
Si encontramos obstáculos, incomprensiones o críticas injustas le pediremos al Señor su gracia para mantenernos serenos, tener paciencia y, ordinariamente, no dejar de hacer apostolado. El Señor no siempre se encontró con personas de buena fe al anunciar la Buena Nueva, y no por eso dejó de mostrar las maravillas del Reino de Dios. Los Apóstoles, en los comienzos de la Iglesia, y los primeros cristianos también, se encontraron con situaciones y ambientes que, al menos al principio, rechazaban de plano la doctrina salvadora que llevaban en su corazón y, sin embargo, convirtieron el mundo antiguo. “—No entiendo tu abulia. Si tropiezas con un grupo de compañeros un poco difícil –que quizá ha llegado a ser difícil por tu abandono–, te desentiendes de ellos, escurres el bulto, y piensas que son un peso muerto, un lastre que se opone a tus ilusiones apostólicas, que no te entenderán...
“¿Cómo quieres que te oigan si, aparte de quererles y servirles con tu oración y mortificación, no les hablas?...”6.
Por otra parte, ninguna situación es inamovible ni definitiva. El paso del tiempo acaba por dar la razón al que trabaja y trata a los demás con honradez, con rectitud de intención, sin buscar ventajas personales.
El dejarse llevar por los respetos humanos es propio de personas con una formación superficial, sin criterios claros, con un carácter poco firme. Con frecuencia esta actitud, tan poco atrayente también en lo humano, viene respaldada por la comodidad de no llevarse un pequeño mal rato, el miedo a poner en peligro un cargo, por ejemplo, o el deseo de no distinguirse de los demás.
Aunque los nobles se sientan a murmurar de mí –se lee en el Salmo responsorial7–, tu siervo medita tus leyes; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros.
Para vencer los respetos humanos necesitamos rectitud de intención, atendiendo más al parecer de Dios que al parecer de los demás; fortaleza para pasar con elegancia las pequeñas críticas, frecuentemente superficiales, cuando las haya; alegría para comunicar el tesoro que cada discípulo del Señor ha encontrado, y el buen ejemplo, del que nunca nos arrepentiremos, que es simple coherencia con la gracia, que el Señor ha puesto en nuestro corazón. Aun en los ambientes más difíciles podremos ganar almas para Cristo si deseamos de verdad hacer felices a esos amigos, compañeros o conocidos. “Antes de querer hacer santos a todos aquellos a quienes amamos es necesario que les hagamos felices y alegres, pues nada prepara mejor el alma para la gracia como la leticia y la alegría.
“Tú sabes ya (...) que cuando tienes entre las manos los corazones de aquellos a quienes quieres hacer mejores, si los has sabido atraer con la mansedumbre de Cristo, has recorrido ya la mitad de tu camino apostólico. Cuando te quieren y tienen confianza en ti, cuando están contentos, el campo está dispuesto para la siembra. Pues sus corazones están abiertos como una tierra fértil, para recibir el blanco trigo de tu palabra de apóstol o de educador.
“Si sabes hablar sin herir, sin ofender, aunque debas corregir o reprender, los corazones no se te cerrarán. La semilla caerá, sin duda, en tierra fértil y la cosecha será abundante. De otro modo tus palabras encontrarán, en vez de un corazón abierto, un muro macizo; tu simiente no caerá en tierra fértil, sino al margen del camino (...) de la indiferencia o de la falta de confianza; o en la piedra (...) de un ánimo mal dispuesto, o entre las espinas (...) de un corazón herido, resentido, lleno de rencor.
“No perdamos nunca de vista que el Señor ha prometido su eficacia a los rostros amables, a los modales afables y cordiales, a la palabra clara y persuasiva que dirige y forma sin herir (...). No debemos olvidar nunca que somos hombres que tratamos con otros hombres, aun cuando queramos hacer bien a las almas. No somos ángeles. Y, por tanto, nuestro aspecto, nuestra sonrisa, nuestros modales, son elementos que condicionan la eficacia de nuestro apostolado”8.
En la Santísima Virgen encontramos, como los Apóstoles, la fortaleza necesaria para hablar de Dios sin respetos humanos: “—Después de que el Maestro, mientras asciende a la diestra de Dios Padre, les ha dicho: “id y predicad a todas las gentes”, se han quedado los discípulos con paz. Pero aún tienen dudas: no saben qué hacer, y se reúnen con María, Reina de los Apóstoles, para convertirse en celosos pregoneros de la Verdad que salvará al mundo”9.
1 Cfr. Hch 6, 8-15. — 2 Conferencia Episcopal Española, Testigos de Dios vivo, 28-VI-1985, n. 64, d. — 3 Mt 10, 32. — 4 Santo Cura de Ars, Sermón sobre las tentaciones. — 5 C. López Pardo, en Rev. Palabra, n. 245. — 6 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 954. — 7 Sal 118. — 8 S. Canals, Ascética meditada, pp. 74-76. — 9 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 232.
«Señor tu sabes que te amo»

Domingo de la Semana 3ª de Pascua. Ciclo C
«Señor tu sabes que te amo»
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 5,27b-32. 40b - 41
«El Sumo Sacerdote les interrogó y les dijo: "Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre". Pedro y los apóstoles contestaron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen". Después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre.»
Lectura del libro del Apocalipsis 5,11-14
«Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas[1] de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza". Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: "Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos". Y los cuatro Vivientes decían: "Amén"; y los Ancianos se postraron para adorar.»
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 21, 1-19
«Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: "Voy a pescar". Le contestan ellos: "También nosotros vamos contigo". Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: "Muchachos, ¿no tenéis pescado?" Le contestaron: "No". El les dijo: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.
El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: "Es el Señor", se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.
Díceles Jesús: "Traed algunos de los peces que acabáis de pescar". Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: "Venid y comed". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres tú?", sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis corderos". Vuelve a decirle por segunda vez: "Simón de Juan, ¿me amas?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas". Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: "¿Me quieres?" y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas. "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras". Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme".»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Después de la Resurrección de Jesucristo, ha llegado para los apóstoles la hora de la misión. A Pedro, Cristo resucitado le dice por tres veces cuál ha de ser su misión: «Apacienta mis ovejas» (Evangelio). Después de Pentecostés los discípulos comenzaron a poner en práctica la misión que habían recibido, predicando la Buena Nueva: Cristo ha resucitado (Primera Lectura). Forma parte de la misión el que los hombres no sólo conozcan a Cristo, el Cordero degollado, sino que también lo reconozcan y adoren como Dios y Señor (Segunda Lectura).
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»
Llama la atención en estos primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles «la valentía» y la sabiduría (Hch 4,13) de Pedro y de los apóstoles que a pesar de ser «prohibidos severamente» por el Sanedrín de «enseñar en ese nombre» no cesan de predicar la Buena Nueva. Llegado el momento de la prueba, Pedro y los apóstoles, tendrán oportunidad de testimoniar su amor y su fe en Cristo resucitado proclamando que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Los apóstoles serán entonces azotados pero ellos marchan contentos por haber recibido los primeros ultrajes por el nombre de Jesús.
A todas luces no son los mismos apóstoles que antes de la resurrección eran tímidos y miedosos; ahora son audaces y serviciales. El encuentro con Jesús Resucitado ha cambiado definitivamente sus vidas. La predicación abierta de la Buena Nueva y el testimonio de radicalidad cristiana incomoda ya desde aquellos tiempos, como nos advierte San Pablo: «Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12).
«Revelación de Jesucristo...»
El término «Revelación» (en griego Apocalipsis) en el lenguaje del Nuevo Testamento se aplica generalmente a la manifestación de Jesucristo en la Parusía o segunda venida. San Juan, hallándose desterrado en la isla de Patmos, debió de escribir este libro durante las persecuciones a los cristianos del Emperador Tito Flavio Domiciano (entre el 90 - 95) que a pesar de ser popular entre el Ejército, los senadores le odiaron por sus intentos de dominarles y en especial por su adopción del título de «dominus et deus» (señor y dios). Domiciano fue asesinado el 96 en una conspiración de los oficiales de la corte y de su esposa, la emperatriz Domicia. San Juan escribe una serie de visiones o «revelaciones» en un lenguaje vivo, lleno de imágenes. Este estilo especial se denomina «apocalíptico» y aparece ya en el libro de Daniel en el Antiguo Testamento. Los cristianos comprendían el significado de aquellas imágenes utilizadas por Juan. El gran mensaje del libro del Apocalipsis es que Dios es el soberano que lo domina todo. Jesús es el Señor de la historia. Al fin de los tiempos, Dios, por medio de Cristo, derrotará a todos sus enemigos. El pueblo fiel será recompensado con «un nuevo cielo y una nueva tierra» (Ap 21,1).
«Señor tu sabes que te amo»
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 5,27b-32. 40b - 41
«El Sumo Sacerdote les interrogó y les dijo: "Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre". Pedro y los apóstoles contestaron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen". Después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre.»
Lectura del libro del Apocalipsis 5,11-14
«Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas[1] de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza". Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: "Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos". Y los cuatro Vivientes decían: "Amén"; y los Ancianos se postraron para adorar.»
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 21, 1-19
«Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: "Voy a pescar". Le contestan ellos: "También nosotros vamos contigo". Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: "Muchachos, ¿no tenéis pescado?" Le contestaron: "No". El les dijo: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.
El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: "Es el Señor", se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.
Díceles Jesús: "Traed algunos de los peces que acabáis de pescar". Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: "Venid y comed". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres tú?", sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis corderos". Vuelve a decirle por segunda vez: "Simón de Juan, ¿me amas?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas". Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: "¿Me quieres?" y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas. "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras". Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme".»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Después de la Resurrección de Jesucristo, ha llegado para los apóstoles la hora de la misión. A Pedro, Cristo resucitado le dice por tres veces cuál ha de ser su misión: «Apacienta mis ovejas» (Evangelio). Después de Pentecostés los discípulos comenzaron a poner en práctica la misión que habían recibido, predicando la Buena Nueva: Cristo ha resucitado (Primera Lectura). Forma parte de la misión el que los hombres no sólo conozcan a Cristo, el Cordero degollado, sino que también lo reconozcan y adoren como Dios y Señor (Segunda Lectura).
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»
Llama la atención en estos primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles «la valentía» y la sabiduría (Hch 4,13) de Pedro y de los apóstoles que a pesar de ser «prohibidos severamente» por el Sanedrín de «enseñar en ese nombre» no cesan de predicar la Buena Nueva. Llegado el momento de la prueba, Pedro y los apóstoles, tendrán oportunidad de testimoniar su amor y su fe en Cristo resucitado proclamando que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Los apóstoles serán entonces azotados pero ellos marchan contentos por haber recibido los primeros ultrajes por el nombre de Jesús.
A todas luces no son los mismos apóstoles que antes de la resurrección eran tímidos y miedosos; ahora son audaces y serviciales. El encuentro con Jesús Resucitado ha cambiado definitivamente sus vidas. La predicación abierta de la Buena Nueva y el testimonio de radicalidad cristiana incomoda ya desde aquellos tiempos, como nos advierte San Pablo: «Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12).
«Revelación de Jesucristo...»
El término «Revelación» (en griego Apocalipsis) en el lenguaje del Nuevo Testamento se aplica generalmente a la manifestación de Jesucristo en la Parusía o segunda venida. San Juan, hallándose desterrado en la isla de Patmos, debió de escribir este libro durante las persecuciones a los cristianos del Emperador Tito Flavio Domiciano (entre el 90 - 95) que a pesar de ser popular entre el Ejército, los senadores le odiaron por sus intentos de dominarles y en especial por su adopción del título de «dominus et deus» (señor y dios). Domiciano fue asesinado el 96 en una conspiración de los oficiales de la corte y de su esposa, la emperatriz Domicia. San Juan escribe una serie de visiones o «revelaciones» en un lenguaje vivo, lleno de imágenes. Este estilo especial se denomina «apocalíptico» y aparece ya en el libro de Daniel en el Antiguo Testamento. Los cristianos comprendían el significado de aquellas imágenes utilizadas por Juan. El gran mensaje del libro del Apocalipsis es que Dios es el soberano que lo domina todo. Jesús es el Señor de la historia. Al fin de los tiempos, Dios, por medio de Cristo, derrotará a todos sus enemigos. El pueblo fiel será recompensado con «un nuevo cielo y una nueva tierra» (Ap 21,1).
La tercera aparición de Jesús
El Evangelio de este Domingo nos relata la tercera aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles. Mientras las dos primeras apariciones habían sido a puertas cerradas, en el cenáculo[2], ésta fue al aire libre, a orillas del mar de Tiberíades, en Galilea. Allí mismo habían visto a Jesús por primera vez, Pedro y Andrés, Santiago y Juan; y allí los había llamado: «¡Seguidme! Os haré pescadores de hombres» (Mc 1,17). El que toma la iniciativa es Pedro que dice: «Voy a pescar», los otros lo siguen. Inmediatamente llama la atención el hecho de que ellos, después de haber dejado su oficio de pescadores para seguir a Jesús, lo retomen tan rápidamente como si nada hubiera pasado. Pero «aquella noche no pescaron nada». Entonces al amanecer acontece la aparición de Jesús. Después de la pesca milagrosa ellos comen con Jesús a la orilla del lago. «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: '¿Quién eres?', sabiendo que era el Señor». Entonces Jesús se dirige a Pedro para hacerle la triple pregunta acerca de su amor. ¿Por qué no se lo había preguntado en alguna de las otras apariciones?...Porque tenía que ser en este escenario, el de la primera llamada.
En la segunda parte de esta aparición Jesús se dirige a Pedro y le pregunta: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?». Pedro antes le había asegurado: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt 26,33); equivale a decir: «Yo te amo más que todos». Pero esa frase no había resultado verdadera, porque también él se había escandalizado de Jesús y lo había negado ¡tres veces! Por eso Jesús lo interroga ahora también tres veces. Pero hay pequeñas diferencias en las preguntas: «¿Me amas más que éstos... me amas... me quieres?».
El verbo griego que se traduce por «amar» viene de la raíz «ágape» y destaca el aspecto espiritual del amor, su dimensión sobrenatural; el verbo griego que se traduce por «querer» viene de la raíz «filos», que significa «amigo» y destaca el aspecto afectivo del amor. En ambas formas debe amarlo Pedro más que todos. Pedro responde siempre de manera afirmativa. Entonces Jesús le dice respectivamente: «Apacienta mis corderos... pastorea mis ovejitas... apacienta mis ovejitas». «Apacentar[3]» y «pastorear[4]» no son idénticos: un verbo indica la misión de cuidar que se alimenten, y el otro la misión de guiarlo. Cristo encomienda a Pedro el cuidado de todo el rebaño: de los fieles y de los demás pastores; y le confía la misión de nutrirlo -con el alimento de la palabra y del pan de vida- y de gobernarlo.
Sobre la base del amor de Pedro, no de su capacidad intelectual, ni de su riqueza, ni de su dones o poder humano, sino sólo del amor; Jesús le confía lo que Él más amaba, aquello por lo cual no había vacilado en dar su vida: le confía el cuidado de «sus ovejitas». Las ovejas son de Cristo, Él las redimió con su sangre; pero se las encomienda a Pedro. Tenemos así un criterio seguro: una oveja pertenece a Cristo Pastor, solamente cuando sigue a Pedro Pastor. Estas son las ovejas que «no conocen la voz de los extraños, que huyen de ellos y no los siguen» (ver Jn 10,5). En el lugar en que este hecho ocurrió se ha alzado un pequeño santuario que lleva el nombre: «el primado de Pedro».
«¡Sígueme!»
La última palabra que Jesús pronuncia en el Evangelio es la palabra: «¡Sígueme!» y está dirigida a Pedro (ver Jn 21,22). Es hermoso constatar que también su primera palabra dirigida a alguien en particular es la palabra «¡Seguidme!» (Mc 1,17), dirigida a Pedro y a su hermano Andrés. Es como si todo el Evangelio quedara incluido entre estos dos llamados de Jesús. Ahora sí que Pedro lo puede seguir, pero ahora sabe bien de qué se trata; ahora es con la cruz y en una muerte semejante a la suya. Por eso el evangelista dice que Jesús le indicó el género de muerte con que iba a dar gloria a Dios. Sabemos que Pedro tuvo la posibilidad de morir una muerte igual a la de Jesús: crucificado. Pero juzgó que esto era un honor excesivo para él y suplicó ser crucificado cabeza para abajo. Entonces se cumplió su promesa: «Yo daré mi vida por ti». Entonces resultó confirmada su respuesta: «Tú sabes que te amo».
+ Una palabra del Santo Padre:
«"¡Señor mío y Dios mío!". Renovemos también nosotros la profesión de fe de Tomás. Como felicitación pascual, este año, he elegido justamente sus palabras, porque la humanidad actual espera de los cristianos un testimonio renovado de la resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Apóstol podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir también con renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros. Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los sucesores de los Apóstoles, continúa, porque el Señor resucitado ya no muere más. Él vive en la Iglesia y la guía firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación.
Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás. ¿El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes - por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre-, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. Tomás ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con Él resucitado.
Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los sufrimientos de cada ser humano. "Sus heridas os han curado" (1 P 2,24), éste es el anuncio que Pedro dirigió a los primeros convertidos. Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a la fe para Tomás, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: "Señor mío y Dios mío". Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe»
Benedicto XVI. Mensaje Pascual del 2007.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana
El Evangelio de este Domingo nos relata la tercera aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles. Mientras las dos primeras apariciones habían sido a puertas cerradas, en el cenáculo[2], ésta fue al aire libre, a orillas del mar de Tiberíades, en Galilea. Allí mismo habían visto a Jesús por primera vez, Pedro y Andrés, Santiago y Juan; y allí los había llamado: «¡Seguidme! Os haré pescadores de hombres» (Mc 1,17). El que toma la iniciativa es Pedro que dice: «Voy a pescar», los otros lo siguen. Inmediatamente llama la atención el hecho de que ellos, después de haber dejado su oficio de pescadores para seguir a Jesús, lo retomen tan rápidamente como si nada hubiera pasado. Pero «aquella noche no pescaron nada». Entonces al amanecer acontece la aparición de Jesús. Después de la pesca milagrosa ellos comen con Jesús a la orilla del lago. «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: '¿Quién eres?', sabiendo que era el Señor». Entonces Jesús se dirige a Pedro para hacerle la triple pregunta acerca de su amor. ¿Por qué no se lo había preguntado en alguna de las otras apariciones?...Porque tenía que ser en este escenario, el de la primera llamada.
En la segunda parte de esta aparición Jesús se dirige a Pedro y le pregunta: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?». Pedro antes le había asegurado: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt 26,33); equivale a decir: «Yo te amo más que todos». Pero esa frase no había resultado verdadera, porque también él se había escandalizado de Jesús y lo había negado ¡tres veces! Por eso Jesús lo interroga ahora también tres veces. Pero hay pequeñas diferencias en las preguntas: «¿Me amas más que éstos... me amas... me quieres?».
El verbo griego que se traduce por «amar» viene de la raíz «ágape» y destaca el aspecto espiritual del amor, su dimensión sobrenatural; el verbo griego que se traduce por «querer» viene de la raíz «filos», que significa «amigo» y destaca el aspecto afectivo del amor. En ambas formas debe amarlo Pedro más que todos. Pedro responde siempre de manera afirmativa. Entonces Jesús le dice respectivamente: «Apacienta mis corderos... pastorea mis ovejitas... apacienta mis ovejitas». «Apacentar[3]» y «pastorear[4]» no son idénticos: un verbo indica la misión de cuidar que se alimenten, y el otro la misión de guiarlo. Cristo encomienda a Pedro el cuidado de todo el rebaño: de los fieles y de los demás pastores; y le confía la misión de nutrirlo -con el alimento de la palabra y del pan de vida- y de gobernarlo.
Sobre la base del amor de Pedro, no de su capacidad intelectual, ni de su riqueza, ni de su dones o poder humano, sino sólo del amor; Jesús le confía lo que Él más amaba, aquello por lo cual no había vacilado en dar su vida: le confía el cuidado de «sus ovejitas». Las ovejas son de Cristo, Él las redimió con su sangre; pero se las encomienda a Pedro. Tenemos así un criterio seguro: una oveja pertenece a Cristo Pastor, solamente cuando sigue a Pedro Pastor. Estas son las ovejas que «no conocen la voz de los extraños, que huyen de ellos y no los siguen» (ver Jn 10,5). En el lugar en que este hecho ocurrió se ha alzado un pequeño santuario que lleva el nombre: «el primado de Pedro».
«¡Sígueme!»
La última palabra que Jesús pronuncia en el Evangelio es la palabra: «¡Sígueme!» y está dirigida a Pedro (ver Jn 21,22). Es hermoso constatar que también su primera palabra dirigida a alguien en particular es la palabra «¡Seguidme!» (Mc 1,17), dirigida a Pedro y a su hermano Andrés. Es como si todo el Evangelio quedara incluido entre estos dos llamados de Jesús. Ahora sí que Pedro lo puede seguir, pero ahora sabe bien de qué se trata; ahora es con la cruz y en una muerte semejante a la suya. Por eso el evangelista dice que Jesús le indicó el género de muerte con que iba a dar gloria a Dios. Sabemos que Pedro tuvo la posibilidad de morir una muerte igual a la de Jesús: crucificado. Pero juzgó que esto era un honor excesivo para él y suplicó ser crucificado cabeza para abajo. Entonces se cumplió su promesa: «Yo daré mi vida por ti». Entonces resultó confirmada su respuesta: «Tú sabes que te amo».
+ Una palabra del Santo Padre:
«"¡Señor mío y Dios mío!". Renovemos también nosotros la profesión de fe de Tomás. Como felicitación pascual, este año, he elegido justamente sus palabras, porque la humanidad actual espera de los cristianos un testimonio renovado de la resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Apóstol podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir también con renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros. Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los sucesores de los Apóstoles, continúa, porque el Señor resucitado ya no muere más. Él vive en la Iglesia y la guía firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación.
Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás. ¿El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes - por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre-, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. Tomás ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con Él resucitado.
Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los sufrimientos de cada ser humano. "Sus heridas os han curado" (1 P 2,24), éste es el anuncio que Pedro dirigió a los primeros convertidos. Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a la fe para Tomás, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: "Señor mío y Dios mío". Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe»
Benedicto XVI. Mensaje Pascual del 2007.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana
1. Realicemos una visita al Santísimo Sacramento y con humildad, hagamos nuestra la frase de Pedro: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».
2. Los apóstoles no tuvieron miedo de anunciar al Señor. ¿En qué ocasiones concretas podría anunciar al Señor? Hagamos una lista de las situaciones concretas.
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 - 553
[1] Miríada: cantidad muy grande pero indefinida.
[2] Cenáculo: lugar donde se realiza la cena o la comida. Por antonomasia el lugar donde Jesús tuvo la última cena con sus discípulos.
[3] Apacentar. (Del lat. adpascens, -entis, part. act. de adpascĕre). Dar pasto a los ganados. Dar pasto espiritual, instruir, enseñar.
[4] Pastorear. Llevar los ganados al campo y cuidar de ellos mientras pacen. Dicho de un prelado: Cuidar vigilantemente de sus fieles, dirigirlos y gobernarlos.
2. Los apóstoles no tuvieron miedo de anunciar al Señor. ¿En qué ocasiones concretas podría anunciar al Señor? Hagamos una lista de las situaciones concretas.
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 - 553
[1] Miríada: cantidad muy grande pero indefinida.
[2] Cenáculo: lugar donde se realiza la cena o la comida. Por antonomasia el lugar donde Jesús tuvo la última cena con sus discípulos.
[3] Apacentar. (Del lat. adpascens, -entis, part. act. de adpascĕre). Dar pasto a los ganados. Dar pasto espiritual, instruir, enseñar.
[4] Pastorear. Llevar los ganados al campo y cuidar de ellos mientras pacen. Dicho de un prelado: Cuidar vigilantemente de sus fieles, dirigirlos y gobernarlos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)