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Canal Diocesano - Popular TV

Radio Santa María de Toledo "PAN DE VIDA"

Pueden escuchar el programa de radio "Pan de Vida" del Arzobispado de Toledo, España. Programa dedicado a fomentar la Adoración Eucaristica perpetua en la Diócesis de Toledo desde que se inició en el año 2005. Lo interesante de este programa es que durante la primera media hora son testimonios de personas que participan en la adoración y cómo les ha cambiado la vida. En la segunda parte D. Jesús, sacerdote y rector de la Capilla, aclara dudas que le surge a la gente, con sencillez y fiel a la doctrina. El Horario (ESPAÑA) Jueves 20 a 21 horas-- Viernes 1 a 2 horas-- Sábado 0 a 1 horas-- Domingo 9 a 10 horas

miércoles, 23 de junio de 2010

Sólo semillas

Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: «La Felicidad».
Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó:

«Por favor, ¿ qué venden aquí ustedes?»

«¿Aquí? —respondió en ángel—. Aquí vendemos absolutamente de todo».

«¡Ah! — dijo asombrado el joven—. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos...»

Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo:

«Perdone usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas.»

En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y cultivar mimosamente; que has de preservar de las heladas y defender de los fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará floreciéndote e iluminándote el alma. Y con la paz ocurre lo mismo.
Hay quienes gustarían de acudir a un comercio, pagar unas cuantas pesetas o unos cuantos millones y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz para su casa o para el mundo. Claro que a la gente este negocio no le gusta nada. Sería mucho más cómodo y sencillo que te lo dieran ya todo hecho y empaquetado. Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle: «Quiero paz» y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios tiene más corazón que manos.
Bueno, voy a explicarme, no vayan ustedes a entender esta última frase como una herejía.
Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las «victimas» fue el Cristo que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado.
Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de mosaicistas su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo... menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía: «Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros.»
Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo de los brazos inexistentes. Bueno, en realidad, siempre ha sido así. Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.
Tomado de "Razones para la esperanza"
Autor: Jose Luis Martín Descalzo

martes, 22 de junio de 2010

LA SENDA ESTRECHA

Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 7, 6.12-14
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"No den lo santo a los perros ni echen sus perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen, se enfrenten a ustedes y los destrocen.Así pues, traten a los demás como ustedes quieren que ellos los traten, porque en esto consisten la ley y los profetas.
Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y amplio el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por él. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo encuentran".
Palabra del Señor.Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
12ª semana. Martes

LA SENDA ESTRECHA

— El camino que conduce al Cielo es estrecho. Templanza y mortificación.
— Necesidad de la mortificación. Lucha contra la comodidad y el aburguesamiento.
— Algunos ejemplos de templanza y de mortificación.


I. Mientras iban de camino hacia Jerusalén, uno le preguntó: Señor, ¿son pocos los que se salvan?1. Jesús no le contestó directamente, sino que le dijo: Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. Y en el Evangelio de la Misa de hoy San Mateo nos ha dejado esta exclamación del Señor: ¡Qué angosta es la puerta, y qué estrecha la senda que conduce a la vida, y qué pocos son los que atinan con ella!2.
La vida es como un camino que acaba en Dios, un camino corto. Importa sobre todo que, al llegar, se nos abra la puerta y podamos entrar: “caminamos peregrinos hacia la consumación de la historia humana. Dice el Señor: Vengo presto y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras... (Apoc 22, 12-13)”3.
Dos sendas, dos actitudes en la vida. Buscar lo más cómodo y placentero, regalar el cuerpo y huir del sacrificio y de la penitencia; o bien, buscar la voluntad de Dios aunque cueste, tener los sentidos guardados y el cuerpo sujeto. Vivir como peregrinos que llevan lo justo y se entretienen poco en las cosas porque van de paso, o quedar anclados en la comodidad, el placer o los bienes temporales utilizados como fines y no como simples medios.
Un camino conduce al Cielo; el otro, a la perdición, y son muchos los que andan por él. Con frecuencia nos hemos de preguntar por dónde caminamos nosotros y a dónde vamos. ¿Nos dirigimos derechamente al Cielo, aunque no falten derrotas y flaquezas? ¿Es el camino estrecho por el que andamos? ¿Vivimos habitualmente la templanza y la mortificación, pequeños sacrificios, pequeños pero reales? ¿A dónde vamos nosotros? ¿Cuál es realmente el fin de nuestros actos?
“Si miramos las cosas, no como una pura teoría, sino con referencia a la vida, quizá sea posible entenderlo mejor. Si un universitario quiere ser médico no se matricula en Filología Románica... En realidad, si un estudiante se matricula en Filología Románica está demostrando que lo que de verdad quiere es ser filólogo, no médico, a pesar de cuanto se diga (...). Y ello es así porque cuando se quiere algo hay que elegir los medios adecuados (...). Si uno quiere ir a su propio hogar y deliberadamente elige el camino que conduce a la casa de su enemigo, lo que sin duda está queriendo es ir a donde, según dice, no desea”4. Y si diera la razón de que ha elegido ese determinado camino porque es más cómodo, entonces lo que de verdad le importa es el camino, no el fin al que este le conduce.
Muchos viven persiguiendo fines inmediatos, sin orientar su vida al fin último, Dios, que debe determinarlo todo. Pero no olvidemos que, para conseguirlo, “cada día un poco más –igual que al tallar una piedra o una madera–, hay que ir limando asperezas, quitando defectos de nuestra vida personal, con espíritu de penitencia, con pequeñas mortificaciones (...)”5.

II. El hombre tiende a ir por la senda ancha, aunque posea pocos bienes, y por el camino cómodo de la vida. Prefiere también una puerta ancha, que no conduce al Cielo: con frecuencia se abalanza sin medida sobre las cosas, sin regla ni templanza.
La senda que nos señala el Señor es alegre, pero es, a la vez, de cruz y de sacrificio, de templanza y de mortificación. Si alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz, cada día, y me siga6. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere lleva mucho fruto7.
Nos es necesaria la templanza en esta vida para poder entrar en la otra. Se nos pide a los cristianos estar desprendidos de los bienes que tenemos y usamos, evitar la solicitud desmedida, prescindir de lo superfluo y, en lo necesario, poner mortificación, que garantiza la rectitud de intención. No podemos ser como esos hombres que “parecen guiarse por la economía, de tal manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto espíritu materialista”8. Ponen los medios materiales como fin de sus vidas; piensan que su felicidad está en ellos y se llenan de ansiedad por adquirirlos, olvidando fácilmente que su vida es un camino hacia Dios. Solo eso: un camino hacia Dios. Estad vigilantes, nos previene el Señor, no sea que se emboten vuestros corazones por la crápula, la embriaguez y las preocupaciones de la vida9. Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas y sed como hombres que esperan a su amo de vuelta de las bodas10.
En la senda ancha de la comodidad, el confort y la falta de mortificación, las gracias que Dios nos da quedan agostadas y sin fruto. Ocurre como con la semilla caída entre espinas: se ahoga a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres y no llega a dar fruto11. La sobriedad, por el contrario, facilita el trato con Dios, pues “con el cuerpo pesado y harto de mantenimiento, muy mal aparejado está el ánimo para volar a lo alto”12.
Nos dirigimos a Dios deprisa, y lo único verdaderamente importante es no equivocar el camino. ¿Estamos nosotros en el camino bueno, el del sacrificio y la penitencia, el de la alegría y la entrega a los demás? ¿Luchamos decididamente, con obras, contra los deseos de comodidad que continuamente nos acechan?

III. En medio de un ambiente con frecuencia materialista, la templanza es de gran eficacia apostólica. Es uno de los ejemplos más atrayentes de la vida cristiana. Donde quiera que nos encontremos debemos de esforzarnos para dar siempre ese ejemplo, que se manifestará con sencillez en nuestro comportamiento. Para muchos, la ejemplaridad de un cristiano ha sido el comienzo de un verdadero encuentro con el Señor.
Una vida sobria es una vida mortificada y alegre. La mortificación la encontraremos frecuentemente en cosas pequeñas que mantienen el cuerpo sujeto a la razón y disponen al alma para entender las cosas de Dios. Así, la mortificación interior, por una parte, lleva al control de la imaginación y de la memoria, alejando pensamientos y recuerdos inútiles o inconvenientes; y se manifiesta también en la mortificación de la lengua: evitando, por ejemplo, conversaciones inútiles y frívolas, murmuraciones, etc.
Para caminar por la senda estrecha de la templanza hemos de practicar también la mortificación de los sentidos externos: la vista, el oído, el gusto... “Al cuerpo hay que darle un poco menos de lo justo. Si no, hace traición”13. Un poco menos de lo justo en comodidad, en caprichos, etc. Mortificaciones, en fin, en nuestra vida de cada día: “en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia...”14.
La senda estrecha pasa por todas las actividades del cristiano: desde las comodidades del hogar, hasta el uso de los instrumentos de trabajo y el modo de divertirse. En el descanso, por ejemplo, no es preciso realizar grandes gastos, ni dedicar excesivas horas al deporte en perjuicio de otros quehaceres. También da ejemplo de austeridad y de templanza quien sabe hacer uso moderado de la televisión y, en general, de los instrumentos de confort que ofrece la técnica.
El camino estrecho es seguro y es amable. Y en medio de esa vida, que tiene un cierto tono austero y sacrificado, encontramos la alegría, porque la “Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo”15.

1 Lc 13, 23. — 2 Mt 7, 14. — 3 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 45. — 4 F. Suárez, La puerta angosta, Rialp, 9ª ed., Madrid 1985, pp. 37-38. — 5 Cfr San Josemaría Escrivá, Forja, n. 403. — 6 Lc 9, 23. — 7 Jn 12, 24. — 8 Conc. Vat. II, loc. cit., 63. — 9 Lc 21, 34. — 10 Lc 12, 35. — 11 Lc 8, 14. — 12 San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y la meditación, II, 3. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 196. — 14 ídem, Carta, 24-III-1930. — 15 ídem, Amigos de Dios, 141.

lunes, 21 de junio de 2010

La mota en el ojo ajeno

Sácate primero la viga que tienes en el ojo
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 7, 1-5
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "No juzguen, para que Dios no los juzgue; porque Dios los juzgará del mismo modo que ustedes hayan juzgado y los medirá con la medida con que hayan medido a los demás.¿Cómo es que ves la basura en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo? O ¿Cómo dices a tu hermano: "Deja que te saque la basura del ojo", si tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la basura del ojo de tu hermano".
Palabra del Señor.Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
12ª semana. Lunes

LA MOTA EN EL OJO AJENO

— La soberbia tiende a ver aumentadas las faltas ajenas y a disminuir y excusar las propias. Evitar los juicios negativos sobre los demás.
— Aceptar a las personas como son, con sus defectos. Ayudar con la corrección fraterna.
— La crítica positiva.


I. En cierta ocasión, el Señor advirtió a los que le escuchaban: ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no ves la viga que hay en el tuyo? O ¿cómo vas a decir a tu hermano: deja que saque la mota de tu ojo, cuando tú tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás sacar la mota del ojo de tu hermano1. Una manifestación de humildad es evitar el juicio negativo, y frecuentemente injusto, sobre los demás.
Por nuestra soberbia personal, las faltas más pequeñas que afectan a otros se ven aumentadas, mientras que, por contraste, los mayores defectos propios tienden a disminuirse y a justificarse. Es más, la soberbia tiende a proyectar en los demás lo que en realidad son imperfecciones y errores de uno mismo. Por eso aconsejaba sabiamente San Agustín: “Procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros”2.
La humildad, por el contrario, ejerce positivamente su influjo en una serie de virtudes que permiten una convivencia humana y cristiana. Solo la persona humilde está en condiciones de perdonar, de comprender y de ayudar, porque solo ella es consciente de haber recibido todo de Dios, y conoce sus miserias y lo necesitada que anda de la misericordia divina. De ahí que trate a su prójimo –también a la hora de juzgar– con comprensión, disculpando y perdonando cuando sea necesario. Por otra parte, nuestra visión de las acciones de otros será siempre muy limitada, pues solo Dios penetra en las intenciones más íntimas, lee en los corazones y da el verdadero valor a todas las circunstancias que acompañan a una acción.
Debemos aprender a excusar los defectos, quizá patentes e innegables, de quienes tratamos a diario, de tal manera que no nos separemos de ellos ni dejemos de apreciarlos a causa de sus fallos o incorrecciones. Aprendamos del Señor, que “no pudiendo de ninguna forma excusar el pecado de quienes le habían puesto en la cruz, trata sin embargo de aminorar la malicia, alegando su ignorancia. Cuando no podamos nosotros excusar el pecado, juzguémosle a lo menos digno de compasión, atribuyéndolo a la causa más tolerante que pueda aplicársele, como lo es la ignorancia o la flaqueza”3.
Si nos ejercitamos en ver las cualidades del prójimo, descubriremos que esas deficiencias en su carácter, esas faltas en su comportamiento son, de ordinario, de escaso relieve en comparación con las virtudes que posee. Esta actitud positiva, justa, ante quienes tratamos habitualmente, nos ayudará mucho a acercarnos más al Señor, pues creceremos en mortificación interior, en caridad y en humildad. “Procuremos siempre –aconsejaba Santa Teresa– mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros, y comiénzase a ganar por aquí el favor de Dios”4.
Ante las deficiencias de los demás, incluso ante los mismos pecados externos (murmuraciones, faltas de laboriosidad...), hemos de adoptar una actitud positiva: rezar en primer lugar por ellos, desagraviar al Señor, ejercitar la paciencia y la fortaleza, quererles y apreciarles más, porque más lo necesitan; ayudarles lealmente con la corrección fraterna.

II. El Señor no despidió a los Apóstoles ni dejó de apreciarlos porque tuvieran defectos. Estos han quedado bien reflejados en los Evangelios: en aquellos primeros momentos de su entrega al Señor, a veces vemos que se mueven por envidia, que tienen sentimientos de ira, que ambicionan los primeros puestos...; en esas ocasiones el Maestro les corrige con delicadeza, tiene paciencia con ellos y no deja de quererles. Enseña a quienes iban a ser los transmisores de su doctrina algo vital, en la familia, en el trabajo... en la Iglesia entera: el ejercicio, con obras, de la caridad.
Amar a los demás, con sus defectos también, es cumplir la Ley de Cristo, pues toda la Ley se resume en un solo precepto, en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo5, y no dice este mandamiento de Jesús que se ha de amar solo a quienes carecen de defectos o a quienes tienen determinadas virtudes. El Señor nos pide que sepamos apreciar en primer lugar, porque la caridad es ordenada, a quien Dios ha puesto a nuestro lado por razones de parentesco, de trabajo, de amistad, de vecindad... Esta caridad tomará acentos y notas particulares según los lazos que nos unan, pero en todo caso nuestra actitud ha de ser siempre abierta, amistosa, con deseos de ayudar a todos. Y no se trata de vivir esta virtud con personas ideales, sino con quienes habitualmente convivimos, trabajamos o encontramos en la calle a la hora de mayor tráfico, o cuando los transportes públicos van sobrecargados. A veces nos hallaremos –quizá en el mismo hogar, en la misma oficina– a personas que tienen mal carácter o están algo enfermas o cansadas, o son egoístas y envidiosas... Se trata de convivir, de apreciar y de ayudar a esas personas concretas y reales.
Ante las faltas del prójimo, la respuesta del cristiano es comprender, rezar y, cuando sea oportuno, ayudar a través de la corrección fraterna, que recomendó el mismo Señor6 y que se vivió desde siempre en la Iglesia.
Esta ayuda fraterna, por ser fruto de la caridad, ha de hacerse humildemente, sin herir, a solas, de forma amable y positiva, haciendo comprender a ese amigo, a ese colega, que aquello daña a su alma, al trabajo, a la convivencia, a su debido prestigio humano. El precepto evangélico supera con mucho el plano meramente humano de las convenciones sociales y de la misma amistad si se funda solo en criterios exclusivamente humanos. Es una muestra de lealtad humana, que evita toda crítica o murmuración a espaldas del interesado. ¿Nos comportamos así nosotros? ¿Ejercitamos de hecho esta recomendación que tiene su origen en el mismo Cristo?

III. Si tomamos como norma habitual no estar pendientes de la mota en el ojo ajeno, nos será fácil no hablar mal de nadie. Si en algún caso tenemos la obligación de emitir un juicio sobre una determinada actuación, sobre el proceder de alguien, haremos esa valoración en la presencia del Señor, en la oración, purificando la intención y cuidando las normas elementales de prudencia y de justicia. “No me cansaré de insistiros –solía repetir San Josemaría Escrivá– en que, quien tiene obligación de juzgar, ha de oír las dos partes, las dos campanas. ¿Por ventura nuestra ley condena a nadie sin haberle oído primero y examinado su proceder?, recordaba Nicodemo, aquel varón recto y noble, leal, a los sacerdotes y fariseos que buscaban perder a Jesús”7.
Y si tenemos que ejercer la crítica, esta ha de ser siempre constructiva, oportuna, salvando siempre a la persona y sus intenciones, que no conocemos sino parcialmente. La crítica del cristiano es profundamente humana, no hiere y conserva incluso la amistad de quienes nos son contrarios, porque se manifiesta llena de respeto y de comprensión. El cristiano, por honradez humana, no juzga lo que no conoce, y cuando emite un juicio sabe que este debe tener siempre unos requisitos de tiempo, de lugar y con los matices oportunos, sin lo cual se podría convertir con facilidad en detracción o difamación. Por caridad, y por honradez, tendremos cuidado de no convertir en juicio inamovible lo que ha sido una simple impresión, o en transmitir como verdad el “se dice” o la simple noticia sin confirmar, y que quizá nunca se confirme, que daña la reputación de una persona o de una institución.
Si la caridad nos lleva a ver los defectos de los demás solo en un contexto de virtudes y de cualidades positivas, la humildad nos conduce a descubrir tantos errores y defectos en nosotros mismos que nos moverán, sin pesimismos, a pedir perdón al Señor, a comprender que los demás tengan alguno y a poner empeño por mejorar. Y, para esto, debemos aprender a recibir y a aceptar la crítica honrada de esas personas que nos conocen y aprecian. “Signo cierto de grandeza espiritual es saber dejarse decir las cosas: recibirlas con alegría y agradecimiento”8. Por el contrario, es propio de personas que se dejan llevar por la soberbia no tolerar ninguna advertencia, la excusa o la reacción contra quien, llevado de la caridad y de la mejor amistad, les quiere ayudar a superar un defecto o a evitar que repitan un mal proceder.
Entre los muchos motivos para dar gracias a Dios, ojalá podamos contar también con el de tener personas a nuestro lado que sepan decirnos oportunamente lo que hacemos mal y lo que podemos y debemos hacer mejor, en una crítica amiga y honesta.
La Virgen Santa María siempre supo decir la palabra adecuada; jamás murmuró, muchas veces guardó silencio.
1 Mc 7, 3-5. — 2 San Agustín, Comentarios sobre los salmos, 30, 2, 7. — 3 San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, III, 28. — 4 Santa Teresa, Vida, 13, 6. — 5 Gal 5, 14. — 6 Mt 18, 15-17. — 7 San Josemaría Escrivá, Carta 29-IX-1957. — 8 S. Canals, Ascética meditada, p. 120.

domingo, 20 de junio de 2010

AMOR Y TEMOR DE DIOS

Tú eres el Mesías de Dios

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 9, 18-24
Gloria a ti, Señor.

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó:
"¿Quién dice la gente que soy yo?"
Ellos contestaron:
"Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros que Elías, y otros que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado".
El les preguntó:
"Y ustedes, ¿quien dicen que soy yo?"
Respondió Pedro: "El Mesías de Dios".
Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie. Después les dijo:
"Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y resucite al tercer día".
Luego, dirigiéndose a la multitud, dijo:
"Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga; pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la salvará".
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria

AMOR Y TEMOR DE DIOS

— Amor a Dios y sumisión ante su santidad infinita.
— Temor filial. Su importancia para desterrar el pecado.
— El santo temor de Dios y la Confesión.


I. Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
Mi alma está sedienta de ti,
Señor, Dios mío,
rezamos con el Salmo responsorial de la Misa1, haciendo nuestra la oración de la liturgia. Y para acercarnos más y más a nuestro Dios y Señor hemos de apoyarnos en dos fundamentos sólidos que mutuamente se unen y complementan: confianza y reverencia respetuosa; cercanía y sumisión reverencial; amor y temor. “Son los dos brazos con los cuales abrazamos a Dios”2, enseña San Bernardo. Ante Dios Padre, lleno de misericordia y de bondad, plenitud de todo bien verdadero, nos sentimos atraídos, y ante el mismo Dios, absolutamente excelso, majestuoso, elevado, nos inclinamos con la humildad del que se sabe menos que nada; a Él sometemos nuestra voluntad y tememos sus justos castigos. También en la Misa de hoy rezamos la siguiente oración: Sancti nominis tui, Domine, timorem pariter et amorem fac nos habere perpetuum... “Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y temor a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor”3. Amor y santo temor filial son las dos alas para levantarnos hacia Él.
La Sagrada Escritura nos enseña que el temor de Dios es el principio de la sabiduría4 y el fundamento de toda virtud, pues si no te atas fuertemente al temor de Dios, pronto será derribada tu casa5. Y Cristo mismo enseña a sus amigos que no deben temer a los que quitan la vida al cuerpo, porque después ya poco más pueden hacer. Yo os mostraré a quién habéis de temer -dice precisamente a sus más fieles seguidores, a quienes lo han dejado todo por Él-: temed al que después de la muerte tiene poder para arrojar en el Infierno. Sí, os digo: temed a éste6. Los Hechos de los Apóstoles nos narran cómo la primitiva Iglesia se extendía, se fortalecía y andaba en el temor del Señor, llena de los consuelos del Espíritu Santo7.
No debemos olvidar que el amor a Dios se hace fuerte en la medida en que estamos lejos del pecado mortal y luchamos decididamente, con empeño, contra el pecado venial deliberado. Y para mantenernos en esa lucha abierta contra todo aquello que ofende al Señor es de mucha ayuda el santo temor de Dios, temor siempre filial, de un hijo que teme causar dolor y tristeza a su Padre, pues sabe quién es su Padre, qué es el pecado y la infinita distancia en la que coloca al pecador. Por eso dice San Agustín: “Bienaventurada el alma de quien teme a Dios, pues está fuerte contra las tentaciones del diablo: Bienaventurado el hombre que persevera en el temor (Prov 28, 14) y a quien le ha sido dado tener siempre ante los ojos el temor de Dios. Quien teme al Señor se aparta del mal camino y dirige sus pasos por la senda de la virtud; el temor de Dios hace al hombre precavido y vigilante para no pecar. Donde no hay temor de Dios reina la vida disoluta”8.
El amor a Dios y el temor filial son los dos aspectos de una única actitud, que nos permite caminar con seguridad: mirando la infinita bondad de Dios, que se nos hace cercana en la Humanidad Santísima de Jesucristo, nos movemos a quererle más y más; contemplando la majestad y justicia de Dios y la propia pequeñez se despierta el temor de entristecer al Señor y de perder, por causa de los pecados personales, a quien tanto se ama. Por eso, “el temor y el amor deben ir juntos; continuad temiendo –aconseja el Cardenal Newman–, continuad amando hasta el último día de vuestra vida”9. Después de ese instante ya solo quedará el amor: La caridad perfecta echa fuera el temor10.

II. El santo temor de Dios, garantía y respaldo del verdadero amor, nos ayuda a romper definitivamente con los pecados graves, nos mueve a hacer penitencia por los pecados cometidos y nos preserva de las faltas deliberadas. “El temor a los castigos que por nuestros pecados hemos merecido nos da valor para tomar sobre nosotros los esfuerzos diarios, las renuncias y luchas sin las cuales no podemos librarnos del pecado ni unirnos plenamente a Dios. Siempre tenemos motivos para sentirnos traspasados del temor de Dios en vista de las muchas ocasiones de pecar, en vista de nuestra flaqueza, de la fuerza de las costumbres y aficiones torcidas, de la inclinación de nuestra naturaleza a dejarse llevar por los atractivos de la concupiscencia y del mundo, de las muchas faltas, descuidos y defectos que cada día cometemos”11. ¿Cómo no temer ante tanta flaqueza personal? ¿Cómo no confiar ante la inmensa bondad divina?
El temor filial aleja la afición al pecado, mantiene el alma vigilante ante una falsa y engañosa tranquilidad, pues quizá el mayor de los males sea precisamente permanecer sin inquietud en el pecado cometido, y la ligereza y superficialidad, que pueden llegar hasta la misma pérdida del sentido del pecado. Esta actitud, que vemos en gentes que parecen volver de nuevo al paganismo, es consecuencia de haber perdido el santo temor de Dios. En estas tristes circunstancias se ridiculiza, se hace trivial o se le quita importancia a la ofensa a Dios, y se consideran “naturales” las más graves aberraciones, porque se han roto las referencias entre la criatura y su Creador, de quien realmente depende en su ser y en el existir. Las deformaciones más graves de la conciencia –y, por tanto, de la orientación esencial del hombre– se derivan frecuentemente de haberse perdido esta actitud de respeto sagrado hacia Aquel que hizo todas las cosas de la nada.
El temor filial y el amor van siempre unidos. Quien no acoge en su alma el temor filial –ese deseo de agradarle e interés por no entristecerle– corre el peligro de descuidar la lucha ascética y de caer en una falsa confianza en la bondad de Dios; por el contrario, quien solo conoce el temor se cierra al amor misericordioso y grande de nuestro Padre Dios, a la sencillez, al abandono, actitudes imprescindibles para el alma que aspira a la santidad.
El comienzo del temor de Dios es un amor imperfecto, pues se basa en el temor al castigo, pero este temor puede y debe ser elevado a una actitud filial desde la que contemplamos ante todo la grandeza de Dios, su infinita majestad y nuestra condición de criaturas. ““Timor Domini sanctus”. —Santo es el temor de Dios. —Temor que es veneración del hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano”12. Se convierte en temor de hijo que ama sinceramente a su padre, y su amor le da fuerzas para evitar todo lo que le pueda causar dolor o separación.

III. Cuando nos acerquemos al sacramento de la Penitencia nos ayudará mucho el fomentar en nuestra alma el santo temor de Dios. Aunque para la recepción del sacramento es suficiente la atrición (dolor sobrenatural, pero imperfecto, por miedo al castigo, por la fealdad del pecado...), recibiremos muchas gracias si movemos nuestra alma a un sentimiento de temor filial, por haber ofendido a un Dios Todopoderoso, que a la vez es nuestro Padre. De esa actitud filial será más fácil pasar a la contrición, al arrepentimiento por amor, al dolor de amor. Entonces la Confesión se convierte en una fuente inmensa de gracias, un lugar donde cada vez se hace más fuerte el amor13.
La vida interior crece más delicada y profunda si consideramos aquellas verdades que nos muestran los fundamentos de este don del Espíritu Santo: la santidad de Dios y la propia miseria, nuestros diarios desfallecimientos, la total dependencia de la criatura de su Creador, la importancia que adquiere un solo pecado venial ante la santidad divina, la ingratitud que suponen las faltas de generosidad ante las exigencias de nuestra vocación...14. Sobre todo, comprenderemos más el misterio del pecado, si nos acostumbramos a considerar con frecuencia la Pasión de Nuestro Señor. Allí aprendemos a amar, y a temer cometer una sola falta venial. En la contemplación de tanto dolor como padeció Cristo por nuestros pecados, por los de cada uno en particular, se fortalece también la esperanza, se hace más firme la contrición y el empeño por rechazar toda falta deliberada.
El santo temor de Dios, unido al amor, da a la vida cristiana una particular fortaleza: nada hay que pueda atemorizarla, porque ya nada la separará de su Dios15. El alma se reafirma en la virtud de la esperanza, alejándose de una falsa tranquilidad y manteniendo un amor vigilante –Cor meum vigilat– contra el atractivo de la tentación.
Pidámosle a nuestra Madre Santa María –Refugium peccatorum– que entendamos bien lo mucho que perdemos cada vez que damos un paso fuera del camino que conduce a su Hijo Jesús, aunque sean solo faltas leves.

1 Sal 62, 2. — 2 San Bernardo, Sobre la consideración, 5, 15. — 3 Oración colecta. — 4 Sal 110, 10. — 5 Eclo 27, 3-4. — 6 Lc 12, 4.— 7 Hech 9, 31. — 8 San Agustín, Sermón sobre la humildad y el temor de Dios. — 9 Card. J. H. Newman, Sermones parroquiales, Sermón 24. — 10 1 Jn 4, 18. — 11 B. Baur, La confesión frecuente, p. 153. — 12 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 435. — 13 Cfr. Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, 31, III. — 14 Cfr. B. Baur, o. c., p. 156. — 15 Cfr. Rom 8, 35-39.

sábado, 19 de junio de 2010

TODO ES PARA BIEN

No se preocupen por el día de mañana

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 6, 24-34
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?
¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?
No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas".
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
11ª semana. Sábado
TODO ES PARA BIEN
— Amar la voluntad de Dios. Dios tiene los mejores proyectos posibles para cada hombre. Serenidad ante las contradicciones.
— Abandono en Dios y responsabilidad.
— Omnia in bonum. Para quienes aman a Dios, todo ocurre para su bien.

I. Todo, aun lo más pequeño del universo, existe porque Dios lo sostiene en su ser. Él es quien cubre el cielo de nubes, el que prepara la lluvia para la tierra. Quien hace brotar hierbas de los montes para pasto de los que sirven al hombre; quien da el alimento al ganado y a los polluelos del cuervo que claman1. La creación entera es obra de Dios, que además cuida amorosamente de todas las criaturas, empezando por mantenerlas constantemente en la existencia. “Este “mantener” es, en cierto sentido, un continuo crear (conservatio est continua creatio)”2. Este cuidado y providencia se extiende muy particularmente al hombre, objeto de su predilección.
Jesucristo nos da a conocer constantemente que Dios es nuestro Padre, que quiere lo mejor para sus hijos. Lo que podríamos imaginar, para nosotros mismos y para aquellos a quienes más queremos, se queda muy lejos de los planes divinos. Él sabe muy bien lo que necesitamos, y su mirada alcanza esta vida y la eternidad; la nuestra es corta y muy deficiente. Es lógico que la felicidad, y la santidad, consistan esencialmente en conocer, amar y realizar la voluntad de Dios, que se nos manifiesta de formas diversas, pero con la suficiente claridad, a lo largo de la vida. En el Evangelio de la Misa, el Señor nos hace una recomendación para que se llenen de paz nuestros días: no andéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta3. Es una invitación a vivir con alegre esperanza el quehacer diario. Es lógico que encontremos sufrimientos, preocupaciones, trabajos, pero debemos llevarlos como hijos de Dios, sin agobios inútiles, sin la sobrecarga de la rebeldía o de la tristeza, porque sabemos que el Señor permite esos sucesos, esta enfermedad, aquello que parece un desastre, para purificarnos, para convertirnos en corredentores. Los padecimientos, la contradicción, deben servirnos para purificarnos, para crecer en las virtudes y para amar más a Dios. “¿No has oído de labios del Maestro la parábola de la vid y los sarmientos? —Consuélate: te exige, porque eres sarmiento que da fruto... Y te poda, “ut fructum plus afferas” —para que des más fruto.
“¡Claro!: duele ese cortar, ese arrancar. Pero, luego, ¡qué lozanía en los frutos, qué madurez en las obras!”4. No nos desconcertemos con los planes divinos; Él sabe bien lo que hace o permite.
Examinemos hoy si llevamos con paz la contradicción y el dolor y el fracaso; si nos quejamos, o si dejamos paso, aunque sea por poco tiempo, a la tristeza o a la rebeldía. Veamos junto al Señor si los quebrantos –físicos o morales– nos acercan verdaderamente a nuestro Padre Dios, si nos hacen más humildes. No andéis agobiados por la vida..., nos dice hoy de nuevo el Señor en este rato de oración.
II. Con frecuencia los hombres no sabemos lo que es bueno para nosotros; “y lo que hace aún peor la confusión es que creemos saberlo. Nosotros tenemos nuestros propios planes para nuestra felicidad, y demasiado a menudo miramos a Dios simplemente como alguien que nos ayudará a realizarlos. El verdadero estado de las cosas es completamente al contrario. Dios tiene Sus planes para nuestra felicidad, y está esperando que Le ayudemos a realizarlos. Y quede bien claro que nosotros no podemos mejorar los planes de Dios”5. Tener la certeza práctica de estas verdades, vivirlas en el acontecer diario, lleva a un abandono sereno, incluso ante la dureza de aquello que no comprendemos y que nos causa dolor y preocupación. Nada se derrumba si estamos amparados en el sentido de nuestra filiación divina: pues si a una hierba que hoy está en el campo, y mañana se echa al fuego en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto más a vosotros...?6.
A veces nos ocurre –dice Santo Tomás– lo que al profano en medicina que ve al médico recetar a un enfermo agua y a otro vino, según le sugiere su ciencia: al no saber medicina, piensa que el médico receta estos remedios al azar. “Así pasa con respecto a Dios. Él, con conocimiento de causa y según su providencia, dispone las cosas que necesitan los hombres: aflige a unos que quizá son buenos, y deja vivir en prosperidad a otros que son malos”7. Nunca podemos olvidar que Dios nos quiere felices aquí, pero nos quiere aún más felices con Él para siempre en el Cielo.
La santidad consiste en el cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios, que se manifiesta en los deberes de cada día, en las propias circunstancias, contando con los incidentes de toda vida normal y abandonándonos en Dios con total confianza. Pero este abandono ha de ser activo y responsable, poniendo los medios que cada situación requiera: acudir al médico cuando estamos enfermos, hacer todas las gestiones necesarias para conseguir ese empleo que tanto necesitamos y por el que hemos rezado a Dios, trabajar esforzadamente para salir adelante, estudiar las horas necesarias y con hondura para aprobar esa asignatura difícil... El abandono en Dios ha de ir íntimamente unido a la responsabilidad, que lleva a poner los oportunos remedios humanos, pues en muchas ocasiones lo que se disfraza con excusas (“mala suerte”, ambiente adverso, etc.) es mediocridad oculta, pereza, imprudencia por no haber previsto todas las posibilidades y no haber puesto los medios precisos que la situación requería. Un trabajo hecho a conciencia, con orden, acabado, santificado, lo mismo que el apostolado constante y sacrificado, da sus frutos con el tiempo. Y si esos frutos tardan en llegar es señal de que Dios los dará por caminos insospechados para nosotros y que quiere que nos santifiquemos en esas circunstancias.
III. El sentido de la filiación divina nos ayuda a descubrir que todos los acontecimientos de nuestra vida son dirigidos, o permitidos para nuestro bien, por la amabilísima Voluntad de Dios. Él, que es nuestro Padre, nos concede lo que más nos conviene y espera que sepamos ver su amor paternal tanto en los acontecimientos favorables como en los adversos8.
Dice San Pablo que todas las cosas cooperan para el bien de quienes aman a Dios9. El que ama a Dios con obras sabe que, pase lo que pase, todo será para bien, si no deja de amar. Y, precisamente porque ama, pone los medios para que el resultado sea bueno, para que el trabajo acabado y hecho con rectitud de intención dé frutos de santidad y de apostolado. Y, una vez que ha puesto los medios a su alcance, se abandona en Dios y descansa en su providencia amorosa. “Fíjate bien –escribe San Bernardo– que no dice que las cosas sirvan para el capricho, sino que cooperan al bien. No al capricho, sino a la utilidad; no al placer, sino a la salvación; no a nuestro deseo, sino a nuestro provecho. En este sentido, cooperan siempre las cosas a nuestro bien, aun incluyendo la misma muerte, aun el mismo pecado (...). ¿Acaso no cooperan los pecados al bien de aquel que con ellos se vuelve más humilde, más fervoroso, más solícito, más precavido, más prudente?”10. Después de poner los medios a nuestro alcance, o ante acontecimientos en los que nada podemos hacer, diremos en la intimidad de nuestro corazón: Omnia in bonum, todo es para bien.
Con esta convicción, fruto de la filiación divina, viviremos llenos de optimismo y de esperanza y superaremos así muchas dificultades: “Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades.
“Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos.
“Omnia in bonum!; Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu sapientísima Voluntad!”11.
Omnia in bonum! ¡Todo es para bien! Todo lo podemos convertir en algo agradable a Dios, y en bien del alma. Esta expresión de San Pablo puede servirnos para repetirla a modo de jaculatoria, como una pequeña oración, que nos dará paz en momentos difíciles.
La Santísima Virgen, Nuestra Madre, nos enseñará a vivir confiadamente en las manos de Dios, si a Ella acudimos frecuentemente cada día. En el Corazón Dulcísimo de María –cuya fiesta celebramos en este mes de junio– encontramos siempre paz, consuelo y alegría.

1 Sal 147, 8-9. — 2 Juan Pablo II, Audiencia general 29-I-1986. — 3 Mt 6, 25-26. — 4 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 701. — 5 E. Boylan, El amor supremo. vol. II, p. 46. — 6 Mt 6, 30. — 7 Santo Tomás, Sobre el Credo, 1, en Escritos de Catequesis, Rialp, Madrid 1975, p. 35. — 8 Cfr. Sagrada Biblia, Carta a los Romanos, EUNSA, Pamplona 1986, nota a Rom 8, 28. — 9 Rom 8, 28. — 10 San Bernardo, Sobre la falacia y brevedad de la vida, 6. — 11 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, IX, n. 4.

viernes, 18 de junio de 2010

"Ahí tienes a tu Madre".

Jesús, mirando al discípulo, le dijo:
"Ahí tienes a tu Madre".
Y desde aquella hora, él la recibió en su casa.


"Mare mia" - Diana Navarro

DONDE ESTÁ TU CORAZÓN

Donde está tu tesoro, allí está tu corazón
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 6, 19-23
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"No amontonen tesoros en esta tierra, donde la polilla y la herrumbre echan a perder las cosas, y donde los ladrones perforan los muros y los roban. Amontonen mejor tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre echa a perder las cosas, y donde los ladrones no perforan los muros ni roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. El ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo está en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tiniebla, ¡qué grande será la oscuridad!"
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
11ª Semana. Viernes

DONDE ESTá TU CORAZóN

— La familia, “el primer ambiente apto para sembrar la semilla del Evangelio”.
— Delicada atención hacia las personas que Dios ha puesto a nuestro cuidado.
— Dedicarles el tiempo necesario, que está por encima de otros intereses. La oración en familia.


I. Nos aconseja el Señor que no amontonemos tesoros en la tierra, porque duran poco y son inseguros y frágiles: la polilla y la herrumbre los corroen, o bien los ladrones socavan y los roban1. Por mucho que lográramos acumular durante una vida, no vale la pena. Ninguna cosa de la tierra merece que pongamos en ella el corazón de un modo absoluto. El corazón está hecho para Dios y, en Dios, para todas las cosas nobles de la tierra. A todos nos es muy útil preguntarnos con cierta frecuencia: ¿en qué tengo yo puesto el corazón?, ¿cuál es mi tesoro?, ¿en qué pienso de modo habitual?, ¿cuál es el centro de mis preocupaciones más íntimas?... ¿Es Dios, presente en el Sagrario quizá a poca distancia de donde vivo o de la oficina en la que trabajo? O, por el contrario, ¿son los negocios, el estudio, el trabajo, lo que ocupa el primer plano..., o los egoísmos insatisfechos, el afán de tener más? Muchos hombres y mujeres, si se respondieran con sinceridad, quizá encontrarían una respuesta muy dura: pienso en mí, solo en mí, y en las cosas y personas en cuanto hacen referencia a mis propios intereses. Pero nosotros queremos tener puesto el corazón en Dios, en la misión que de Él hemos recibido, y en las personas y cosas por Dios. Jesús, con una sabiduría infinita, nos dice: Amontonad tesoros en el Cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón.
Nuestro corazón está puesto en el Señor, porque Él es el tesoro, de modo absoluto y real. Y no lo es la salud, ni el prestigio, ni el bienestar... Solo Cristo. Y por Él, de modo ordenado, los demás quehaceres nobles de un cristiano corriente que está vocacionalmente metido en el mundo. De modo particular, el Señor quiere que pongamos el corazón en las personas de la familia humana o sobrenatural que tengamos, que son, de ordinario, a quienes en primer lugar hemos de llevar a Dios, y la primera realidad que debemos santificar.
La preocupación por los demás ayuda al hombre a salir de su egoísmo, a ganar en generosidad, a encontrar la alegría verdadera. El que se sabe llamado por el Señor a seguirle de cerca no se considera ya a sí mismo como el centro del universo, porque ha encontrado a muchos a quienes servir, en los que ve a Cristo necesitado2.
El ejemplo de los padres en el hogar, o de los hermanos, es en muchas ocasiones definitivo para los demás miembros, que aprenden a ver el mundo desde un entorno cristiano. Es de tal importancia la familia, por voluntad divina, que en ella “tiene su principio la acción evangelizadora de la Iglesia”3. Ella “es el primer ambiente apto para sembrar la semilla del Evangelio y donde padres e hijos, como células vivas, van asimilando el ideal cristiano del servicio a Dios y a los hermanos”4. Es un lugar espléndido de apostolado. Examinemos hoy si es así nuestra familia, si somos levadura que día a día va transformando, poco a poco, a quienes viven con nosotros. Si pedimos frecuentemente al Señor la vocación de los hijos o de los hermanos –o incluso de nuestros padres– a una entrega plena a Dios: la gracia más grande que el Señor les puede dar, el verdadero tesoro que muchos pueden encontrar.

II. Donde está el propio tesoro, allí están el amor, la entrega, los mejores sacrificios. Por eso debemos valorar mucho la particular llamada que cada uno ha recibido, y las personas con las que convivimos, que son beneficiarias inmediatas de ese tesoro nuestro, porque difícilmente se quiere lo que consideramos de escaso valor. Y el Señor no querría una caridad que no cuidara en primer lugar a quienes Él ha puesto –por lazos de sangre o por un vínculo sobrenatural– a nuestro cuidado, porque no sería ordenada y verdadera.
La familia es la pieza más importante de la sociedad, donde Dios tiene su más firme apoyo. Y, quizá, la más atacada desde todos los frentes: sistemas de impuestos que ignoran el valor de la familia, determinadas políticas educativas, materialismo y hedonismo que tratan de fomentar una concepción familiar antinatalista, falso sentido de la libertad y de independencia, programas sociales que no favorecen que las madres puedan dedicar el tiempo necesario a los hijos... En numerosos lugares, principios tan elementales como el derecho de los padres a la educación de los hijos han sido olvidados por muchos ciudadanos que, ante el poder del Estado, acaban por acostumbrarse a su intervencionismo excesivo, renunciando al deber de ejercer un derecho que es irrenunciable. A veces, y debido en parte a esas inhibiciones, se imponen tipos de enseñanza orientados por una visión materialista del hombre: líneas pedagógicas y didácticas, textos, esquemas, programas y material escolar que orillan intencionadamente la naturaleza espiritual del alma humana.
Los padres han de ser conscientes de que ningún poder terreno puede eximirles de esta responsabilidad, que les ha sido dada por Dios en relación con sus hijos. Y todos hemos recibido del Señor, de distintas formas, el cuidado de otros: el sacerdote, las almas que tiene encomendadas; el maestro, sus alumnos; y lo mismo tantas otras personas sobre quienes haya recaído una tarea de formación espiritual. Nadie responderá por nosotros ante Dios cuando nos dirija la pregunta: ¿Dónde están los que te di? Que cada uno podamos responder: No he perdido a ninguno de los que me diste5, porque supimos poner, Señor, con tu gracia, medios ordinarios y extraordinarios para que ninguno se extraviara.
Todos debemos poder decir en relación a quienes se nos han confiado: Cor meum vigilat: Mi corazón está vigilante. Es la inscripción ante una de las muchas imágenes de la Virgen de la ciudad de Roma. Vigilantes nos quiere el Señor ante todos, pero en primer lugar ante los nuestros, ante los que Él nos confió.
Dios pide un amor atento, un amor capaz de percibir que quizá uno descuida sus deberes para con Dios, y entonces se le ayuda con cariño; o que está triste y aislado de los demás, y se tienen con él más atenciones; o se facilita a otro acercarse al confesonario, con cariño, amablemente, insistiendo cuando sea oportuno... Un corazón vigilante para percibir si en el ambiente familiar se van introduciendo modos de proceder que desdicen de un hogar cristiano, si en la televisión se ven programas sin seleccionar o con demasiada frecuencia, si se habla poco de temas comunes, si no hay un clima de laboriosidad o falta preocupación por los otros... Y sin enfados, dando ejemplo, con oración, con más detalles de cariño, pidiendo a San José vivir la fortaleza y la constancia, llenas de caridad y de cariño humano. Y si uno cae enfermo todos se desviven, porque hemos aprendido que los enfermos son los predilectos de Dios, y en ese momento la persona que sufre es el tesoro de la casa, y se le ayuda a ofrecer su enfermedad, a rezar alguna oración, y se procura que padezca lo menos posible, porque el cariño quita el dolor o lo alivia; al menos, es un dolor distinto.

III. Pensemos hoy en nuestra oración si la familia y las personas a nuestro cargo y cuidado ocupan el lugar querido por Dios, si el nuestro es para ellos un corazón que vigila. ¡Ese, junto a la propia vocación, sí que es un tesoro que dura hasta la vida eterna! Otros tesoros que nos parecieron importantes quizá encontremos un día que la falta de rectitud de intención los convirtió en herrumbre y en orín, o que eran falsos tesoros, o de menor cuantía.
Vida familiar significa en muchos casos tener tiempo los unos para los otros: celebrar fiestas de familia, hablar, escuchar, comprender, rezar juntos... No basta con tener un cariño latente y genérico, sino que hay que hacerlo crecer: es necesario empeño y oración, ejercicio de las virtudes humanas y olvido de uno mismo. No es ocioso que nos preguntemos: ¿para qué –o para quién– vivo yo?, ¿qué intereses llenan mi corazón?
Ahora, cuando parece que los ataques a la familia se han multiplicado, el mejor modo de defenderla es el cariño humano verdadero –contando con los defectos propios y ajenos– y hacer presente a Dios gratamente en el hogar: la bendición de la mesa, el rezar con los hijos más pequeños las oraciones de la noche..., leer con los mayores algún versículo del Evangelio, rezar por los difuntos alguna oración breve, por las intenciones de la familia y del Papa..., y el Santo Rosario, la oración que los Romanos Pontífices tanto han recomendado que se rece en familia y que tantas gracias lleva consigo. Alguna vez se puede rezar durante un viaje, o en un momento que se acomoda al horario familiar..., y no siempre tiene que ser iniciativa de la madre o de la abuela: el padre o los hijos mayores pueden prestar una colaboración inestimable en esta grata tarea. Muchas familias han conservado la saludable costumbre de ir juntos los domingos a Misa.
No es necesario que sean numerosas las prácticas de piedad en la familia, pero sería poco natural que no se realizara ninguna en un hogar en el que todos, o casi todos, se profesan creyentes. No tendría mucho sentido que individualmente se consideren buenos creyentes y que ello no se refleje en la vida familiar. Se ha dicho que a los padres que saben rezar con sus hijos les resulta más fácil encontrar el camino que lleva hasta su corazón. Y estos jamás olvidan las ayudas de sus padres para rezar, para acudir a la Virgen en todas las situaciones. ¡Cuántos habrán hallado la puerta del Cielo gracias a las oraciones que aprendieron de labios de su madre, de la abuela o de la hermana mayor!
Y unidos así, con un cariño grande y con una fe recia, se resisten mejor y con eficacia los ataques de fuera. Y si alguna vez llega el dolor o la enfermedad, se lleva mejor entre todos, y es ocasión de una mayor unión y de una fe más honda. La Virgen, nuestra Madre, nos enseñará que el tesoro lo tenemos en la llamada del Señor, con todo lo que ella implica, y en la propia casa, en el propio hogar, en las personas que Dios ha querido vincular de diversos modos a nuestra vida.
Dentro del Corazón de Jesús encontraremos infinitos tesoros de amor6. Procuremos que nuestro corazón se asemeje al Suyo.
1 Mt 6, 19-21. — 2 Cfr. F. Koenig, Carta pastoral sobre la familia, 23-III-1977. — 3 Juan Pablo II, Discurso en Guadalajara -México-, 30-I-1979. — 4 ídem, Discurso a los obispos de Venezuela, 15-XI-1979. — 5 Jn 18, 9. — 6 Cfr. Misal Romano, Oración colecta de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.